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Modernologías

MACBA. Barcelona. Hasta el 17 de enero de 2009
[Jaume Vidal Olivera. El Cultural, 25 de septiembre de 2009]

LA MODERNIDAD Y SU SOMBRA

El recorrido por la muestra se inicia, en la primera sala del MACBA, con una de las piezas más significativas y que mejor describe el espíritu de la exposición, Window Blow Out de Gordon Matta-Clark. La historia de esta obra es conocida: la noche anterior a la inauguración, en el Institute for Architecture and Urban Studies de Nueva York, de la exposición Idea as a Model (1976), que versaba sobre la utopías arquitectónicas, Matta-Clark reventaba a balazos las ventanas de las salas con una escopeta. Luego colgó fotografías de los bloques degradados del Bronx. El gesto de Matta-Clark expresaba una protesta contra la arquitectura moderna, sus usos en la sociedad capitalista y sus deshumanizados planes urbanísticos…. Precisamente la exposición que ahora presenta el MACBA, Modernologías, explora, como indica su título, el legado de la “Modernidad”, sus límites y contradicciones.

¿Qué se entiende por modernidad? La muestra no define un ámbito conceptual delimitado, sino que más bien señala el concepto de modernidad como un referente abierto, susceptible a diversas interpretaciones. En el contexto de la exposición, modernidad se podría interpretar como un proyecto social bajo el ideal del progreso, vinculado a la vanguardia de tipo racionalista, lo que se identifica, en términos plásticos, con un lenguaje universal, maquinismo, racionalismo, funcionalismo…. Aquella tradición de la que, entre otros, Mondrian, Gropius, Van der Rohe, la Bauhaus o Le Corbuiser, serán los pioneros. Pero la modernidad tiene también su sombra, como es la degradación de aquellos ideales y su instrumentalización por el pragmatismo económico y la sociedad de consumo. Finalmente, podría pensarse también como un proceso más vasto -y todavía inconcluso- que empieza a desarrollarse con los inicios de la revolución industrial y del cual el arte moderno sería su expresión cultural…. Así, por ejemplo, se explica la incorporación en la muestra del trabajo de Henrik Olesen, How do I make myself a body, que hace referencia al caso Alan Turing (1912-1954). Éste desarrolló un importante papel en el terreno de la cibernética al conseguir descifrar los códigos secretos alemanes durante la II Guerra Mundial y es considerado uno de los padres de la informática. Sin embargo, fue procesado por homosexual y su vida terminó en dramáticas circunstancias. El trabajo de Turing pretende ser una reflexión sobre el cuerpo y tiene sentido en la medida en que la modernidad se expresa como civilización, un orden social que regula el comportamiento del cuerpo.

La treintena de artistas (entre otros, Marine Hugonnier, Martha Rosler, Dan Graham, etc.) que participan en la exposición explora las grietas de la modernidad, independientemente del sentido que se le atribuya a este concepto. El discurso de la muestra adopta, por tanto, una posición crítica y esta crítica se realiza desde el ámbito de la práctica artística.

Podemos preguntarnos sobre el alcance y el sentido de estas obras al abordar una problemática tan compleja como la crítica a la modernidad. La comisaria, Sabine Breitwieser, propone un mapa de áreas temáticas: el deterioro de los ideales de la modernidad en la práctica arquitectónica, el imperialismo implícito en la ambición de crear un lenguaje universal, los principios dogmáticos y excluyentes…. Pero acaso la exposición consista en un conjunto de gestos aislados, incluso contradictorios, que tienen el mérito de enriquecer la reflexión teórica con la visualización de casos concretos o con la aportación de una determinada sensibilidad. Hay, sin embargo, un aspecto muy significativo: ninguna mención a la postmodernidad, aquel movimiento definido precisamente como oposición y superación de los ideales modernos, caracterizado por el mestizaje, la desconfianza de los grandes relatos, la cultura popular, el descentramiento de la autoridad intelectual y científica… Y es que intuimos que los artistas seleccionados -o al menos la comisaria- se sitúan en una tradición solidaria con la modernidad, en la estela del pensamiento crítico. La propuesta de Breitwieser no es nihilista, pero tampoco es nostálgica, no implica querer resucitar el cadáver de la modernidad, sino simplemente un compromiso de denuncia, de toma de conciencia, de la dialéctica del análisis para afrontar la contradicción. Ella prolonga, con el autoanálisis y la autocrítica, la modernidad.

Dicho sea de paso, la institución “museo de arte contemporáneo” y el formato “exposición” no son ajenos a los principios fundacionales de la modernidad. Y me ha sorprendido la escasa presencia de artistas autóctonos que desaprobaba los discursos uniformadores y que se proponía diseñar una nueva cartografía. De entre la nómina de creadores, sólo uno es español: Domènec, del cual se ha seleccionado Existenzminimum (2002). En esta pieza, el artista realiza una especie de maqueta -adaptada simbólicamente a las consignas de la vivienda mínima- del monumento proyectado por Mies van der Rohe en homenaje a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, dirigentes de la izquierda comunista alemana asesinados por fuerzas parapoliciales en 1919. La maqueta se transforma en una especie de refugio metafórico de las utopías individuales, cuando las colectivas han desertado. Yo no sé si Breitwieser aceptaría esta lectura, pero, para bien y para mal, la modernidad es el marco en el que se desarrollaron las utopías y el sentido crítico.