CGAC. Santiago de Compostela. Hasta el 20 de septiembre de 2009
[Javier Montes. ABC de las Artes, 30 de mayo de 2009]
IDENTIDADES LÁBILES
Hace dos años, Juan V. Aliaga organizó en el CGAC La batalla de los géneros, una colectiva histórica con más de cincuenta artistas que, en torno a los setenta, trabajaron, debatieron e hicieron más complejos los conceptos tradicionalmente inamovibles de masculinidad y feminidad. Desde su pionero estudio de 1997, Bajo Vientre: representaciones de la sexualidad en el arte contemporáneo, y tras organizar exposiciones importantes dedicadas a Claude Cahun, Hannah Höch o Pepe Espaliú, sigue siendo sin duda el teórico español más sólido y de formación más amplia (y el más alejado de sectarismos simplones) de los que se han ocupado del arte relacionado con asuntos de género y diversidad sexual. Avalado por toda una trayectoria, ahora presenta en el mismo CGAC En todas partes (políticas de la diversidad sexual en el arte), que sirve de pendant y prolongación de la anterior: de aquella «década prodigiosa» y fundacional del feminismo y las teorías de género pasa ahora a ocuparse del desarrollo en los ochenta y hasta la actualidad de un arte ocupado en recordar la existencia de otras actitudes sexuales: ésas que difieren del modelo WASP (o por lo menos blanco, patriarcal y heterosexual) considerado hasta entonces como norma.
Resistencia tozuda. La diversidad del subtítulo es heredera del sentido que le daba Pasolini en sus Escritos corsarios: no se trata de fijar, para defenderla, una contra-identidad que al final resulte tan excluyente y rígida como el modelo en el que no se encaja. Ni de rastrear, disecar y archivar una supuesta identidad queer. La cuestión es ampliar su resistencia de fondo, injertarla en otros discursos, universalizar y extender a otros campos (el artístico, por excelencia) su resistencia tozuda al encasillamiento: quizá una identidad de la diversidad sexual sólo pueda dejarse etiquetar en función de su labilidad, de su resistencia constante a las etiquetas.
Importa decir que ésta es una exposición sobre el modo en que la sexualidad contracorriente influye en el trabajo de muchos artistas de todo el mundo. No es, desde luego, un catálogo más o menos razonado (o razonable) o una lista cronológica y simplificada de artistas homosexuales: los inventarios así no tienen ningún interés, pero tarda en calar la idea de que más que de «artistas gays» interesa hablar de autores que trabajan al tanto de otras formas de mirar.
Aliaga se esfuerza siempre por salirse de la visión esperable, del artista previsible, de la propaganda. Y recuerda que ni los sesenta y setenta fueron la década prodigiosa de todas las libertades (en España, por ejemplo, sólo en 1977 irse a la cama con alguien del mismo sexo dejó de ser un delito penado con cárcel) ni los ochenta la década abrumada por el azote del sida (aunque reconoce en el catálogo que ha dado prioridad en su tesis al arte que trató la epidemia y sus implicaciones políticas y sociales). Tampoco son los noventa y lo que llevamos de siglo XXI, pese a los avances occidentales en despenalización e igualdad de derechos, el momento en que los artistas eligen para volver a una visión complaciente o celebratoria.
Lo que aquí ya cansa. El mismo título deja muy claro que cualquier reflexión sobre el arte relacionado con estos asuntos será incompleta si se dejan fuera de campo los países musulmanes, África o Extremo Oriente. Y el trabajo de Tariq Alvi sobre los dos muchachos ahorcados hace dos años en Irán por mantener relaciones sexuales nos recuerda hasta qué punto aún es vigente un arte que insiste sobre temas que aquí ya «cansan» o «abusan» o «exageran», según algunos. La foto terrible de aquellos dos chicos con los ojos vendados y la soga al cuello está a la altura de las más repugnantes de Abu Ghraib o Guantánamo en un imaginario catálogo visual de la infamia en el siglo XXI.
No hay espacio para detallar los contenidos de una exposición amplísima, donde caben más de ochenta artistas a lo largo de cuatro décadas. Pero sí para dejar constancia de cómo precisamente es esa concepción polifónica de En todas partes la que hace honor a su título y da fuerza y contenido a sus argumentos.


