Centro José Guerrero. Málaga. Hasta el 12 de abril
[Anna María Guasch. ABC de las Artes, 8 de marzo de 2009]
Casi una década después de que la retrospectiva comisariada por Catherine de Zegher sobre cuarenta años de trabajo de Martha Rosler recalara en el MACBA, el Centro José Guerrero pone ahora la «lupa» en algunas de las series fotográficas y en los vídeos más destacados –y, en ocasiones, menos conocidos– de la artista bajo un trabado guión curatorial a cargo de Juan Vicente Aliaga, que ha distribuido los contenidos de la muestra en tres apartados («La casa», «La calle» y «La cocina») para enfatizar su eje vertebrador: la frontera lábil y permeable entre la esfera de lo público y la de lo privado, un tema que recorre el trabajo de Rosler desde los años sesenta hasta la actualidad.
Nuevas lecturas. En esta «geopolítica del espacio», a caballo entre lo social y lo doméstico, cobran nuevo sentido obras que la crítica «canónica» había considerado o bien abiertamente políticas o unidireccionalmente centradas en el discurso de género. No obstante, más allá de estos discursos reduccionistas, los trabajos seleccionados ilustran –a excepción de la muy emblemática serie con la que se inicia la muestra: Bringing the War Home (Traer la guerra a casa, 1967-1972)– el sutil paso hacia un arte reivindicativo de corte activista que asume un modelo de artista no como espejo pasivo de la sociedad, sino como miembro de la comunidad que no puede aislarse de las condiciones que habita, ni tampoco quiere eludir las responsabilidades éticas y políticas que implica su posición en su entorno.
Resulta muy interesante analizar el paso tanto temático como conceptual entre Bringing the War Home, un directo y frontal ataque al imperialismo americano y cómo éste se había asentado en la normalidad del «American way of life» (de ahí esta serie de fotomontajes resultantes de la combinación de fotos periodísticas de la guerra del Vietnam y del interior de confortables casas norteamericanas de revistas de arquitectura y diseño), y los fotomontajes de Beauty Knos no Pain or Body Beautiful (1965-1974), que integran el apartado «La cocina», y en los que recurre al lenguaje alegórico y apropicionista (que unos años más tarde practicarían artistas como B. Kruger o S. Levine) para cuestionar algunos de los mitos asociados a la feminidad, a partir de una iconografía de lo cotidiano y lo familiar.
Disonancias y anomalías. Otras obras incluidas en este apartado, desde el vídeo Semiotics of the Kitchen (1975), hasta otras menos conocidas como A Budding Gourmet (1974) o Losing a Conversation with the Parents (1977), localizan disonancias y anomalías en los procesos cotidianos, como por ejemplo la violencia doméstica inherente a las herramientas de cocina de Semiotics of the Kitchen, con un cuchillo que tanto puede servir para cortar como para apuñalar o amenazar.
«La calle» ocupa también un lugar protagónico en la muestra. Y aquí las anomalías se localizan abiertamente en los ámbitos públicos marcados por la movilidad o el tránsito. Más que el diálogo objeto-cuerpo, cobra significado la relación de cuerpos y lugares en el marco de la ciudad. El conjunto de instalaciones de 1991 –no incluidas por razones de formato–, Si vivieras aquí, ya nos alertaba del interés de Rosler por la tradición vigente desde el neoplasticismo hasta el situacionismo. Interés que ha servido a Aliaga para otro agrupamiento de obras en clara alusión al carácter de frontera y fortaleza de las «ciudades posmodernas», como las series fotográficas The Bowery in Two Inadequate Descriptive Systems (1974-75), referida al barrio de Bowery y sus problemas urbanísticos, y las dedicadas al metro (como Ventures Underground, 2005) y a los aeropuertos como «no-lugares» en In the Place of the Public. Airport. Por su parte, en vídeos como Secrets from the street. No Disclosure, Rosler recorre el asfalto de San Francisco mientras reflexiona en voz en off.
Sin embargo, lo que nos ha interesado más de la exposición no son tanto las obras en si mismas, como la posibilidad de contemplar a una artista con capacidad de reescribir los espacios con una escritura social compleja que no sólo se imbrica en las cuestiones de género, sino que sirve para recuperar ciertos ideales utópicos en los que «habitantes» y «habitáculo» se construyen e interactúan mutuamente.


