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James Turrell. Second Wind 2005

Fundación NMAC. Vélez de la Frontera (Cádiz)
[Iván de la Torre Amerighi. ABC de las Artes, 5 de julio de 2009]

ESCRUTAR EL ESPÍRITU DE LA LUZ

Las líneas siguientes, con seguridad, no satisfarán a quienes esperen una descripción objetiva y exhaustiva de la inmensa obra ejecutada por James Turrell en la gaditana Fundación Montenmedio. Tampoco a los que deseen una valoración artística de Second Wind 2005. Parece imposible, al menos para quien suscribe, enfrentarse a una propuesta que no persigue la consecución de un objeto físico, a unas actuaciones que tratan de obviar el valor evocativo y simbólico de los procesos que emprende, a unos objetivos cuyas finalidades no son demostrativas ni se regodean en la afirmación de sí mismas. Ante esta tesitura, ¿qué queda? Sólo un enfoque posible: el enfrentamiento directo, desideologizado y desinhibido, y la experiencia resultante de éste. Aunque todo, como de seguro convendría el artista, es relativo y matizable.

Emprendamos, pues, el camino. Al llegar, algo vislumbramos en la lejanía, en medio de un tupido pinar, pero apenas podemos entrever unas formas artificiales semienterradas, imbricadas en el entorno. Desde lo alto, sólo una leve intuición, una extraña alberca rojiza con una semiesfera que emerge desde el interior. Desde aquí no podemos divisar Transplant (2001), de Roxy Paine, ese árbol desnudo e inoxidable entre un mar verde, siempre anhelante de mimetizarse con quienes no son sus semejantes. Tras un empinado descenso, en el cual dejamos a nuestra derecha el zigurat escalonado –Cinderblock– de Sol LeWitt, llegamos a un rellano del monte, nos giramos y descubrimos la entrada a un moderno Tesoro de Atreo.

Montaña artificial. Es entonces, al cruzar el angosto corredor, cuando descubrimos la magnitud de lo realizado: la montaña artificial esconde en su seno una forma piramidal truncada y ahuecada que acoge una estupa rodeada por una lámina de agua que no cesa de fluir. En este espacio, perdida la referencia natural, cuesta asimilar las dimensiones espaciales, y el recorrido deja de valorarse linealmente y pasa a cuantificarse en metros cúbicos, algo que sucede, por ejemplo, como bien han señalado distintos historiadores, en la florentina iglesia de Santa Croce, donde la distancia cede su sitio al tiempo.

Última luz del Ocaso. Eso, sin embargo, no es todo. Una vez accedemos a la forma ovoide de la estupa reconocemos inmediatamente unas formas familiares que finalizan en un gran óculo abierto al cielo, como la bóveda del panteón agripino. Una bancada pétrea recorre el perímetro interior de la estructura. Sentados allí, mirando el cielo enmarcado, estaremos listos para asistir al espectáculo de la luz última del ocaso, que baña los paramentos de este espacio con un cromatismo excitante, vibrante. Sentados allí, cobran sentido las palabras del artista californiano: «Sin objeto, sin imagen y sin objetivo, ¿qué es lo que miras? Te miras a ti mirando».

Influido por las pautas del Minimalismo y del Land Art, toda la trayectoria de James Turrell (Los Ángeles, 1943), comenzada en la década de los sesenta, ha consistido en emprender una carrera contra lo aprehendido, tratando de desnudar los prejuicios adquiridos, vislumbrando un nuevo orden en lo artístico donde lo perceptivo y espiritual se encuentran en el vértice de todo interés. La luz como materia y energía imprescindible en el devenir perceptivo del hombre y en sus creencias espirituales se han acrisolado en su magno proyecto de Roden Crater, en Flagstaff, extinto volcán en mitad del desierto de Arizona, catalizador de los siguientes skyspaces -estancias abiertas hacia el cielo y la luz- dispersos por medio mundo.

Alejarse de un espíritu. En el caso que nos ocupa, podremos leer y escuchar que nos hallamos ante una de las primeras obras del artista americano en la colección permanente de un centro artístico español, la mayor estructura ejecutada en Europa. Pero estos son únicamente datos cuantitativos, hechos constatables que poco tienen que ver con el espíritu trascendente que anima al creador. Y es que Turrell emplea el proceso creativo como detonante revelador del mundo que nos rodea, al tiempo que pone en tela de juicio nuestras certezas.

Desde el interior de Second Wind 2005, el cielo no parece tan lejano como de costumbre; incluso el cosmos -esa dimensión de lo absoluto en la que todos estamos embarcados- semeja un referente más cercano, más íntimo. En un sutil juego de analogías, al adentrarnos en el recinto, al recorrer el camino que nos lleva hasta el interior de la estupa para así poder observar mejor el exterior, emprendemos también un enigmático «viaje interior», aquél que nos conduce hasta la profundidad del alma, mirador privilegiado para asimilar un mejor conocimiento de nuestro «yo» material.