National Gallery. Londres. Hasta el 7 de junio
[Juan Antonio Álvarez Reyes. ABC de las Artes, 8 de marzo de 2009]
PICASSO, EL GRAN RECLAMO
En la cartelera internacional expositiva todos los años encontramos de manera repetitiva el reclamo de grandes nombres. Últimamente, no hay temporada que escape a una gran exposición dedicada a Picasso, además de otra centrada en Warhol. De hecho, parecen dos cromos intercambiables que por sí mismos logran lo más deseado por los directivos de los museos –así, en estos términos habría que hablar de ellos–. Y ese gran deseo es la ansiada atención mediática hasta el paroxismo y, fruto de ella, la avalancha de público. Los números que justifican y motivan sus planes y políticas son los tantos por ciento de crecimiento, que en este sector del capitalismo cultural se mide en número de visitantes. De ahí que el reclamo sea un logotipo, una idea, una marca, que en arte se reduce sencillamente al nombre del artista. Y ahora, parece ser que los que más venden son Picasso y Warhol. Por este orden.
El fenómeno, en cualquier caso, no es nuevo. Viene repitiéndose en las últimas dos décadas y tiene que ver con cierta equivalencia con el sistema económico general expansionista sin fin, el mismo que ahora hace aguas por doquier.
Desvelos populistas. Sin embargo, la crisis del sistema parece que, por el momento, no se resiente en el modelo museístico, que sigue con las mismas estrategias. A no ser por algún tibio indicio, como, por ejemplo, el anuncio pesimista recientemente realizado por El Prado de que su número de visitantes decrecerá en los próximos años, pese a sus desvelos populistas.
Lo que sí es relativamente reciente es la insistencia en los mismos actores, que ya empieza a ser cansina y preocupante, en el intento depredador de exprimir hasta la última gota que antecede al deshecho. Pero como fenómeno con sus particularidades, merece la pena detenerse y analizarlo a la luz de la exposición que la National Gallery de Londres dedica por primera vez a un artista del siglo XX. Cuestión que, por la conocida corrección británica, ha provocado que tuvieran que pedir el plácet a sus colegas de la Tate. En España, estas cosas se hacen más bien a las bravas y se dan como hechos consumados. Véase, si no, el caso de Bacon, cuya justificación es del todo peregrina: según los responsables madrileños, el artista venía a la capital española para visitar El Prado, cuando todo el mundo sabe que el motivo tenía que ver más con la carne que con el espíritu.
El final de la deriva. Pero, quizás, no esté del todo mal planteada esta lectura conservadora respecto a Bacon en Madrid, y también respecto a Picasso en Londres, sobre todo a la luz de la deriva final de sus carreras artísticas. Estas lecturas conservadoras que ahora emprenden El Prado, con Bacon, y la National Gallery, con Picasso, están en consonancia con la manera de sus responsables de entender la Historia del Arte y sus transformaciones recientes, que es evolutivamente lineal, pero también enroscada en sí misma. Como una gran fuerza centrípeta, parecen aducir que todo gran artista acaba abducido y asimilado por el centro, por esa gran masa o agujero negro, según se mire, que es el genérico llamado «old masters».
Desde luego, por lógica, con el paso del tiempo, cada vez hay más maestros antiguos, como por ejemplo Picasso y, por qué no, también Warhol. El razonamiento sería igual para ambos si aplicáramos el simplista argumento justificativo de esta exposición. A saber, que hay una serie de temas recurrentes ancestrales en sus trayectorias, como el retrato y el autorretrato, la naturaleza muerta. A lo que el malagueño añade con gracia y particularidad sus series de variaciones de grandes obras de ayer y de hoy de la pintura universal: Las Meninas, Desayuno sobre la hierba o El rapto de las Sabinas. Sin duda, esta última sala en la National Gallery no sólo es la más grande e importante para esta visión conservadora, sino que también es la que cierra la muestra –y eso que el recorrido no es cronológico, sino por esos temas estereotipados atemporales.
En las maniobras expansionistas de los museos de arte antiguo hacia el arte moderno a la búsqueda continuada del crecimiento exponencial de visitantes, en Trafalgar Square todas las noches hay un espectáculo de luz: proyecciones de cuadros de la exposición sobre la fachada neoclásica del museo. Tremendo reclamo que no sólo quiere llamar la atención sobre el hecho mismo de que Picasso –símbolo del arte moderno– haya entrado por la puerta grande en la National Gallery, sino que el área de negocio se ha ampliado y es necesario publicitarlo a lo grande.
En el intercambio de cromos, el año pasado Warhol estuvo en Londres y Picasso en París. Este año es justo al contrario, y no es –conviene advertirlo– que todo sea fruto de muestras itinerantes. No. Son exposiciones distintas, aunque en el caso de Picasso, no tanto, puesto que la visión conservadora es la misma. Si en París, en el Grand Palais, se enfrentaban obras del lejano pasado con cuadros de Picasso en ese diálogo de tú a tú entre maestros ya todos antiguos, en Londres, lo más exiguo de las salas de exposiciones temporales del ala Sainsbury impide que la comparación sea posible al tratarse de muestras de envergadura completamente diferentes por ambición y tamaño. Comparten, eso sí, el abigarramiento y numerosos tópicos.
Con los ojos del malagueño. En la National Gallery, haciendo de la necesidad virtud, se invita al público a revisitar la colección de Old Masters a través de los ojos de Picasso. Con ello se lograría, según ellos, el lema de la muestra: transformar la visión que tenemos del pasado. Pero con enfoques conservadores como el de esta exposición –también el año pasado en París–, Picasso no sólo no consigue lo imposible –es decir, cambiar el pasado–, sino resulta que tampoco logró lo que hasta ahora sí pensábamos: influir decisivamente en el futuro.


