Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 10 de enero de 2010]
[Óscar Alonso Molina. ABC de las Artes, 25 de julio de 2009]
CUERPO SIN ÓRGANOS
«La Historia de las obras de arte no es otra que la de sus ocultaciones sucesivas: una relación pormenorizada de sus propietarios, fueran coleccionistas o galeristas», advierte con su habitual lucidez Ángel González García llegado el momento de escribir «contra» los así llamados coleccionistas de pintura. «Y si de vez en cuando salen de nuevo a la luz, con la infamante apostilla de “antigua colección X ó Z”, no es más que para recordarnos su ausencia y reavivar el deseo de infundir nueva vida a lo que estaba inerte».
Como autohomenaje en el 50 aniversario de la apertura del museo-matriz neoyorquino, viene esta muestra del Guggenheim un poco también a intentar alumbrar su propia genealogía, sus orígenes y desarrollo vital, desentrañando los distintos aportes sucesivos que ha recibido (y aún recibe y recibirá) la colección permanente de la Solomon R. Guggenheim Foundation. Así, provenientes de siete colecciones privadas especialmente singulares incorporadas a ella, el centenar de obras escogido por las comisarias de la muestra aspira a dar cuenta del movimiento acumulativo, dentro de la excelencia, que asoció indisolublemente el apellido de la familia norteamericana de ascendencia judía al arte moderno.
Desgraciadamente, el resultado no permitirá al visitante hacerse siquiera una somera idea de la identidad propia que tuvieron en su día esas siete magníficas colecciones antes de llegar a fundirse (aunque más bien deberíamos decir «disolverse») entre los fondos de la Guggenheim. Pero lo que resulta más sorprendente para una tesis como la manejada es que en ningún momento se nos permite entender el porqué de la elección o lo que aportó en su día al conjunto con cada una de ellas, ni siquiera en qué medida y con qué criterios se llevó a cabo la selección de las piezas escogidas. Nada.
Sensaciones encontradas. Tras la visita sale uno con la sensación de haber asistido a una más de esas exposiciones donde la Historia del arte moderno queda reducida a la mera sucesión de piezas firmadas por nombres ya canónicos. Al menos en la primera parte de la exposición, que ocupa las tres primeras salas, no hay ni una sola sorpresa, y, dicho sea de paso, tampoco una presencia abrumadora de esas obras maestras, indiscutibles, con que a menudo asociamos a la poderosa Colección
Guggenheim. La sucesión de ismos se lleva a cabo en este tramo siguiendo ese rígido desarrollo historiográfico, modelo universal hasta hace poco, pero que hoy la museología considera en crisis. Un mayor aparato didáctico habría sido muy de agradecer, así como alguna publicación (si no catálogo, al menos una guía), donde encontrar desarrollada esa tesis que el título ofrece y luego no proporciona.
Al final de esta parte clásica, donde se han concentrado seis de las siete colecciones estudiadas (la citada de Solomon, junto a las de Justin K. Thannhauser, Hilla Rebay, Katherine S. Dreier, Peggy Guggenheim y Karl Nierendorf), el discurso expositivo pega un salto brusco e incongruente, de nuevo necesitado de urgente explicación, para instalarnos de golpe en cuatro salas dedicadas al arte contemporáneo proveniente de la Fundación Bohem. Semejante desproporción no encuentra tampoco acomodo interno a nivel argumental, y la cosa se vuelve más complicada todavía, si esto era posible, cuando la ordenación cronológica-estilísitica inicial es ahora sustituida por otra en función a los medios (vídeo, concepto-texto, fotografía…). En fin… Al menos por estas salas encontramos obras inesperadas.
El museo ideal. Hace poco, uno de los más notables coleccionistas de nuestro país, Marcos Martín Blanco, me hablaba de la idea de alcanzar el museo ideal a partir de la «suma de colecciones», como salida a las enormes dificultades que implica el coleccionismo privado en nuestros días. Sólo una personalidad arrolladora como la suya podría intentar superar el exceso de neurosis que late debajo de la idea obsesiva de coleccionar, como ya detectara Benjamin en su estudio sobre la Historia del coleccionismo, que él encarnara en la figura de Eduard Fusch.
Para mí que el fino olfato de Martín Blanco ha detectado ya algo que cae por su propio peso: que en última instancia, no hay, ni puede haber nunca, auténticas colecciones de arte («esta loca presunción moderna de llamar colección a los cuadros que uno elige y cuelga de las paredes de su casa», como diría de nuevo González García), sino sólo, y efectivamente, coleccionistas de arte. Y por ello casi no puedo evitar aquí imaginármelo intentando entender qué se nos cuenta en esta exposición fallida donde ellos, precisamente, han sido los primeros en desaparecer en la oscuridad.


