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Oscar Niemeyer

Fundación Telefónica. Madrid. Hasta el 22 de noviembre de 2009
[Raúl del Valle. El Cultural, 18 de septiembre de 2009]

OSCAR NIEMEYER, EL POEMA EN LA CURVA

Madrid tiene una cita en la Fundación Telefónica con uno de los maestros de la Modernidad: Oscar Niemeyer (Río de Janeiro, 1907). A través de maquetas, dibujos y proyecciones la exposición recorre los principales proyectos de este arquitecto carioca que el próximo diciembre cumplirá los 102 años de edad.

Premio Pritzker, Príncipe de Asturias de las Artes, Medalla de Oro del RIBA, León de Oro en Venecia, Praemium Imperiale en Japón… la lista es interminable. Niemeyer es considerado uno de los máximos exponentes de la arquitectura del siglo XX en Latinoamérica. Es difícil concretar en apenas unas líneas toda una vida que abarca más de un siglo y una trayectoria profesional que supera los setenta años y que continúa aún llena de intensidad y energía.Brasilia cuenta con la mayor concentración de sus obras, al recibir en 1956 el encargo de construir junto con Lucio Costa, la nueva capital del país. El arquitecto, sensible al paisaje, amante de las curvas y los trazos sinuosos, equilibradamente contrastados con volúmenes rectilíneos y prismáticos, creador de inmensos planos blancos frente a la poderosa naturaleza, nos muestra en cada obra levantada un verdadero manifiesto de libertad y modernidad en el empleo de las formas y materiales, en la disposición de los espacios y el modo de descubrirlos y recorrerlos. Niemeyer crea plazas y en ellas dispone los edificios, abriéndose al paisaje y buscando continuamente la capacidad de sorpresa en el visitante.

Con 33 años proyecta el Conjunto de Pampulha en Belo Horizonte, formado por un hotel, casino, club náutico, iglesia y casa de baile, y aún hoy es toda una referencia en la que las ideas de Le Corbusier y Lucio Costa se entremezclan con una plasticidad y libertad de formas asombrosas, más propias de un maestro que de un joven arquitecto. Luego llegará el edificio Copan (São Paulo, 1950) y el Conjunto Ibirapuera (1951) que abrirán las puertas de la escala monumental que encontramos en Brasilia (1956-1967). Entre medias, posiblemente una de las casas más bellas del mundo, la Casa das Canoas (Río de Janeiro, 1953).

Creador incontestable de iconos, fue capaz de dar luz propia a la ciudad de Niterói -siempre ensombrecida por la proximidad de Río de Janeiro- al construir sobre un acantilado el Museo de Arte Contemporáneo (1991), “una flor en la roca que lo sostiene”, según sus propias palabras. Niterói es un antecedente inequívoco de lo que ocurriría siete años más tarde en la capital bilbaína al introducir el edificio de Gehry: acaso otra flor en la orilla que la soporta.

Le Corbusier, en los últimos años de su vida dijo “a manos llenas he recibido, a manos llenas doy” y ese espíritu de generosidad quedó plasmado como símbolo y para siempre en el monumento de la Mano Abierta de Chandigarh, la ciudad que vio crecer a los pies del Himalaya. Niemeyer hace apenas veinte años repite el gesto en São Paulo: una gran mano abierta se levanta en el Memorial de América Latina, en el centro de un gran espacio público en el que sobre un plano de contornos sinuosos, se disponen libremente los volúmenes prismáticos y curvos de los edificios institucionales. A manos llenas regala a la localidad de Ravello, la imponente ciudad vertical de la costa amalfitana famosa por su festival de música, un polémico auditorio formado por una delgada concha de hormigón blanco que parece colgada en el abismo. Y a manos llenas regala al Principado de Asturias el que será el futuro Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer.
Sirvan estos dos últimos edificios como ejemplos que nos hablan, una vez más, de la generosidad de su persona, de la grandeza de su arquitectura.