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Caspar David Friedrich: Arte de dibujar

Fundación Juan March. Madrid. Hasta el 10 de enero de 2010
[Rocío de la Villa. El Cultural, 23 de octubre de 2009]

LA VERDAD DE FRIEDRICH

Tener una cita con Friedrich es una experiencia inaplazable. Porque sabemos que no vamos a besar con reverencia las pantuflas del mito. Caspar David Friedrich (1774-1840) encarna los tópicos del Romanticismo; tópicos que, sin embargo, se desmoronan ante sus obras porque mantienen, intacta, su verdad. Esta ocasión es especial, porque nos traen a Friedrich de primera mano. Christina Grummt, máxima especialista en los dibujos del pintor alemán y autora del catálogo razonado, ha elegido medio centenar entre un millar: algunos descubiertos recientemente y nunca exhibidos, junto a plumas, acuarelas, gouaches y unos cuantos lienzos inolvidables. El esfuerzo ha sido ímprobo, acudiendo, además del préstamo de numerosas instituciones, a coleccionistas a menudo al margen del circuito expositivo. Este rigor se completa en el cuidado catálogo, cuyos estudios reúnen a tres generaciones de especialistas.

Un eslogan para vender esta exposición sería decir que aquí se encuentra lo que faltaba en la memorable muestra del Museo del Prado de 1993, con cuadros y aguadas que enfatizaban la consabida lectura neoplatónica del pintor romántico: el sujeto, el héroe ante el abismo, ante esa anhelada Unidad en la que fundirse y anegarse, simbolizada en la cumbre del monte coronado con la crucifixión de Cristo. Lo que encontramos aquí es un Friedrich metódico y atento a lo cotidiano: “Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena”. Un artista que desarrolla su concepción de la iglesia a través de diseños arquitectónicos, que encuentra la cruz inscrita en las sombras tortuosas de los roquedos y, en definitiva, nada menos que la paciente construcción de los elementos compositivos del nuevo paisaje estratificado por bandas, que la generación romántica seguirá al dictado.

Friedrich en el atelier. Archivando estudios de un roble, un abeto y de tocones, cardos, helechos: cada detalle puntillosamente anotado con lugar y fecha. Un sistema de trabajo organizado con dibujos de fragmentos recogidos en caminatas y que, incluso años después, incluirá en sus cuadros. Un proceso, por tanto, de continua reflexión constructiva y selección crítica de motivos, también de la herida, reconocidos en la naturaleza: las huellas de las erosiones, el misterio vibrante entre las sombras de las plantas, solas y enredadas -abrazándose-, el árbol seco y el árbol muerto.

Y Friedrich y el mar. A los trece años, su hermano Christoffer murió ahogado al intentar salvarle. Domeñar la expresión de este trauma fue otra tarea constante. Fíjense en los estudios de redes de pesca y barcas salvadoras. Y en el pregnante cielo nublado que cae sobre la vista casi pintoresca del pueblo, desde el mar, en el cuadro con el que culmina la exposición.

Además, al placer del encuentro siempre íntimo ante la obra de Friedrich, se suma ahora la satisfacción de encontrar el espacio de la Fundación March totalmente renovado en superficie y altura: una ampliación que venía pidiendo hace tiempo. Y que es una confirmación más de que en esta institución, tan respetada y querida, el recambio generacional es muy consciente del lugar en el que ha de resituarse, entre el rigor y la claridad pedagógica, ante un público de arte que también ha cambiado, cada vez mejor formado y más participativo.