Diversos entornos entre Nantes y Saint-Nazaire. Hasta el 16 de agosto de 2009
[Juan Antonio Álvarez Reyes. ABC de las Artes, 27 de junio de 2009]
EL RÍO QUE NOS LLEVA
El arte en espacios públicos es uno de los ámbitos más complejos en los que desarrollar un proyecto artístico. Si en el espacio cerrado del museo confluyen numerosos intereses y conflictos, en el exterior aún más. Si el lugar expositivo ha evolucionado hacia una intencionada asepsia encarnada en el cubo blanco, la esterilización nunca puede ser total: ahí es donde más daño hacen las bacterias. Si en la última edición de Münster -el más importante referente mundial- se echó en falta una mayor implicación social, esto mismo podría ser aplicado a Estuaire aún con mayor intensidad.
Sin ánimo de ocultación. Aquí, en la desembocadura del Loira, no hay, sin embargo, voluntad de ocultación. Desde la presentación del director se afirma que éste «es también un proyecto político y turístico». Es político en un sentido muy francés en cuanto a intento de ordenación del territorio. Así, un espacio físico vertebrado entre dos ciudades -Nantes y Saint-Nazaire- por el estuario del Loira trata de ser jalonado artísticamente para su reconversión industrial y su paso a una economía cultural fermentada desde el turismo.
Evidentemente, este es un proyecto político. Además, con unas directrices muy claras: un presupuesto importante (7,8 millones de euros este año) y una temporalidad estricta: cada dos años y sólo tres ediciones (la tercera y última será en 2011). Pero, ¿qué pasará después? En tanto que ordenación del territorio, será continuado por otras formas de intervención ya no artísticas que irán entrelazando y completando las intervenciones de arte público. Las siete piezas que cada edición se salvan de la desaparición para convertirse en permanentes. Conviene advertir que el tramo final del Loira es un escenario postindustrial, repleto de pequeños astilleros en buena parte abandonados y, hacia su apertura al mar, coronado por una central térmica, una refinería y el aún muy importante enclave naval de Saint-Nazaire, aunque en medio de todo hay lugares campestres y rivereños más o menos idílicos. Las obras, entonces, son entendidas como jalones, monumentos que visitar o en los que detenerse, de algún modo similar a como ocurre remontando un río ya de por sí muy turístico en otras partes de su recorrido (la famosa ruta de los castillos del Loira).
Seguir la senda. Estamos, por tanto, en la construcción de un lugar, de un discurrir, de una senda, que debe iniciarse en Nantes, para ser continuada de manera organizada en autobús y/o barco hacia Saint-Nazaire. Ahí, en la primera ciudad, hay una serie de intervenciones con los animales como protagonistas: Stéphane Thidet ha introducido una jauría de grandes lobos en el foso del castillo de los duques de Bretaña; para la instalación sonora de Céleste Boursier-Mougenot son fundamentales unos pájaros mandarines que se posan sobre un grupo de guitarras eléctricas; mientras que Tania Mouraud monta en una capilla una gran proyección con ballenas (la obra más ligth de esta trilogía animal). En el claustro del Musée des Beaux-Arts hay una enorme instalación de Ernesto Neto. De camino hacia la isla de Nantes se puede ver, si es de noche la pieza de Daniel Buren, salvada de la edición anterior y, cercana, la construcción de Atelier van Lieshout.
Nuevos y viejos amigos. Transitando las riberas del Loira alternan obras permanentes de 2007 con nuevas intervenciones: Roman Signer ha colocado un péndulo a una hormigonera; Erwin Wurn, un velero que se dobla al encallar en una esclusa abandonada; Jeppe Hein, uno de sus bromistas surtidores; Jimmie Durham hace referencia a la actividad industrial; del mismo modo que Tatzu Nishi ha dispuesto al lado de la central térmica una especie de chimenea coronada por una casita que es posible alquilar para vacaciones.
De entrada, en Saint-Nazaire, conviene dirigirse a la antigua base de submarinos de la II Guerra Mundial. En su impactante interior, un conjunto de dibujos de luz de Anthony McCall; en la parte superior, Gilles Clément planea un bosque de álamos.
Para la trasformación urbana y del territorio es obligatorio algo más que intervenciones artísticas reunidas sin un criterio claro. Sin embargo, aquí hay otras medidas en marcha: esos merenderos y caminos, esa radical transformación arquitectónica de la Isla siguiendo el exitoso modelo de imagen de Bilbao, aunque una década después. Ya veremos.


