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Juan Muñoz: A Retrospective

Tate Gallery. Londres. Hasta el 27 de abril de 2008.
[Antonio Lucas. El Mundo, 24 de enero de 2008]

LA TATE MODERN SE ADENTRA EN EL LABERINTO DE JUAN MUÑOZ

El regreso de Juan Muñoz a la Tate Modern guarda una insólita conexión con aquello que tanto le fascinaba: la prestidigitación, hurgar en el galaxia de las ausencias, las presencias ficticias y esa inquietud que desprende el espacio aliado a un puñado de sombras.

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Se trata de una vuelta a principio del fin, por distintos motivos. Londres fue la ciudad en la que desarrolló buena parte de su obra, Londres se reveló como el espacio emocional de sus amores y sus odios, Londres fue su extraña amante, su guarida y el útero febril donde dejó la huella más compleja de su búsqueda quebrada prematuramente: la pieza Double blind, que ocupó el altar laico de la Tate, la Sala de Turbinas, el más colosal escaparate del arte contemporáneo para un solo artista.

Aquél resultó su último trabajo. La muerte en forma de aneurisma le segó el paso una noche de agosto, en Ibiza. Era 2001 y el artista tenía 48 años, la espiral de la gloria mirándolo de frente y mil desafíos por delante. Gastaba una característica pasión atómica, un voltaje que recorre ahora su trabajo, tocado por esa nostalgia quizá de lo malogrado, un calambre difícil de explicar y que la Tate Modern de Londres, en colaboración con la Sociedad Estatal de Acción Cultural Exterior (SEACEX), presenta ahora en forma de rotunda exposición: Juan Muñoz. A retrospective, abierta hasta el próximo 27 de abril a este costado del Támesis.

Aquí han vuelto a hacer pie sus figuras insólitas, sus pequeñas arquitecturas dislocadas, todo ese juego de presencias y ausencias que vertebran su lenguaje. Son más de 70 piezas para explicar el itinerario de un artista que busca en la orilla de lo inexplicable. «La obra de Juan Muñoz no tiene un sólo punto de partida, sino que resulta un territorio sin coto, abierto, donde se conjugan referencias de muy distinto origen», apunta la comisaria de la muestra, Sheena Wagstaff. En la obra de Muñoz conviven la fascinación por la magia y el pensamiento de Giordano Bruno, la admiración por Velázquez y por T.S. Eliot, John Berger, Bellini y Borges como una presencia nerviosa al final del laberinto».

Diríamos que es el territorio de una gran ilusión, incluso la narración esquiva de un sueño irreparable. Piezas como El apuntador (1988) y Conversation piece (1996) -dos de las que prevé adquirir la Tate Modern para la colección permanente- son parte de ese discurso que toma impulso en la tensión entre lo ilusorio y lo real, así como en la exhibición del patético aislamiento del individuo inmerso en la multitud, representado en esos grupos de chinos con el mismo rostro, casi con la misma risa, abiertos a una conversación sorda que sobrecoge por su mismo alud de silencio, por su fingida inmovilidad. «Uno de los aspectos más seductores de la obra de Juan Muñoz es la capacidad de desatar emociones y sugerencias cercanas al juego de espejos, a las alteraciones de lo real», afirma la comisaria. De algún modo, tenía como reto vencer la gravitación de la lógica.

La exposición tiene algo de laberinto de ficciones repartido en 11 salas. Y en ellas no sólo cabe ese aullido de las piezas más difundidas del artista madrileño, sino que también emerge una sorda ironía que es el gamberrismo lúdico de un creador que no se marcó cotos, sino que dejó, prematuro, un trabajo flexible, abierto, difícil de formalizar desde la miopía académica. La emoción que dispensa está concebida como un grado elemental de la inteligencia. «Aún queda mucho por descubrir del sentido y el discurso de Muñoz», apunta Todolí. «Lo bueno de esta retrospectiva, la primera tras su muerte, es que abre nuevas vías de estudio e interpretación. Eso se aprecia cuando algunos artistas jóvenes, como ya sucede, empiezan a reconocer la importancia de su trabajo».

La exposición reúne formas que pesan y formas que vuelan. Están sus trabajos en hierro, basados en elementos arquitectónicos (pasamanos, balconadas, construcciones oníricas…), y también los rincones menos conocidos de Muñoz, su laboratorio de papel: «Juan tenía en el acto de dibujar uno de sus gestos de libertad suprema. Dibujaba y escribía como parte de su proyecto. De hecho, en 2001 preveía desarrollar más su obra escrita y sobre papel, pero…», revela Cristina Iglesias, su viuda, que asesoró el montaje de la exposición. «Creo que la articulación de sus piezas responde bien a lo que a él le habría gustado. El otro día, Adrian Searle, vio la muestra y me dijo: ‘Juan está aquí’. Yo también lo creo».

Y está de un modo revelador, pues surgen aquí sus periodos más conocidos combinados con los rincones más inéditos de su proyecto creativo. Junto a las instalaciones y las piezas escultóricas surgen series de trabajo como las vitrinas, tituladas Cabinets (1999), donde encerró una escenografía de obsesiones que van desde las navajas automáticas a las pequeñas puertas que se abren y cierran. «Es como un gabinete secreto donde dejó ver sus perversiones. Y, además, es la primera vez que este conjunto se ve al completo», advierte la comisaria. Igual que los dibujos realizados en tela de gabardina, o las piezas sonoras que comenzó a desarrollar en los años 90, «dotando a su escultura de voz, haciendo que el sonido sea en sí mismo la pieza, modelando el ruido», dice Wagstaff. Resuelto el ventrílocuo del enigma.