Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 14 de septiembre de 2009
[Óscar Alonso Molina. ABC de las Artes, 27 de junio de 2009]
¡DISPARAD SOBRE NOSOTROS!
Es una historia ya suficientemente vieja… Tanto que empezaba a teñirse un poco con el carácter incierto y mítico de las fábulas. Como en ellas, el tiempo iba haciendo circular versiones ligeramente modificadas sobre idénticos hechos; variantes año tras año más difíciles de contrastar, mientras los protagonistas cambiaban, olvidaban, desaparecían, lo mismo que muchas de las pistas por ellos dejadas. Consecuentemente, esta «primera» ocasión no trataría tanto de interpretar lo que pasó, cuanto de dejar por fin un testimonio firme de eso mismo: de que algo pasó; de que ellos estuvieron allí. Por múltiples y muy complejas razones, tan complejas que bordeaban siempre el misterio, durante décadas, jamás se ha podido acabar de contar de manera oficial el relato que aquí nos ocupa. Por ello, cuando Quico Rivas, impulsor inicial de la muestra, quien desgraciadamente no ha podido ver el resultado, me propuso en varias ocasiones colaborar con él o continuar su proyecto en caso necesario, siempre le dije que no, pues, a diferencia suya, me parecía prioritario en este caso trabajar sin imaginación, algo incompatible con su genial perspectiva de las cosas.
Un episodio breve. Dentro del arte español se trató de un episodio breve, un tanto deslavazado en cuanto a definición interna, contradictorio y enmarañado, sí; innecesariamente polémico o incómodo, también. Estuvo protagonizado por personalidades tan poderosas ya entonces que, a la postre, es decir, casi desde el principio, resultaron ser para ellos mismos su peor enemigo. Sobre tal fuego cruzado el grupo sufrió además una notable hostilidad externa, más o menos discreta, proveniente tanto de la derecha como de la izquierda (para unos «insoportables», para otros «reaccionarios»), que con el tiempo se va demostrando más que nada incomprensión hacia la singularidad de los fondos y las formas de su independencia. La inédita lucidez de su compromiso entonces, su exigencia y extraña originalidad, son todavía foco de incomprensión. Es lo previsible cuando alguien se mantiene equidistante a los estándares vigentes de una época: que se vuelve excéntrico para todo el mundo. En definitiva, entre unos y otros, su situación terminó como aquella del Teniente Pinilla en agosto de 1936, cuando, atrincherado en el cuartel de Simancas, telegrafiaba al buque Almirante Cervera: «El enemigo está dentro, disparad sobre nosotros», sin obtener jamás respuesta, pues se pensaron que era una treta del adversario.
Momento apasionante. Más allá de estos conflictos, el fenómeno resulta un momento apasionante -sí, he dicho apasionante- de nuestra Historia artística reciente cuando se estudia sin anteojeras y con suficiente interés previo; aunque mucho me temo que sólo entonces. Por supuesto, este grupo de artistas han protagonizado anteriores muestras sobre sus orígenes compartidos, pero en cuarenta años es la primera vez que reciben un espaldarazo institucional de envergadura. Aunque sólo fuera por ello salen hoy muy reforzados. Que haya tenido lugar precisamente bajo la actual dirección del Reina Sofía resulta -no nos engañemos- detalle de especial importancia, pues el colectivo se ha encontrado siempre artificialmente instalado en un espectro estético e ideológico que en alguna otra etapa del museo quizá pareciera mejor representado. Así, la coincidencia ha sido recibida internamente con reacciones de todo tipo: de la sorpresa a la ironía, de la satisfacción a la pita.
Si les soy sincero, uno ya empezaba a temerse que la historia de los aquí llamados «esquizos madrileños», y que a punto han estado de llamarse «los fantasmas de Madrid», no iba a contarse nunca a nivel institucional de manera fuerte. Lo decía con bastante gracia Armando Montesinos en la inauguración: «Creí que no llegaba a verla»; él, que a sus cincuenta y pico años se crió viendo estas obras de primera mano… Dicho sea de paso, ojalá no se acaben instaurando semejantes motes colados de matute, aunque su ironía hoy se asuma alegremente. Mejor haríamos en no volver a olvidar lo poco que hasta ahora se ha mantenido en nuestra memoria colectiva sobre ellos: su nombre, por ejemplo. Quizá, cierto es, un tanto insulso para lo que ellos eran con los juegos de palabras, pero al menos, hasta la fecha, cuantos los hemos seguido y estudiado los hemos podido también identificar: «Nueva Figuración Madrileña». Tampoco aquí se necesita imaginación.
Tres fueron los nombres que desde el perímetro actuaron de manera decisiva en su configuración: Juan Antonio Aguirre, Luis Gordillo y Javier Utray. El grado de incursión de cada uno de ellos en el territorio específico de la poética es siempre foco de agria polémica, pues da lugar a combinaciones sutilmente diferentes en los alambicados juegos de fuerzas internos del grupo. Aquí la ecuación ha consistido en considerar a Aguirre como el impulsor inicial desde su plataforma de la Sala Amadís; ver en Gordillo al ambiguo precursor (¿dónde están esos dibujos auténticamente influyentes del primer contacto, los de su exposición en Daniel de 1971?), rápidamente instigado a su vez por los jóvenes; y a Utray como la figura inspiradora desde vuelos especulativos que sólo tomarían tierra en la plástica muchos años después, acabada ya la historia.
Algún que otro peaje. Por lo demás, soy consciente de que las partes más conflictivas en la exposición son «peajes» que los comisarios han debido pagar por diferentes razones, entre ellas, hacerse cargo de un proyecto hasta cierto punto predeterminado por el propio Rivas. Así, Sigfrido Martín Begué y Luis Pérez Mínguez son aquí apuestas inéditas al canónico núcleo duro del grupo. Lo mismo que parcial resulta encontrar como epígonos sólo a Jaime Aledo y Forns Badá, mientras que el apartado introductor se muestra mucho más sugerente y plural. No obstante, a gran distancia, las deslumbrantes pinturas de Carlos Alcolea, Chema Cobo, Carlos Franco, Herminio Molero, Guillermo Pérez Villalta, Rafael Pérez Mínguez y Manolo Quejido acallan las posibles dudas sobre esta muestra tan largamente esperada, esquiva, casi maldita. Ojalá que la oportunidad venga por fin a conceder prioridad a lo que en su caso hay que valorar por delante del resto de consideraciones: las obras mismas. Se defienden con el paso del tiempo magníficamente, hasta el punto de resultar para la última promoción de una actualidad inesperada. Disparen sobre ellas si se dejan.


