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Confines

IVAM. Valencia. Hasta el 15 de noviembre de 2009]
[Javier Molins. ABC de las Artes, 18 de julio de 2009]

SIN LÍMITES

Si contemplamos la iniciativa Confines, tanto desde el punto de vista de su temática como de la duración de la muestra (seis meses), del número de obras de arte o del perfil de los comisarios (dos de ellos son antiguos directores de la Bienal de Venecia), más que ante una exposición, podríamos afirmar que nos encontramos ante una bienal de arte. Una bienal compuesta principalmente por cuatro exposiciones principales que engloban a setenta y un artistas y más de cien obras de arte. El lema elegido para esta bienal-exposición es el de «Confines», un término tan ambiguo que en él mismo cabe de todo. Si nos ceñimos a la Real Academia Española, nos encontraríamos ante aquel «término o raya que divide las poblaciones, provincias, territorios, etc… y que señala los límites de cada uno», pero, como los límites están hechos para saltárselos, eso es lo que han realizado los comisarios de estas exposiciones. La primera de ellas, Historias del confín, se adentraría en la línea, el confín por excelencia.

Y si de líneas se trata, ahí cabe de todo, desde la que separa las dos masas de color de un cuadro de Rotkho, la línea de luz de un tubo de neón de Dan Flavin, las incisiones en la tela de Lucio Fontana, los tubos de acero de Carl André, una hendidura de Anish Kapoor o las líneas geométricas de Sean Scully. Lo que ya no encaja tanto son los cuadros de Anselm Kiefer -a no ser que se pretenda destacar «los confines del cielo»- los cuales se presentan en una sala totalmente oscura e iluminados con una técnica (ya utilizada por Vicenzo Trione en la exposición de De Chirico) en la que parece que estén «retroiluminados», lo cual no deja de ser una manipulación de estas pinturas por medio de una iluminación artificial.

Un tiempo eterno. Robert Storr y Francesca Pietropaolo exploran a través de una selección de vídeos de once artistas los límites del tiempo en la exposición denominada Confines del tiempo, que incluye obras de Jonas Mekas, Liliana Porter, Patricia Esquivias, Jaishri Abichandani o David Claerbout, entre otros. Un tiempo que se hace eterno en la obra de Harry Shearer The Silent Echo Chamber, compuesta por nueve pantallas en las que se puede ver a diversos políticos, entre los que se encuentran Barack Obama o Hillary Clinton, en los momentos previos a entrar en directo en un programa de televisión. Uno de los pocos instantes en que podemos contemplar a los políticos sin decir nada. Tal y como señala Robert Storr, Séneca dijo aquello de «no tenemos escaso tiempo, sino que perdemos mucho». Un razonamiento que surge ante la contemplación de muchos de los vídeos que se producen hoy en día.

De menos a más. Por su parte, Aaron Betsky, antiguo director de la Bienal de Arquitectura de Venecia, reflexiona en Geografía del confín sobre los límites que existen entre la pintura y la arquitectura, y para ello plantea un recorrido que va de menos a más, de las moléculas hasta la ciudad, pasando por la escala humana y el edificio, con obras de autores como Antony Gormley, Greg Lynn, Tom Sachs, Matthew Ritchie, Esther Stocker o Thurkal and Tagra. Destacan por su ironía las esculturas de Erwin Wurm, en las que las construcciones de mitos de la arquitectura como Mies van der Rohe, Adolf Loos o Frank Lloyd Wright se derriten como si se trataran de helados. Algo que podría interpretarse como una metáfora del paso del tiempo y de la función de la Historia del Arte.

Por último, Robert Wilson rompe literalmente los límites entre las distintas obras de arte con su Visiones del confín. Wilson ha utilizado las obras de trece artistas (entre los que se encuentran Christopher Knowles, Andrea Crews, Dash Snow, William Pope, Jonathan Meese o Misaki Kawai) como mimbres para realizar él mismo una intervención artística, más que una exposición, con la que ha transformado totalmente la Galería 7 del IVAM, de la que se ha erigido en comisario-artista-creador. Como él mismo señaló en la presentación de la muestra, el proceso de trabajo ha sido similar a la transformación que sufre el cabello de Tina Turner desde que sale de la peluquería hasta que finaliza un concierto, aunque no hay que olvidar que, en muchas ocasiones, esos cabellos desaliñados son fruto de un calculado trabajo. En definitiva, y como dice precisamente una conocida canción, “Show must go on”.