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Francis Bacon

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 19 de abril de 2009.
[Adrián Searle. El Cultural, 30 de enero de 2009]

GRITOS PINTADOS. BACON EN EL PRADO

Bacon aprendió acercándose al cuadro y observando su superficie, estudiando el comportamiento de la pintura como sustancia y como sustituto visual de todas las texturas que existen en el mundo: la de la tela, la hierba, el pelo, la porcelana, la piel. Y en el caso del pintor, además, la del cromo, la de la tela de colchones, la del vómito, la de la carne. Porque, además de tomar préstamos del vocabulario de la pintura, Bacon también realiza aportaciones, manchándolo y convirtiendo ciertas formas de aproximarse al medio en algo intocable. Bacon desarrolló todo tipo de curiosos procedimientos taquigráficos para describir las cosas. Desde el primer momento, tuvo un especial sentido no sólo de cómo ver el cuadro, sino también de cómo sentirlo, de la variedad y el drama que su sustancia y sus texturas debían tomar. Vemos, así, unas coaguladas masas de un seco color opaco junto a las manchas más finas, con unos bordes tan controlados como en un Barnett Newman. Encontramos trazos y contornos gráficos rellenos de gestos agregados y a menudo contradictorios que, de alguna forma, consiguen componerse formando una figura, aunque se trate de una figura descomponiéndose a sí misma. Esa especie de dicotomía es la que hace apasionante a Bacon. Es tal el ingenio con el que Bacon se inventa sus anatomías sin huesos, que consigue hacérnoslas creíbles también a nosotros. En mi caso, me muevo entre la admiración y el rechazo. Invariablemente, Bacon echa mano de algo parecido a la ilustración, por mucho que la desdeñara. Alude abiertamente a Velázquez, Van Gogh e Ingres, y roba fondos de Mark Rothko y del “colour-field painting” británico de los años sesenta que siempre despreció. Tenía jeta, aunque él pensara que nadie se daba cuenta.

Pero Bacon también refleja un mundo moderno: muebles de diseño, hombres trajeados, bombillas colgando, tuberías, moquetas, cortinas de techo a suelo… Sus comienzos profesionales como decorador de interiores están presentes en su creación artística. Tenía una aguda percepción psicológica del espacio. Todo ello da a su arte un sentido de oportunidad, invistiéndolo de un inquietante realismo. Al mismo tiempo, Bacon fue un pintor muy afectado y teatral -de todas formas, a veces tengo la sensación de que eso es todo lo que hoy le queda a la pintura-. Pero todos sus amaneramientos parecen adaptarse sin problemas a la personalidad de Bacon: sus tics estilísticos y técnicos encajan a la perfección con su hábito de cepillarse los dientes con Vim o de teñirse el cabello con betún.
El arte de Bacon contiene también todo un repertorio de magulladuras,
heridas y amputaciones cubiertas de sucios vendajes, brazaletes nazis y otro tipo de parafernalia que bordea el tópico. Hay grandes dosis de sangre y una gran cantidad de rojo alizarina. Unos chorros de agua luchan sin demasiada convicción por limpiar toda la porquería aunque el semen volante se agarre como ectoplasma, a menos que se trate tan sólo de una salpicadura de pintura blanca desprendida de un Miró que pasara por ahí. Ya que estamos en eso, Bacon es muy bueno en todo lo relativo a los pies y al calzado masculino, a las zapatillas de deporte y a los hush puppies. Y a menudo son los detalles -el pomo de una puerta, un reloj de pulsera, unos dientes, utensilios de aseo- lo que hace que sus cuadros sean plausibles y seductores.