Fundación Telefónica. Madrid. Hasta el 30 de agosto de 2009
[Víctor Zarza. ABC de las Artes, 20 de junio de 2009]
UN MUNDO INACCESIBLE
En toda definición tópica de la pintura, en los distintos tratados que a lo largo de los siglos se han ocupado de asentar los fundamentos de su práctica, por lo general se hablaba de lo que ésta supone como recurso material («superficie cubierta de campos de colores», nos dice Vasari en la apertura de sus Vite) y también, al cualificarla como lenguaje artístico, solía aludirse a sus facultades representativas. Es indudable que un estudio diacrónico de la relación que se ha venido produciendo entre ambos extremos (procedimiento y representación) proporcionaría una interesantísima -al tiempo que ajustada- historia de su evolución en estos últimos tiempos; un proceso que bien podríamos ceñir al concepto dual de aparición/desaparición: desaparición o creciente enrarecimiento de las formas reconocibles (hasta la abstracción) y visibilidad del gesto y constancia de lo matérico (la pintura se revela).
El germen de todo. A comienzos de la década de los sesenta, Gerhard Richter (Alemania, 1932) realiza un cuadro -que él mismo cataloga como el primero de su producción significativa- en el que figura una mesa parcialmente tapada por un gesto pictórico que semeja un borrón, una tachadura; su título es, precisamente, Tisch -mesa en alemán- y en él advertimos, a la vista de lo que ha sido el conjunto de su obra hasta hoy, que ya se halla formulada -de manera germinal, sintética- la problemática que ha dado lugar a uno de los discursos artísticos más sobresalientes (plástica y conceptualmente hablando) de la segunda mitad del pasado siglo. Hasta tal punto es así, que toda reflexión que se haga sobre el estado de la pintura contemporánea debe considerar necesariamente el trabajo de este artista, al que con toda justicia cabe otorgarle el calificativo de paradigmático: su obra explica, da razón de lo que ha venido sucediendo con este lenguaje a partir de un determinado momento; en ella encontramos las claves de su situación actual en mayor medida que en la de cualquier otro autor del mismo periodo. No en vano, Danto le señala como ejemplo de eso que es tan propio del arte de hoy: la transferencia del interés -que normalmente recaía sobre la temática- hacia los medios empleados. Una deriva en clave epistemológica que ha llevado a la pintura a convertirse en motivo de sí misma desde la doble perspectiva de sus posibilidades tanto retóricas como instrumentales.
Un juego a la vista. Esto es precisamente lo que Richter comenzó a plantearse en el cuadro que acabo de mencionar; lo relevante, en su caso, es comprobar de qué modo el artista tomó la decisión de hacer convivir en una misma superficie la imagen objetiva de una mesa (fría, sin estilo aparente) con una mancha incomprensible (y, sin embargo, indiscutiblemente pictórica), dejando todo el juego a la vista. Es como cuando ese gran mixtificador que fue Federico Fellini se atrevió -casi al final de su carrera- a mostrar los mecanismos de la ficción cinematográfica, justo en el cénit dramático de su barroquizante E la nave va (1983), al exponer el recurso junto al efecto (sobre, en el caso del artista alemán) e inaugurar así una nueva retórica de lo (inexcusablemente) ficticio. Abundando en este parangón con el cine, he de confesar que a menudo he considerado la posibilidad de efectuar una lectura del conjunto de la producción de Richter como si fuese el resultado de un movimiento de travelling (pendular), que fuera delatando todos los pormenores del proceso de formación de una pintura (de una imagen pictórica): desde los colores -enumerados, sin más, igual que en un muestrario-, hasta una representación extremadamente realista, pasando por los gestos -manchas, brochazos, pinceladas- que la articulan y componen, congelados en diferentes estadios. Sin embargo, estos resultan de dudosa interpretación y podrían llevar a preguntarnos si la imagen se diluye o se está formando ante nuestros ojos en cualquiera de ellos.
Es lo que sucede con la mayoría de las obras que ahora se exponen en la sede de la Fundación Telefónica, donde, una vez más, Richter plantea la convivencia (connivencia) entre el factor representativo (en esta ocasión, a partir directamente de soportes fotográficos) y el matérico/gestual de lo pictórico. Es sabido que la relación de este artista con la fotografía es intensa y duradera (recordemos, a este respecto, el monumental Atlas que lleva años confeccionando, donde hace recopilación de todas aquellas imágenes que ha utilizado en sus cuadros o que le resultan sugerentes), hasta el punto de haber determinado (voluntariamente) el estilo de su pintura más figurativa: no pinta lo que ve en la fotografía sino lo que ella es, físicamente hablando. Pero en este caso, las instantáneas no constituyen el modelo, sino el lugar de intervención: en el contenido -digámoslo así- de las fotos (paisajes, personas, detalles), el artista encuentra algún motivo que le invita a trabajar sobre ellas, aplicando la pintura con procedimientos que son habituales en él: mediante arrastres, superposiciones o goteos.
Sintonías inesperadas. Resulta evidente que en bastantes ocasiones, el estímulo que le mueve es de carácter estrictamente formal (una textura, el tono predominante en la instantánea, su composición?), estableciéndose una inesperada sintonía entre lo pintado y lo que aparece en las fotos; en otras, el artista busca una relación de índole más episódica, concediéndole un nuevo valor expresivo al resto visible tras el traslapo. Una vez más, este conjunto puede llevarnos a reflexionar sobre la fragilidad (estructural y semántica) de la imagen y sobre los procesos de su generación -bien sean de naturaleza pictórica o fotográfica-, pues todas estas obras nos recuerdan esos errores o ruidos que dejan al descubierto su mecánica.
La exposición se compone de más de cuatrocientas piezas; una considerable selección que, por su cantidad y carácter, puede resultar fatigosa para el visitante desacostumbrado a este tipo de planteamientos. Para quienes venimos siguiendo su trayectoria, la muestra constituye una excelente oportunidad para contemplar, en vivo y en directo, esta otra vertiente de la producción de uno de los artistas fundamentales de nuestro tiempo.


