Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 13 de septiembre de 2009
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 11 de julio de 2009]
UNA SOMBRA INCÓMODA
Hace apenas un año, la Fundación Mapfre ofrecía en Madrid una extraordinaria exposición sobre la obra de Auguste Rodin, convencionalmente calificado como uno de lo más decisivos e influyentes escultores modernos, inquietantemente situado entre el fin de una época y de una manera de entender la escultura y abriendo, a la vez, el origen de una forma moderna de afrontar la función y el sentido de ese arte tan poderosamente anclado en la tradición académica. No cabe duda de que, a pesar de sus teatrales y retóricas obras, emocionantes hasta la exaltación extrema de los sentimientos, la obra de Rodin aportó cambios revolucionarios, desde las texturas a los motivos; de la expresiva y simbólica figuración de sus personajes a la presentación fragmentaria de las obras, convirtiendo los detalles del todo en excusa autónoma de la obra.
Bajar del pedestal. Rodin bajó, además, la escultura del pedestal, la confundió con la vida y las emociones, con las pasiones, implicando al espectador de mil formas distintas, obligándole a moverse en torno a las obras, eliminando la visión frontal como la privilegiada, o invitándole a acabar lo que él había decidido que estaba definitivamente inacabado. Hizo expresiva la noción de fragmento, dotándolo de una autonomía que parecía anunciar la de ensamblaje, el montaje de piezas, aunque jamás traspasase ese límite. Podría decirse que cerró la Historia tradicional de la escultura y abrió un camino sin continuidad, aunque su sombra y la de su efectismo -tan teatral como poéticamente retórico- fueran tan decisivas en los orígenes de la escultura moderna.
Y esta es la propuesta que plantea esta magnífica exposición, con más de 120 obras reunidas de muchos de los más significativos escultores modernos que coincidieron en lo que habitualmente conocemos como el París de las vanguardias, entre 1905 y 1914. Organizada en colaboración con el Musée d’Orsay, la muestra ilumina los problemas que la escultura moderna debió afrontar no sólo con el peso de la tradición académica, sino con la sombra misma de Rodin, tan poderosa que casi todos los escultores más jóvenes e importantes del momento cayeron en su seductora y persuasiva tentación, necesitando imperiosamente salir de ella, huir de Rodin, negarlo, como escribieran Salmon o Apollinaire.
Pero no se trataba de regresar al pasado, ni de olvidar del todo a Rodin, sino de usarlo para iniciar otros caminos, y que, sintomáticamente, tampoco eran los propios de los cenáculos casi propios de iniciados de las vanguardias del momento, ya fueran los de las tentaciones primitivistas y arcaicas que de Gauguin habrían de culminar en Derain o en Picasso, o los de las posibles opciones que desde la pintura proponían el cubismo o el futurismo, incluidos los primeros ensamblajes del malagueño.
Viejos conceptos. Podría señalarse -y las obras expuestas lo confirman-, que la escultura moderna comenzó a trazar una trayectoria que le permitiese recuperar viejas nociones y conceptos como los de forma, masa, volumen, superficie, línea, peso, composición, arquitectura y textura, aunque proponiendo nuevas interpretaciones, enfrentándose así tanto a la disolución emocional que parecía deducirse de la obra de Rodin, y que ya denunciara Carl Einstein, como al papel subsidiario que los pintores de las vanguardias y sus nuevos lenguajes parecían otorgarla, aunque esta influencia y la del primitivismo no habrían de ser menores, aunque no decisivas en su trayectoria.
La aquí narrada no parece revestir los caracteres de una aventura heroica, sino más bien dramática y en conflictiva tensión con planteamientos más radicales y renovadores que acabarán siendo hegemónicos en el siglo XX. Sin embargo, de lo que no cabe duda es que esta fue la escultura que se veía a sí misma como moderna dentro de su propia tradición, y que los propios escultores no dejaron de ser ajenos a algunas contaminaciones superficiales de las poéticas cubistas y futuristas, sabiendo siempre que la forma, el peso, la masa, el volumen, el equilibrio, la síntesis de motivos, figuras y conceptos extremos deberían ser inexcusables, ya se tratase de equilibrios clásicos y mediterráneos a lo Maillol (cuya influyente Mediterránea, 1905-1923) está presente en la exposición y constituye un acontecimiento indudable», o más «góticos» y elegantemente expresivos como ocurre con las obras expuestas de Wilhelm Lehmbruck, entre cuyas piezas también puede contemplarse su maravilloso Joven sentado (1917), especie de respuesta en filigrana al famoso El Pensador, de Rodin, cuyo modelo en yeso también puede verse en esta ocasión. Entre ambos, hay obras extraordinarias que reflejan bien el carácter híbrido de la modernidad, contaminado por múltiples referencias, de las propias de las vanguardias a las de una templada consideración de la escultura, es decir, de Archipenko, Duchamp-Villon o Picasso a Matisse, Hugué o Julio González; de Bernard y el extraordinario Bourdelle a Brancusi, Epstein o Zadkine, entre otros muchos.


