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Francis Bacon

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 19 de abril de 2009.
[Javier Montes. ABC de las Artes, 30 de enero de 2009]

EL ‘BOOM’ BACON

O la National Gallery o el cubo de basura para mis cuadros: lo decía Bacon en su estilo desaforado, y ahora vemos que resultó profético. O casi: por ahora la National, flemática, takes it easy, y no cree necesario relevar a la Tate en la tarea de colgarlos en sus paredes. Pero el Prado y el Metropolitan no han dudado en ser modernos y programarlo en sus salas… ¿O suenan más bien ya un poco antiguas estas fábulas felices de consagración póstuma para un pintor genial que fue (en teoría) maldito…?

También es verdad que en la basura acabaron también muchos lienzos suyos, rajados por Bacon mismo. Algunos incluso van volviendo de esa basura, a veces después de maniobras turbias y mucha discusión entre bambalinas. Porque desde su muerte reaparecen en el mercado obras desenterradas en guardamuebles perdidos o zurcidas por ex amantes, amigos y hasta por el fontanero de confianza del pintor.

Regreso agridulce. El regreso de Bacon –si alguna vez se fue– es agridulce. Todo estaba preparado, por lo visto, y cuando se reconstruyó en la Hugh Lane Gallery de Dublín su estudio londinense (con todos los pinceles secos y manchurrones de pintura en la moqueta indescriptible) su comisario, Patrick Casey, estuvo seguro de que «si Bacon se levantara de entre los muertos podría irse derecho al trabajo en esta habitación».

Hay quien preferiría que no lo hiciera. Seguramente, desde luego, los gestores de su legado: no se alegrarían de verle inundar con nuevas obras un mercado de piezas escasas y cotizadísimas. No pintó mucho Bacon, aunque a veces lo parezca: no hay más de 600 cuadros suyos por el mundo. The Art Newspaper confirma que no hay crisis que valga para sus precios astronómicos. En 2003 ocupaba el puesto 77 en la lista de ventas anuales del Artprice. El año pasado era ya el tercero del siglo XX, por detrás de Picasso y Warhol. Y en realidad superó a todos cuando hace poco su Tríptico 1976 batió el récord de precio pagado en subasta por una obra de posguerra: ochenta y seis millones de dólares. Lo dice muy claro el marchante Gerard Faggionato, que sustituyó a la Marlborough para representarlo comercialmente en Europa: «El mercado para Bacon no es el mismo que para ningún otro, por la sencilla razón de que no hay suficiente obra. Si alguien posee cuatro cuadros suyos será considerado un coleccionista de primera fila».

En plenas turbulencias económicas, su obra es perfecta como valor seguro: escasa e «icónica», con el toque justo de tradición de la buena, malditismo digerible y todo el morbo de la biografía tempestuosa del autor a sus espaldas. El propio Bacon alimentó esa leyenda de paseos por el lado oscuro, amores turbios con novios peligrosos, borracheras eternas, suicidios de amantes y escapadas a Tánger y otros lugares de pecado antes de indignarse con coquetería: «Yo y la vida que he vivido acabamos inspirando más curiosidad que mi obra. A veces, cuando pienso sobre ello, preferiría que todo lo que se sabe de mi vida explotase y desapareciese a mi muerte».

Estimulante leyenda negra. Bueno, no lo ha hecho. Más bien al contrario: su leyenda negra estimula a los coleccionistas tanto como los marcos dorados y los cristales que el pintor pedía para sus cuadros, y refuerzan el halo de pintura-para-la-posteridad que conviene a retrospectivas como ésta (que como efecto colateral, por cierto, consolidan el mercado de piezas en pleno boom). Sus formatos monumentales, su terribilità crónica y muy legible, sus citas constantes a los «grandes maestros», de Velázquez y Goya a Munch o Picasso, sugieren también a sus estudiosos esta línea crítica y esta genealogía de lista A.

Y quizá tampoco nos alegraríamos de verle volver para continuar su trabajo quienes pensamos que Bacon pintó casi toda su obra significativa antes de 1970, cuando su intensidad fue volviéndose truculencia y tremebundez cansina, cuando comenzó a amanerarse y a reciclar sus poncifs: las bombillas peladas, las puertas entreabiertas, la carne sangrante, los paraguas, las corbatas, las flechas y los somieres, los retratos inquietantes que se vuelven más flojos y afectados hasta llegar al anticlímax del Mick Jagger triplicado de 1982.

Quién quiere amigos. Como pasa a veces en estos casos, el peor enemigo para la consideración de una trayectoria pueden ser sus ardientes defensores. Bacon tuvo por comentaristas de altura a Deleuze o a Leiris. Pero le han salido últimamente fans menos articulados. No podía faltar el inefable Damien Hirst, claro, que pagó 33 millones de dólares por su espléndida Crucifixión, de 1933, y opina –por decirlo de alguna forma– que «Bacon es el mejor. Tiene los huevos de follar en el infierno. Es el último bastión de la pintura. Antes de Bacon, la pintura parece muerta? totalmente muerta». Menos mal que a Bacon, asiduo del Prado y buen alumno de sus predecesores, no se le pasaron nunca por la cabeza esas ideas peregrinas.

Y la verdad es que nos quedamos todavía más alicaídos al leer a uno de los comisarios de esta exposición, Matthew Gale, barriendo para casa: «Bacon es el abuelo de los Young British Artists». Mala cosa, porque los nietos talluditos ya lucen más arrugas que el ancestro improvisado. Guste Bacon más o menos, uno se resiste a pensar que de sus heridas pintadas fluye la sangre que se congela en los bustos asustaviejas de Marc Quinn. O que sus camas-nido desoladoras llevan al tonto colchón sembrado de colillas, tampones y desperdicios de Tracey Emin. Por lo visto es casi inevitable ponerse estupendo cuando se habla de Bacon (ya le pasaba a Bacon). Ni la National Gallery, en fin, ni la basura.