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Juan Muñoz: Retrospectiva

Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 18 de junio de 2009.
[Miguel Fernández-Cid. El Cultural, 17 de abril de 2009]

LA RENOVACIÓN DE LA ESCULTURA

Como artista decididamente contemporáneo, la formación de Juan Muñoz (Madrid, 1953- Ibiza, 2001) es heredera de los debates -conceptuales, minimalistas y poveras- que alejaron a la escultura de la figuración. Inconformista y apasionado, forma parte del selecto grupo de escultores que, en la segunda mitad de los años 80, crea un nuevo espacio para la representación. Junto a Thomas Schötte, Stephan Balkenhol, Antony Gormley, Robert Gober o Katarina Fritsch, propone una de las batallas más intensas del panorama artístico de los últimos años.

Juan Muñoz plantea un debate comparable al del primer momento en el que los escultores valoraron el vacío frente al volumen o reivindicaron cuestiones puramente formales, marginando el carácter representativo y alegórico de la escultura. Sus opiniones y elecciones nunca son caprichosas, como puede verse en sus textos -meticulosos, cuidados, irónicos, muy bien escritos- y entrevistas -cómplices si el interlocutor es próximo, directas y provocadoras si el interlocutor es neutral-. Uno de sus grandes logros es su manera de ampliar la materia escultórica, dando entrada a los ecos, a la palabra, a los sonidos, en una experiencia que parte y le lleva hacia lo vital, hacia la literatura, hacia la música, pero de un modo voraz y selectivo, sincero y limpio, sin excesos retóricos ni falsas imposturas. Un texto le servía de punto de reflexión, pero también de imagen para traducirla en formas plásticas casi nunca literales; una música como modo de fijar un ánimo; las voces entresacadas de conversaciones callejeras como síntesis de la distancia final -admitida y asumida- entre la vida y la escultura.

Desde su primera exposición individual, en la galería Fernando Vijande, Madrid 1984, fija su interés en el fragmento, en el discurso interrumpido, en las pausas, en los ritmos, en la percepción, en la escala, en la importancia del mirar. “A veces pienso que una escultura conserva su interés para mí cuando permanece extraña… creo que trato de construir una escultura que traicionará mis memorias, que sea ajena a mí y a la vez cercana para reconocerme como su constructor”, le dice a Jan Debbaut, en el catálogo de la muestra. Esa conciencia de estar ante obras próximas y extrañas es su primera defensa de una actitud comprometida con lo contemporáneo, que le llevará siempre a crear un espacio para el misterio, para el descubrimiento, para el diálogo, para la sorpresa.

Sus primeros pasamanos y miradores resultaban enigmáticos, como las figuras iniciales, a modo de bocetos o restos arqueológicos, o los posteriores enanos, las bailarinas, las siluetas articuladas. Juan Muñoz crea un lenguaje propio, reaccionando ante el excesivo formalismo de otras propuestas, y entra con una contundencia y claridad asombrosas. En torno a su escultura empiezan a girar los mundos más diversos, desde el juego provocador con las imágenes, al disfrute de la literatura, el contraste con los fragmentos de conversaciones anónimas y azarosas. El hilo argumental que lo unifica todo es la recurrencia a la metáfora, propia o prestada, como cuando a la pregunta de qué es lo que le lleva hacia la escultura, responde: “Es la única manera convincente que conozco de explicarme a mí mismo aquello que de repente me intranquiliza, como encontrar una frase que dice: era un perro que tenía un marinero”. La cita de su admirado Herberto Helder queda integrada en su mundo con asombrosa naturalidad. En una época con exceso de retórica, Juan Muñoz representa la lectura directa, la conversación, el intercambio, la reflexión, la pasión, el desparpajo no exento de rigor, de conocimiento del medio. Consciente de la necesidad de revitalizar la relación entre obra y público, le da sentido al espectador, le provoca, le agita, en un momento en el que se sentía alejado, reticente, ajeno.

Juan Muñoz juega fuerte desde el principio, marca su espacio y lo cuida, sabe atraer hacia él los debates, tal vez porque se preocupa de abrir caminos para posteriores salidas. Uno de sus puntos de partida es su concepción de la arquitectura como espacio real y representación poética, que le lleva a colaborar de un modo natural con arquitectos y a dar un protagonismo central en sus obras a la escala, a la dimensión, pero tanto la física como la de percepción, consciente de la importancia que tiene cómo son percibidas las formas. En ese sentido, puede trazarse una línea de evolución desde sus primeras referencias al cuerpo como fragmento, a los enanos, a las bailarinas que dispone a la altura de los ojos, a los cuerpos que salen de formas bulbosas, a los personajes de escala levemente inferior a la humana… Juan Muñoz no quiere insistir en la idea tradicional de la escultura como monumento, se preocupa por mantener presente el misterio, la interrogación, anunciando un próximo paso. Se comporta como un artista en esencia barroco incluso en sus piezas más limpias, menos complejas, porque aunque tradicionalmente se confunde barroco con excedido, recargado, Juan Muñoz lo es por la manera como mantiene una actitud de pregunta curiosa, culta e insistente hacia el sentido de los límites, sin duda con la intención de traspasarlos; hacia el carácter estable de una realidad que, lógicamente, no acepta como única. O por su manera de aceptar y usar la metáfora, de buscar la representación de una ausencia, de un eco, de un juego de palabras.

