Museo del Prado. Madrid. Hasta el 12 de abril de 2009.
[José Marín Medina. El Cultural, 23 de enero de 2009]
GRAN FIESTA DE LA ESTATUARIA
Traer a Madrid una selección de 46 obras maestras del fastuoso fondo de escultura grecorromana del Museo Albertinum de Dresde, para mostrarlas con otras 20 piezas elegidas entre lo mejor de la estatuaria clásica del Prado, constituye una exposición excepcional y un acontecimiento cultural único. Aprovechando la circunstancia de la remodelación del museo alemán, se ha reunido ahora en Madrid este conjunto rutilante de prototipos de la Antigüedad clásica que han inspirado el imaginario del arte de Occidente. Una idea enraizada en el Renacimiento, formulada como programa en el Neoclasicismo y vigente hasta la Modernidad es que los artistas occidentales han adquirido el sentido de la belleza, proporción, armonía y expresividad a través de las obras, especialmente, de Grecia y Roma.
Decía Winckelmann que en la trayectoria europea “arte clásico viene a significar, por encima de todo, escultura antigua”.
Ya supone, de por sí, una gran fiesta el poder contemplar juntas de nuevo estas obras que, rescatadas por la arqueología en los campos del centro de Italia durante los siglos XVI y XVII, convivieron reunidas en las colecciones célebres de Roma: la Odescalchi, la del cardenal Albani y la del palacio Chigi, a las cuales se las adquirieron a comienzos del XVIII el rey de España Felipe V, para ornamentar La Granja, y Augusto el Fuerte de Sajonia, para su colección de Dresde. Pero es que, además, la panorámica que ofrece la exposición resulta imprescindible, pues la inician los modelos serenos y solemnes de los dioses fijados por Mirón –Atenea–, por Fidias –Atenea Lemnia, Zeus de Dresde– y por Policleto en el siglo V a.C., y los prototipos –de canon idealista ya bastante relajado– de Praxíteles –Cabeza de la Afrodita de Cnido, Sátiro en reposo, Sátiro escanciando vino– en el asimismo áureo siglo IV a.C. Además de atender a los mitos de la religión, la escultura del siglo de Pericles sirvió al sentido platónico de la belleza de los desnudos de los “héroes”, es decir, de los atletas de las escuelas de pugilato y de los campos deportivos, representados por el Diadúmeno de Policleto, o por el Efebo de Dresde, obra del círculo del mismo Policleto.
Sigue un largo recorrido a través de las salas dedicadas a la representación narrativa, a la temática sensual y a la alegría festiva de la etapa helenístico-romana –del siglo III a.C. al II de nuestra era– donde, junto a las emblemáticas Máscaras de sátiro procedentes de Pompeya, impactan la expresividad de la figura grasa y vellosa del Sileno con odre de vino, y la agresiva Cabeza de una anciana ebria. Reencontramos otras claves de nuestro imaginario, como la pequeña y arrebatada figura de la Ménade de Dresde, inspirada en un modelo de Escopas; la composición despreocupada y la actitud dionisíaca del Sátiro blandiendo un cayado; el preciosismo del Ara circular con relieves dionisiacos, que perteneció a la reina Cristina de Suecia; la composición imponente, a pesar de su pequeño formato, del grupo Afrodita y Tritón; las dos versiones de la armoniosa Herculanesa, figura femenina de gesto contenido y de suntuosa vestimenta; y el torso de la Venus de Medici, cuya sexualidad resulta particularmente explícita a consecuencia de la fragmentación de sus brazos y manos.
En fin, la exposición culmina con el ciclo de los retratos romanos -a veces de carácter neutro u oficial, y otras veces mucho más veristas-, y se cierra con el imponente disco de plata o Missorium de Teodosio, que era la pieza principal de la vajilla del palacio imperial, y que ha prestado para esta ocasión la Real Academia de la Historia.
Nunca antes en Madrid hubo otra fiesta semejante de estatuaria. De visita, pues, obligada.


