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Carlos León. Ayer noche mañana será tarde

Museo Patio Herreriano. Valladolid. Hasta el 7 de marzo de 2010
[Mariano Navarro. El Cultural, 27 de noviembre de 2009]

CARLOS LEÓN, EL SABOR DEL SABER

Por partida doble. El Museo Patio Herreriano, de Valladolid, y su galería madrileña, Max Estrella, dedican sendas exposiciones a la obra última de Carlos León (Ceuta, 1948); una espléndida ocasión para disfrutar de una de las prácticas más exigentes y de mayor calado de la escena española e internacional, y que no siempre, por no decir que sólo en contadas ocasiones -nunca en Madrid- ha sido posible contemplar en este número de piezas y en las dimensiones que merece.

Con el sugerente título de Ayer noche mañana será tarde y comisariada por María Corral, la muestra del Patio Herreriano reúne más de cincuenta piezas sobre distintos soportes, la inmensa mayoría de ellas realizadas en los dos o tres últimos años, lo que indica un ritmo casi febril de trabajo que, sin embargo, no muestra altibajos ni desfallecimientos, sino, al revés, la consolidación definitiva y un espectacular y a la vez contenido despliegue y crecimiento de cuanto se había sembrado.

La primera de las dos grandes salas que ocupa en el museo combina una decena aproximada de pinturas de gran formato de 2008 y 2009 con otras cinco fechadas en 1975 (tres de ellas restauradas y dos vueltas a hacer por el pintor), que se ven, creo, por vez primera desde aquel entonces, ya que distintos avatares -entre otros los deterioros sufridos en un accidente- las habían retirado totalmente de la vista del público y del conocimiento de los especialistas que no las veían desde hace más de treinta años. Su inclusión es un acierto más que pertinente, pues fue precisamente en aquellos primeros años setenta cuando Carlos León contribuyó decisiva y singularmente a la transformación de la pintura abstracta española y, además, fue el único entre sus compañeros de aventura en conocer de manera directa las producciones de los miembros del Suports-Surfaces francés -pues vivió en París en aquellos años-. León asentó entonces algunos de los principios que, con las lógicas y radicales divergencias, mantiene todavía.

Así, por ejemplo, las ideas ligadas a la deconstrucción del objeto cuadro; la importancia concedida al soporte, que determinará no sólo la materia a utilizar, sino también los instrumentos de los que servirse, ahora el pincel o directamente la mano; la estrecha vinculación entre la regla, con un sustento original en la geometría, y el gesto; el cuerpo del artista considerado como un dispositivo que imprime su huella en la pintura. Podría añadir la producción en series que exploran y analizan hasta el último hálito la propuesta que ofrecen, y la existencia de un pensamiento fuerte, de una vinculación de la realización física con fuentes de pensamiento que incluyen la psicología, la filosofía y, en una segunda etapa que abarca hasta ahora, el mundo griego, los mitos, especialmente los agrarios, y no se si la mística, pero sí -seguro- determinados modos de actuación de los artistas orientales, fundamentalmente “los pintores chinos de la vía excéntrica”.

De ese conglomerado surge lo que me atrevo a describir como un auténtico festín de excelente pintura. Soporte y color definen las distintas series. Ya sea el lienzo, el terso y sólido dibón o el poliéster de los dibujos. Ya los rojos sanguinolientos, viscerales o solares; o los azules acuosos o celestiales; los amarillos, tierras y dorados; incluso el negro que, en su caso, no tiene nada ni órfico ni funeral, aunque sí nocturno y soñador.

Jardines, paisajes inventados, vecindades con los fenómenos naturales o remembranzas de momentos y lugares son la base imaginaria de estas obras que extienden ante los ojos las posibilidades de la pintura, y que la exposición acentúa permitiéndose apretarlos -lo que intensifica sus estrechas relaciones aun perteneciendo a series distintas- o subiéndolos literalmente por los altos muros hasta envolver al visitante en la cálida y fascinante atmósfera que generan.

En la galería el montaje es muy parecido al del museo -aquí también los dibujos cierran la muestra con un guiño más evidente hacia las ideas de los setenta-, pero el espacio de Max Estrella consigue además un aire de intimidad y de susurro al agrupar sólo pinturas negras, con un sordo chispazo de azul, en el espacio mayor, y disponer en su vecino, de una de sus mejores obras, y no de las de mayor tamaño, la titulada El jardín de Lucrecio, una orgiástica amalgama de tierras esponjosas, oros, azules y verdes.