Juan Muñoz bucea buscando qué hay detrás de la apariencia, se acerca una y otra vez con ojos -y mirada- renovados, pasea en torno, conversa. Consciente de la importancia del vacío, del espacio, crea escenarios en los que sus esculturas sugieren, nunca cierran, nunca se ofrecen como evidencias ni como imágenes finales. Existe una reflexión muy atractiva sobre los tiempos intermedios, la espera, el lugar o el momento en el que se define la obra. Una reflexión que le permite ser poético incluso en las obras de escala arquitectónica, caso de la preparada para la Tate Modern londinense, que compagina con otras aparentemente desnudas: las piezas de voz, música y sonido, cuyo destino debía ser la radio y su destinatario un público menos especializado. La eterna tentación de la obra total frente a la necesidad del registro intimista y anónimo de la voz; el espacio exterior, público, frente al interior; el continuo eco de las conversaciones anónimas, frente a la limpieza de la confesión.

Cerrada, por desgracia, su obra, podemos contemplarla como uno de los conjuntos más sorprendentes y atractivos de las últimas décadas, con la ventaja adicional de que son planteamientos que alteran el espacio que ocupan, que juegan con él, que lo modifican. Por eso tiene sentido plantear exposiciones con un grupo central de obras único, en la seguridad de que las experiencias que reportan son diferentes. La actual, que llega al MNCARS -ampliada- tras pasar por la Tate Modern londinense y el Museo Guggenheim bilbaíno, es un buen ejemplo del poder modificador y vital de algunas obras.

La exposición suscita algunas reflexiones adicionales. La primera, conviene recordarlo, es el carácter voluntariamente polémico e intolerante de Juan Muñoz frente a la mediocridad o el conformismo. Lo supo utilizar como forma de defender su espacio, pero hay que reconocer que buscaba el choque frente a quienes tenían poder, no frente a quienes lo acababan de perder. Pasados los años, queda clara la calidad de su proyecto y su lugar de privilegio en el arte del último fin de siglo. Sus primeros pasos vinieron del comisariado de dos exposiciones -junto a Carmen Giménez- recordadas por su carácter innovador: Correspondencias y La imagen del animal. Poco tarda en realizar su primera individual en España e iniciar una envidiable trayectoria expositiva, ajena a la de sus compañeros de generación: fue muy selectivo al decidir los lugares donde exponer y muy crítico al analizar los proyectos en los que se involucró. Lo tuvo claro y fue siempre de frente, sin dejar nada al azar. Con frecuencia, acompañaba sus muestras con pequeños pero cuidados catálogos: su modo de abrirlos con un dibujo, desplazar los textos, o darles una importancia casi central, tuvieron un eco inmediato. La diferencia estribaba en que Juan Muñoz no perseguía cerrar una interpretación o evidenciarla, sino sugerir caminos.

Cuando volvió a exponer en España fue en proyectos privados en los que se implicaba hasta el final o en exposiciones institucionales recordadas hoy con tintes míticos. Las realizadas en el IVAM (1992) y en el Palacio de Velázquez, del MNCARS (1996) tenían títulos muy explícitos: Conversaciones y Monólogos y diálogos. En el catálogo de la última, Juan Muñoz le decía a James Lingwood, uno de sus interlocutores más fieles: “La obra permanece ahí, separada de ti, como en un mundo propio. Creo que en las obras de arte más logradas, las piezas existen sin tí. Siempre he tenido la sensación de que una pieza debe funcionar incluso cuando no haya nadie. Si piensas en las grandes piezas de los grandes museos, emanan constantemente una energía increíble, una energía visual, haya alguien delante o no. Me gustaría introducir un murmullo en una de mis esculturas, que se activara sólo por la noche, cuando se hubiera ido todo el mundo. Tenerlo funcionando toda la noche y que en el momento de abrir la puerta la pieza dejara de murmurar”. La confesión incide con una precisión absoluta en el carácter de su compromiso con la escultura y la convicción de que siempre queda campo para el trabajo, para la pregunta.

Grabados de Juan Muñoz

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