Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 10 de enero de 2010
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 4 de octubre de 2009]
UNA PINTURA ENSIMISMADA
Una extraña evocación de momentos perdidos e íntimos del arte de la pintura ofrece esta delicadísima selección de obras de Henri Fantin-Latour (1836-1904). «Pintor de la vida moderna», hasta cierto punto, participó en recogida soledad del complejo universo de tendencias y tensiones artísticas e intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, tentado siempre por múltiples estímulos, muchas veces en aparente contradicción. Apasionado por la pintura de los maestros, especialmente la del Louvre -de Rembrandt a Tiziano, Tintoretto o Veronés, de Vermeer a Chardin-, pero también de los más próximos a él -de Delacroix a Courbet-, de todos fue copista, unas veces como medio de vida, otras con el fin de interpretarlos, de apropiarse del arte de la pintura entendida como una disciplina sin tiempo. De esa sabiduría tradicional, que manejó con extraordinaria habilidad, pronto supo extraer lo que a sus necesidades de artista le convenían. Era una forma de medirse con sus pasiones y sus modelos, de vislumbrar los límites de su capacidad como pintor, para construir el proyecto íntimo, silencioso, armónico y paciente de sus obras, que quería modernas, a su manera.
Y es que Fantin-Latour siempre estuvo vinculado a la modernidad artística, literaria, intelectual y musical de su tiempo, consciente de las tensiones y pasiones que inauguraban un nuevo tiempo del arte y del habitar la modernidad. Estuvo en el centro de los debates y, a la vez, en la periferia, como quien establece una distancia poética con la realidad, encerrado en la intimidad de su estudio, incluso cuando participaba de entusiasmos colectivos.
Posición imprecisa. Es posible que ahí radique la imprecisa posición de su obra tal como fue y ha sido percibida por la Historia del Arte. Realista y naturalista al tiempo que romántico y simbolista, supo reconocer el valor no sólo de Delacroix -al que dedicó un célebre homenaje pintado (1864), rodeando el retrato del maestro de un ramo de flores (casi un autorretrato metafórico de sí mismo)- y de un grupo de amigos artistas y críticos de arte entre los que estaban Baudelaire o Whitsler, sino también el de Manet, al que no sólo pintó en ese retrato colectivo de artistas modernos que se reconocían en el legado del pintor romántico, sino en otras obras, como ocurre en la pintura de un grupo de artistas reunidos en el Estudio de Batignolles (1870), en el que junto a Manet, protagonista del retrato, se encuentran Renoir, Bazille o Monet, al lado de críticos de arte y escritores tan diferentes como Zola o Astruc.
Con todos ellos mantuvo relaciones cordiales y de admiración, aunque siempre se mantuvo en la distancia de su intimidad, en la pintura como oficio realista y naturalista pero también melancólica, pintada como se pinta un sueño con apariencia de realidad, silenciosa y armónica. Trascendía lo real atrapando al espectador ante el enigma pintado, como Chardin o Vermeer. Y se trata de una fractura en la percepción construida con la lentitud de una pintura realista y naturalista, minuciosa y conceptual, no habilidosa y precisa, aunque lo sea y lo parezca en muchas ocasiones. Es decir, que sus retratos, magníficos siempre, pero también porque lo eran de personajes próximos, familiares y amigos, estaban dotados de un naturalismo simbólico en el que lo real era pintura y la pintura, un enigma con apariencia de fidelidad, pero sobre todo un enigma, un arte de la memoria que había aprendido a pintar ya en sus clases de formación con el renovador Horace Lecoq de Boisbaudran. Arte de la memoria abierto a la imaginación, trascendida en poesía, ya que la otra, la pictórica, la vivió en el Louvre, la secuestró en su hacer pictórico.
En conexión. No es extraño que también conectara con pintores y poetas simbolistas, ajenos tanto a la modernidad de Baudelaire y de Manet y los impresionistas, como al naturalismo y al realismo de Zola o Courbet. Y, entre aquéllos, cabe recordar su conocimiento de los pintores prerrafaelitas ingleses, de Rossetti a Burne-Jones o Hunt, y de poetas como Rimbaud o Verlaine, a los que pintó en otro fascinante retrato de grupo titulado Rincón de mesa (1872).
Apasionado por la música, también la pintó como alegorías de sus compositores preferidos, de Wagner y Schumann a Brahms y Berlioz, acentuando el contenido fantástico y simbolista de muchas de sus obras. Extraviado en lo moderno, íntimo y tímido, ensimismado y partícipe de las tensiones de la cultura de su tiempo, hizo de su pintura un depósito de magisterios y de silencios, músicas y melancolías, como puede comprobarse en el magnífico puñado de naturalezas muertas presentes en esta exposición -extraña por su poética distancia del bullicio y ruidos de la multitud de lo moderno- y que tan bien percibiera Proust, ensimismado ante tanto silencio pintado y solo, ya se trate de una flor o un bodegón.


