Fundación Focus Abengoa. Sevilla. Hasta el 28 de febrero de 2009.
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 24 de enero de 2009]
VUELTA A LAS RAÍCES
Es ésta una exposición ambiciosa y de resultados excepcionales. Dos cosas que no suelen suceder en el panorama español, tantas veces ocupado e invadido por muestras de ocasión, quiero decir, de oportunidad y oportunismo, accidentales por la casualidad de una conmemoración, de un centenario, o, simplemente, propias de recorridos de circuitos, ya sean locales o internacionales, al que se acomodan, con mejor o peor criterio, los argumentos y los textos que pretenden hacerlas verosímiles.
Y, precisamente, ése no es el caso de la que nos ocupa. Todo lo contrario, ya que obedece a un proyecto historiográfico que va calando cada vez con mayor pasión y altura intelectual en nuestro país en los últimos años, y, por otra parte, se inscribe en un marco institucional, en este caso, de iniciativa privada, que pretende poner en valor no sólo nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, sino incluso aportar argumentos para reconstruir con rigor nuestras propias señas de identidad y sus sucesivas lecturas e interpretaciones políticas y sociales.
Idealismo intencionado. Más de cien obras, con Roma y su legado en la Bética, en Andalucía –algunas de ellas, emocionantes e imprescindibles para los ojos de cualquiera que las mire y las vea–, conforman esta colección ideal e intencionada que ahora se puede contemplar en el Hospital de los Venerables de Sevilla. Porque de eso se trata, ya que plantea la historia del coleccionismo de antigüedades clásicas en Andalucía y no sólo como una pasión cruzada por el azar o la intención casi mágica, anticuaria, propia de la cultura Humanista del Renacimiento y sus interpretaciones morales, éticas o sencillamente ejemplares, símbolos del poder y del prestigio tanto de sus coleccionistas como del de sus intérpretes, teñidas ambas condiciones–la del erudito y la del príncipe, la del literato y la del religioso– de intenciones confundidas entre la nostalgia y la memoria simbólica de las ruinas, sus testimonios y el uso consciente de las mismas con el fin de reconstruir el pasado a la medida de los intereses de cada presente. Es decir, entre la poesía, la emoción y la construcción, reconstrucción y confirmación política de las distintas formas de poder e identidad que se sucedieron a lo largo de aquel tiempo primero de los siglos XVI y XVII.
En relación con el resto del artefacto que hoy se sigue denominando a hurtadillas España, no cabe duda de que el patrimonio cultural, arqueológico, clásico e histórico más deslumbrante en restos y testimonios haya sido y sea el de Andalucía. Especialmente brillantes y fascinantes son, obviamente, los de herencia romana y clásica (sin olvidar las interpretaciones y apropiaciones que de ese pasado se hizo durante su Edad Media islámica y cristiana), vueltos a leer e interpretar durante el Renacimiento y el Siglo de Oro gracias a las colecciones extraordinarias que fueron construyendo nobles y eruditos, poetas o historiadores, de Nebrija o Ambrosio de Morales al extraordinario Rodrigo Caro, cuya obra dedicada a las ruinas de Itálica sigue siendo especialmente emocionante, unida a la de tantos poetas y escritores posteriores, hasta llegar a Luis Cernuda, entre otros muchos.
Presencia italiana. De aquel coleccionismo anticuario y erudito –doblemente útil cómo símbolo de poder y de prestigio y como instrumento para consolidar un discurso político y moral–, los testimonios y las obras presentadas hablan no sólo de la excepcional belleza e importancia de las mismas, las procedentes de Andalucía, sino también de las reunidas por sus nobles e intelectuales a partir de su presencia en Italia. Si aquellas colecciones de obras e inscripciones, de objetos y memorias, tuvieron –con su especial confiscación de la Historia para pasar a servir a otros discursos distintos– una estrecha vinculación con planteamientos comunes al Renacimiento italiano y a otras lecturas aviesas, falsarias o simplemente legendarias, procedentes de los países del norte, los de más allá del limes romano -cada vez situado más al sur en nuestros tiempos, como si la destrucción de Roma y su legado no hubiera terminado aún para algunos-, no cabe duda de que el siglo XVIII, el de las Luces, la Ilustración y la pasión por lo antiguo, convertido en obsesión gracias no sólo a la influencia de Winckelmann, sino también al ejemplo de Carlos III y las excavaciones y estudio de Herculano, Pompeya o Paestum, avivaron el interés, ya por entonces arqueológico –y a su manera, científico– por el pasado romano y clásico en Andalucía.
Nuevas colecciones, privadas muchas de ellas, pero con vocación pública, gracias sobre todo a la incipiente y responsable tutela del patrimonio que iniciaron las Academias, ya fueran la de la Historia o la de Bellas Artes, en Madrid, o la de las Buenas Letras, en la misma Sevilla, y a los eruditos e intelectuales –de Francisco Bruna a Sebastián Martínez, de Antonio Ponz a Ceán Bermúdez–, que consolidaron esa responsabilidad pública de estudio y dibujo, difusión y representación de las antigüedades clásicas, amén del coleccionismo nobiliario que acentuó esa acepción de lo clásico como rescate histórico y patrimonial que, en cierta medida, sería continuado con nuevas intenciones durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX por personajes y colecciones tan fundamentales como las de la Condesa de Lebrija, en Sevilla, la de los marqueses de Casa-Loring, en Málaga y la de Jorge Bonsor, en Carmona, entre otros, como la de los propios Duques de Montpensier en el Palacio de San Telmo, en Sevilla. Una actividad que se vio complementada y tutelada en cierta forma por la aparición de los museos públicos en Andalucía y el resto de España.
Ciencia y universidad. Después vendría la Ciencia y la Universidad, se dice, pero la pasión, incluso la arbitrariedad, de las antiguas colecciones y de la actividad de aquellos eruditos y poetas, viajeros y arquitectos, de Laborde a Demetrio de los Ríos, seguirá siendo fundamental para reconstruir con emoción la continuidad del rescate clásico de Andalucía, iluminando obras tan extraordinarias como las expuestas ahora, de la Venus de Itálica –excepcional– al Meleagro de la misma Itálica o al Efebo de Antequera; del Ganímedes de la Alhambra a los relieves de la Batalla de Actium o al bronce jurídico de Osuna. En fin, apasionante y con un montaje espectacular, que ilumina la ciencia, sí, pero también la pasión del coleccionista de lo clásico, naciendo de Hércules y de Alejandro-Sol.


