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Camuflages

La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 1 de noviembre de 2009
[Elena Vozmediano. El Cultural, 25 de septiembre de 2009]

CÓMO FUNDIRSE CON EL FONDO

Camuflar es dar a una cosa el aspecto de otra para hacer que pase desapercibida. Se produce en dos contextos: el animal, en el que se conoce como “mimetismo”, y el militar. La pintura ha practicado el camuflaje desde antiguo -escondiendo, por ejemplo, rostros entre las nubes- y lo ha hecho como entretenimiento manierista que, al margen de posibles significados simbólicos o incluso esotéricos, demostraba ante todo la habilidad del artista. Algo de eso sigue habiendo en la práctica del camuflaje artístico, pero en esta exposición se han privilegiado los aspectos críticos frente a los lúdicos o técnicos. Maite Méndez Baiges, profesora en la Universidad de Málaga, publicó hace dos años en Siruela el libro Camuflaje. Engaño y ocultación en el arte contemporáneo. Sobre la base de ese ensayo -que partía de la vinculación de la vanguardia artística con los primeros diseños de camuflaje en la I Guerra Mundial-, ha seleccionado junto a Pedro Pizarro, hasta hace poco director del Museo Picasso de Málaga, obras de 33 artistas a través de las cuales desarrolla diferentes derivas de este concepto en el arte reciente. No es un proyecto que agote el tema pues, a pesar de que las obras se muestran demasiado apretadas, existen otros artistas e incluso otras acepciones del camuflaje que no se han incluido. Es un primer acercamiento a lo que se demuestra de manera incontestable como argumento del arte actual, y una exposición muy atractiva que suma la baza de descubrirnos a un buen número de artistas poco conocidos. Las obras presentadas son de este siglo, con algunas excepciones que, aun siendo muy buenas piezas que se agradece poder contemplar, rompen con la coherencia cronológica de manera no suficientemente justificada: las video-performances de Eleanor Antin (1974) y Ria Pacqué (1988), las maravillosas series de Francesca Woodman (1980) y el cuadro de Chema Cobo (1989), que es casi la única pintura de la muestra. Con una elevada calidad media, la fotografía y el vídeo son los soportes predominantes, pero muchas de las obras elegidas tienen un fuerte componente performativo y, casi siempre, una presencia del cuerpo como elemento a camuflar.

Las diversas maneras de entender el camuflaje que se plantean no están bien demarcadas del todo en el montaje, que prefiere seguir un criterio basado en los ámbitos en los que la práctica tiene lugar: urbano, mediático, doméstico, militar y artístico. Es posible, no obstante, apreciar esas modalidades. La primera es la del mimetismo, con obras algo reiterativas. Basado en el reino natural, se aplica a paisajes urbanos y domésticos en los que el individuo desaparece, se funde con el fondo. Esos fondos antropófagos no son casuales: los escenarios del consumo de Laurent La Gamba, las calles vigiladas de Liu Bolin y Desiree Palmen en las que la ocultación se revela como una forma de resistencia, los interiores con papeles pintados de Gina Zacharias, que “aplanan” la personalidad, o las célebres obras pictóricas “ocupadas” con un actitud más activa por Harvey Opgenorth.

Como destaca Maite Méndez, el camuflaje funciona si hay inmovilidad, y esta dinámica camaleónica entre el estatismo que oculta y el movimiento que descubre el engaño está en obras como las de Antin, Ángeles Agrela, Monica Duncan / Lara Odell y Juan Luis Moraza. La instalación de este último se engloba en el segundo tipo de obras seleccionadas, que ironiza sobre el camuflaje militar y su asociación a lo artístico, con propuestas dispares de Adonis Flores, Mateo Maté y José Ramón Amondarain. El tercero lo constituirían las piezas centradas en el disfraz como forma de camuflaje en el medio social. Los ejemplos más claros los proporcionan Pacqué, que se transmuta en una buena señora en situaciones perfectamente normales, y un Domingo Sánchez Blanco metido a guardaespaldas de celebridades artísticas. Finalmente, de manera más testimonial, algunas obras sabotean una realidad visual dada mediante modificaciones que sólo con atención pueden ser detectadas: los mensajes que Rogelio López Cuenca disimula entre el flujo publicitario, o el autorretrato parcial y secuencial que Joan Fontcuberta introduce en El caballero de la mano en el pecho de El Greco.