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Dinastía y divinidad. Arte Ife en la antigua Nigeria

Fundación Marcelino Botín. Santander. Hasta el 30 de agosto de 2009
[Laura Revuelta. ABC de las Artes, 4 de julio de 2009]

CULTURA IFE: NEGRO SOBRE BLANCO

Que se monte en España una exposición de arte africano no resulta frecuente. Luego, si hacemos el enunciado a la inversa, que se monte una exposición de arte africano en España es toda una noticia. Las razones históricas, bien obvias: nuestra relación colonial con África fue prácticamente nula, con lo cual, el coleccionismo, tanto público y privado, de este tipo de piezas ni se ha dado ni se da. Y mucho me temo que tampoco se dará, dado el control que existe ya alrededor de este comercio y de otros tantos que corren el peligro de acabar en expolio y en el timo más puro y duro.

El gato por liebre, o te vendo una abra «antigua» cuando en realidad no tiene ni tres cuartos de hora, estuvo y está a la orden del día. Si acaso en los últimos años, cuando cierto aire esnob rodeó a la posesión de este tipo de piezas, surgió un mayor conocimiento y un deseo por comprar obras procedentes de las diferentes culturas africanas. Pero ya digo, nada más que un caro, carísimo, esnobismo de nuevo rico, que con la crisis se ha esfumado del mercado, al igual que otras muchos caprichos.

Al estilo Yoruba. No se puede decir lo mismo de París o Londres, capitales que no sólo cuentan con museos específicos, sino también con importantes coleccionistas privados. Suiza, también, en su discreta red de fundaciones, esconde exquisitos conjuntos de piezas de estas culturas, que empiezan a cobrar un cierto sentido y compresión para nosotros con las vanguardias de principios del siglo XX. Esta introducción, casi de guía turística, de base, no tiene otro objeto que resaltar el valor de esta exposición, auténtica estrella en el calendario de este verano.

La Fundación Marcelino Botín, de Santander, nos tiene acostumbrados a pequeñas joyas expositivas de arte de todas las clases y tendencias, de lo más clásico a lo más contemporáneo. De hecho, estos días se está paseando por allí Kounellis para impartir un curso. Pero una como ésta, de arte Ife, no es una exposición cualquiera. No sólo por lo que supone de extraño aquí en España (por lo comentado), sino también porque se centra en una cultura o en un territorio geográfico y artístico muy concreto, muy específico y hasta reducido. Se podría hablar de arte yoruba o de otras denominaciones genéricas tremendamente difíciles de pronunciar para nuestra lengua, lo cual habría facilitado el montaje de esta muestra, pero el concentrarse en el arte Ife hace mucho más exquisita la propuesta.

Un lugar sagrado. La ciudad de Ile-Ife es un territorio sagrado dentro de la cultura yoruba, que se expande por los cinco continentes (actualmente la conforman más de 35 millones de personas), y de la actual Nigeria. De ahí procede todo el conjunto de piezas (cerca de doscientas) que componen esta exposición. A pesar de la aparente especificidad de la materia, ésta no pretende en absoluto ser un reducto erudito sólo para entendidos en la materia, que tampoco deben ser demasiados. La propia belleza de las imágenes aquí reunidas ahuyenta cualquier atisbo al respecto, pero, además, todo el montaje está dirigido a la divulgación de una cultura ancestral a la que no se le puede considerar primitiva porque perdura hasta nuestros días. La actual ciudad de Ile-Ife cuenta con 600.000 habitantes y también está su Majestad Real Alayeluwa Oba Okunade Sijuwade (Olubase II), cuya foto se adjunta en el catálogo de la exposición para ahuyentar cualquier duda. La «coletilla» de dinastía y divinidad que acompaña al título genérico de la exposición no es un adorno al uso en este tipo de muestras.

Arduo trabajo. Si nos centramos en el conjunto de piezas seleccionadas y traídas hasta Santander después de un arduo trabajo, paciencia infinita por parte de la comisaria y de las instituciones implicadas, descubrimos la delicadeza de un conjunto que, si nos atenemos a los tópicos estéticos más divulgados por ese arte africano de mercadillo, de africano tiene poco. Es uno de los textos del catálogo donde se nos cuenta como «cuando los europeos se toparon por primera vez con estas piezas a principios del siglo XX, supusieron que las esculturas procedían de Grecia, que no podían ser obras de artistas africanos». No cabe duda de por qué se equivocaron en sus valoraciones: la perfección en el pulimento del cobre, la finura de los trazos y de los rasgos hablan de unos cánones de belleza que siempre se presuponían vinculados a las culturas occidentales más clásicas. Y es esta sutileza de formas la que también nos remonta a la esculturas de un Brancusi en plena vanguardia, por poner el primer ejemplo que se viene a la cabeza.

Más allá de la evidente y exótica beldad, hay un toque de rareza en algunos de los trabajos aquí expuestos que pueden llevar al visitante más imaginativo y cinéfilo a buscar similitudes entre las «cabezas cónicas con rasgos humanos», piezas de terracota fechadas entre los siglos XII y XV d. C, con los marcianos de Tim Burton en Mars Attack. ¿No están también los «caraconos»?