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Broto. Relatos

Galería Soledad Lorenzo. Madrid. Hasta el 10 de octubre de 2009
[Óscar Alonso Molina. ABC de las Artes, 12 de septiembre de 2009]

FUEGOS DE COLOR

Las últimas exposiciones de José Manuel Broto (Zaragoza, 1949), anunciaban la progresiva suelta de lastre de sus superficies que, con sutilísimos, casi inaprehensibles juegos atmosféricos, delataban la novedosa voluntad aérea y evanescente de su pintura, caracterizada desde los ochenta por la fuerte presencia de los elementos materiales.

Frente a la habitual inercia telúrica, pues, la última apuesta de Broto con su huída hacia lo alto sorprendió a muchos; pero también podía entenderse como un simple paso adelante en esa persecución suya de una idea de belleza que enlazara con la noción romántica de lo sublime; justo aquélla que en el meridiano del pasado siglo culminó su recorrido metahistórico con las obras magistrales del expresionismo abstracto más lírico. No obstante, el exceso de refinamiento, su radical estilización y voluntad de efecto (iridiscencias, fumarolas, auras, vapores, fosforescencias…), hicieron que esta propuesta, que era puro virtuosismo y delectación en el primor, se entendiera también como amaneramiento, eso sí, habiendo pagado el precio de desligarse de las «figuras» expresivas que le habían sido propias hasta la fecha.

Broto las recupera ahora de manera contundente, desde el momento que da de nuevo paso a su dominio estructural; es más, les otorga notable protagonismo, como si el salto en el vacío de sus dos anteriores exposiciones en esta misma galería le hubieran producido un poco de vértigo. Véase el significativo caso de las tres piezas presentadas basadas en círculos, lo más innovador del conjunto (la línea fue ya avanzada durante la última edición de ARCO), aunque no necesariamente lo más conseguido. Entre ellas, destaca el monumental díptico de la última sala (nos las encontramos una en cada espacio, desde luego no de manera casual), siendo, como sus compañeras, resultado de la arriesgada operación de componer el lienzo básicamente a partir de insertar en su centro una gran masa de color plano y perímetro irregular, y extenderla casi hasta el mismo borde de la tela. Lo demás (la relación fondo-figura, los gruesos trazos lavados que desde los bordes semejan lenguas de fuego de color, el sentido de las armonías cromáticas), casi se disponen sólo para justificar y articular más complejamente lo que en principio es una propuesta de pasmosa simplicidad.

La veta «clásica». El resto de la exposición remite a un Broto más «clásico»; incluso esos pequeños lienzos que nunca antes se le habían visto a este pintor, quien por técnica y concepción de la imagen estaba especialmente cómodo en los mayores tamaños. Se trata de formatos cuadrados, de cuarenta centímetros de lado, donde se concentra lo mejor de su propuesta, pues allí hasta la escala favorece el equilibrio en la tendencia alterna de su pintura última, dudosa entre la sublimación y la saturación. No es sólo que en ellos resulte mucho más difícil dejarse tentar por el vacío central -esa figura estructural manierística, anticlásica, tan Monet- de los rosetones comentados, sino que la estrechez del espacio fuerza al trazo, la composición y las superficies de color a medirse con una precisión que quizá falte en otros momentos más expansivos de su producción reciente. Por todo ello, justo ahora sería el momento de dar a conocer una obra casi «secreta» de este pintor tan dotado, donde aparecen planteados, ¡y resueltos magníficamente!, todos estos dilemas con soltura y versatilidad increíbles: el inédito conjunto de pequeños, precarios, frágiles dibujos-acuarelas que realiza durante sus viajes. Ahí se incuba todo…

Grabados de José Manuel Broto

Vestigia Vitae
Lancelot I (Malpaís)
Los Vientos