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Lágrimas de Eros

Museo Thyssen-Bornemisza y Fund. Caja Madrid. Madrid. Hasta el 31 de enero de 2010
[Mariano Navarro. El Cultural, 23 de octubre de 2009]

EROTISMO Y MUERTE

El último libro del escritor George Bataille sirve de título para la nueva exposición organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid. Guillermo Solana ha reunido en Lágrimas de Eros un total de 119 pinturas, fotografías, vídeos y esculturas que representan el lado más oscuro de la pulsión sexual. Un canto al mito que se puede ver en Madrid hasta el 31 de enero.

En sus cuatro años como conservador jefe del Museo Thyssen, e incluso antes de acceder al cargo, Guillermo Solana ha comisariado en sus salas dos espléndidas exposiciones dedicadas a Gauguin y los orígenes del simbolismo, en 2005, y a los últimos paisajes de Van Gogh, en 2007; también otras monográficas de Richard Estes o Avigdor Arikha, y una colectiva de Maestros modernos del dibujo. Ahora la emprende con el que es, si no su proyecto más ambicioso, sí el de resolución más personal, porque se sale de los discursos habituales del crítico o del historiador para internarse en una aventura íntima, que cabe calificar de capricho inteligente, y cuyo objetivo es tanto la reflexión estética como su disfrute. Una meta de alto riesgo en tiempos en los que prima el pensamiento frío y la historia colectiva.

La exposición toma su título del último de los libros publicados por Georges Bataille, Les larmes d’Eros, aparecido en 1961, y traducido al español veinte años después. No es, desde luego, una ilustración del texto del autor francés, ni mucho menos aún un resumen o una reconstrucción del repertorio iconográfico que le añadió el autor con la discutida colaboración de J.M. Lo Duca.

Solana ha delimitado, primero, el arco cronológico al que se remite, fundamentalmente el siglo XIX, con algunos saltos hacia el Renacimiento y más abundantes hacia el Barroco, los años del surrealismo y unas pocas incursiones en el presente cercano. Y, también, el aspecto central del prolijo y escurridizo pensamiento batailleano que interesa a su propósito: la identidad entre Eros y Tánatos, entre erotismo y muerte, visibilizada a través de los mitos, paganos o judeocristianos, supervivientes en nuestro tiempo, y de determinadas figuras significativas. Con ellos ha compuesto una narración en dos grandes capítulos separados que, en sus propias palabras: “avanza desde el nacimiento a la muerte, de la inocencia a la tentación, de la tentación a los suplicios de la pasión, hasta la expiación y la muerte”.

Nada hay premeditadamente, pues, del nacimiento a la conciencia de la muerte o de las relaciones entre el trabajo, el juego y el sexo; tampoco de su prohibición cristiana y católica y, desde luego, nada del éxtasis del vudú o del martirio chino de los cien trozos con los que concluye el libro (y cuya interpretación contemporánea en el vídeo de Chen Chieh-jen, que vimos en 2004 de PHotoEspaña, forma parte, curiosamente, de la colección de Francesca Thyssen).

Aquí la opción elegida es una exploración por los mitos que han sustentado la noción de atractivo y su mortífera incursión en los bosques del mal, su conjunción con lo peligroso y letal, de acuerdo con unos principios que respetan tanto la historia misma del museo, como -puesto que la temática sexual elegida invitaba a ello-, ante la tesitura de elegir entre el clasicismo o la provocación, decidirse siempre por el primero.

Las salas mezclan siempre, además, pinturas, esculturas, obras sobre papel, fotografías o dibujos de distintas épocas, que presentan distintas o coincidentes interpretaciones del mito; las más cercanas a la contemporaneidad, salvo alguna excepción, se encargan de poner el contrapunto irónico o la versión descreída. Un aviso al visitante de que asiste a la representación de un ideario e imaginario ya apagado, cuyas ascuas mal perviven en la actualidad. Una sensación incrementada por la relación que el comisario establece entre las antiguas narraciones y las prácticas sexuales según un catálogo que recoge tanto la mirada masculina como la femenina, la homosexual y la heterosexual, y la suma de las diferentes parafilias: “La aquafilia o pasión por el agua, la tricofilia u obsesión por la cabellera, el fetichismo clásico freudiano en busca de sustitutos fálicos, el voyeurismo y el exhibicionismo, el bondage y el sadomasoquismo, la agalmatofilia fascinada por muñecas y maniquíes, el vampirismo y el canibalismo, la necrofilia y su hermana menor, la somnofilia, y por todas partes la dacrifilia o dacrilagnia, el deseo suscitado por las lágrimas”. Las lágrimas y el agua manan y corren como un leitmotiv por las salas del Thyssen, del mismo modo que lo hace la sangre por las de la Sala de las Alhajas, en las que el sueño se hermana con la muerte.

El método y sistema elegidos, y la preponderancia dada a lo visual sobre lo discursivo proporciona encuentros emocionantes: el de las apolíneas venus francesas de Amaury-Duval o Bouguereau con las adolescentes en la playa de Rineke Dijkstra o con la Venus-pin up de John Currin; la esfinge de seis pechos de Louise Bourgeois con una fotografía de Patty Smith de Roberth Mapelthorpe; la conjunción de los sansebastianes de Bronzino, Guido Reni, Ribera y Auguste Renoir -por cierto en una elenco que recoge versiones de todos los siglos desde el XV al XXI, del que cabe deducir la evolución, transformación y ocaso de un icono de la belleza homosexual-; la convivencia, también, en paredes opuestas de las Alhajas, del pequeño David ejecutor de Goliat y de Judith, decapitadora de Holofernes; o, para concluir, el irónico guiño de equiparar el sueño de Endimión velado por Diana con la dormición de David Beckam, de Sam Taylor-Wood.

En la exposición, así como en el texto del catálogo, no prima una exégesis erudita ni tampoco una voluntad enciclopédica o que crea descubrir ningún mediterráneo. De hecho muestras relativas al erotismo o la sexualidad han sido numerosas en los últimos años, la más reciente Seducidos: Arte y Sexo desde la Antigöedad hasta el Presente, recién inaugurada en el Barbican Center, de Londres, o en mayo pasado, Juan Vicente Aliaga inauguraba en el CGAC En todas as partes, en la que más de 70 artistas repasaban la diversidad sexual en el arte desde los 60 hasta hoy.

Lo que singulariza Las lágrimas de Eros es su voluntaria permanencia en la belleza estética y su convencimiento de que, aunque minusvalorada en nuestros días, todavía cumple el postulado batailleano que encabeza precisamente su introducción al mundo moderno: “Este libro, para el autor, únicamente tiene un sentido: ¡Induce a la conciencia de uno mismo!”.