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Camuflajes

La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 1 de noviembre de 2009
[Miguel Cereceda. ABC de las Artes, 24 de octubre de 2009]

SI ME BUSCAS, ME ENCUENTRAS

«Lathe biosas» («Vive discretamente»), predicaba Epicuro en una época convulsa, hacia el final de la Atenas clasicista. «Bene vixit qui bene latuit», («Vive bien quien bien se esconde») volvía a repetir Ovidio, trescientos años más tarde, en plena efervescencia de la época imperial romana. Toda la cultura antigua estaba traspasada por esta convicción de que, frente a las ambiciones y tentaciones del mundo, es preferible pasar desapercibido. Contra dicha doctrina, la cultura comercial y mercantil de la burguesía de finales de la Edad Media empezó a descubrir los beneficios del darse a conocer y de la publicidad. La aparición de la imprenta permitió anunciar los productos y enriquecer a los comerciantes, incrementando sus beneficios. De modo que, con la aparición a mediados del siglo XVIII de los periódicos y los anuncios comerciales, no sólo nació la publicidad moderna, sino también el ocaso de la idea clásica de fama.

Morir ante las cámaras. Frente a la fama antigua, que ambicionaba inmortalidad a través del relato y la conmemoración de las gestas de los héroes, la moderna sólo ambiciona notoriedad, en tanto que ésta se traduce en un interés económico. El friquismo contemporáneo, el vivir y morir delante de una cámara de televisión, es el producto más sorprendente de esta transformación.

Una transformación semejante, pero de sentido inverso, parece que acontece en el mundo del arte. Por su propia naturaleza, el arte ambiciona exhibicionismo y publicidad, hasta el punto de que el artista secreto, el que escribe, pinta o compone para sí, nos parece una contradicción en los términos. Sin embargo, frente a un mundo mediatizado por las agresivas estrategias publicitarias de incitación al consumo, son cada vez más los creadores que deciden servirse de estrategias inversas, de la ocultación, del enmascaramiento y del pasar desapercibido como modo de enfrentarse al creciente griterío de la sociedad mercantil.

Con estos argumentos, Maite Méndez Baiges y Pedro Pizarro han conseguido articular una excelente exposición con un buen número de obras de más de treinta artistas internacionales con el título de Camuflajes. «Si en todo camuflaje natural o bélico -escribe la comisaria- hay algo meramente estético, ¿por qué no podría pasar lo contrario en el artístico? ¿Por qué no pensar que el recurso meramente estético al camuflaje podría albergar una intención decididamente funcional?». Y esto es precisamente lo que esta muestra se propone: tratar de establecer líneas de argumentación y reflexión sobre los modos en que el arte contemporáneo se sirve de la estrategia general de la ocultación para realizar su trabajo.

Contra el exhibicionismo. Pues en efecto, la relación con la ocultación no se refiere aquí tan sólo al artista, que, como Duchamp, trata de pasar desapercibido, e, incluso, mantiene deliberadamente algunas de sus obras en secreto, cuanto a estrategias de ocultación, desaparición y disimulo como críticas de la autoproclamación, del exhibicionismo y de la mercantilización de la cultura. Muchos son aquí los seleccionados que tratan así de pasar desapercibidos en el contexto de su propia obra. Algunos, como Liu Bolin, Laurent La Gamba, Ángeles Agrela o Francesca Woodman, se disfrazan, se fotografían o se pintan, adoptando las formas y apariencias del medio ambiente o del entorno, sea este paisajístico o puramente cotidiano.

Otros adoptan esta actitud como estrategia política de supervivencia o de crítica social. Desirée Palmen se mimetiza al modo de las calles de la ciudad vieja de Jerusalén para pasar desapercibida ante las cámaras de vigilancia y las policías de seguridad. Laila Essaydí oculta los cuerpos de mujeres marroquíes entre lienzos y trazos de escritura. Otros se sirven de la estrategia del camuflaje para desarrollar una crítica intrínseca al propio sistema de representación de las artes. Es el caso de Yasumasa Morimura, que en esta ocasión, sin embargo, se disfraza de fotografías clásicas de la prensa; o el de la crítica sistemática de la fotografía desarrollada desde hace ya muchos años por Joan Fontcuberta. Hay también quienes, como Laura Marte, tratan de devolverle a la ciudad lo que la publicidad nos arrebata, y, por último, quienes, como López Cuenca, intentan camuflar sus corrosivas críticas en el circuito cotidiano de los mensajes publicitarios de la televisión.