‘SUITE VOLLARD’
Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 31 de mayo
EL DESEO ATRAPADO POR LA COLA
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hasta el 17 de mayo
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 8 de marzo de 2009]
En los últimos dos años, Madrid ha tenido la oportunidad de contemplar algunas importantísimas exposiciones sobre Picasso, si bien planteadas desde perspectivas e intenciones muy diferentes. La primera, Picasso. Tradición y vanguardia, con sede compartida entre el Museo del Prado y el Museo Reina Sofía, ponía a Picasso bajo el amparo institucional de la tradición que representa El Prado, dejando además intencionadamente al Reina Sofía como un apéndice en fatal destino del gran museo fundado por Fernando VII.
Como desagravio. La segunda de las muestras a las que me refería se celebró hace menos de un año, sólo en el Reina Sofía, y reunió una extraordinaria representación de las obras conservadas en el Museo Picasso de París, a las que se unieron, en complicidad histórica, las propias del museo madrileño dedicado al arte del siglo XX y al actual, construyendo así una especie de desagravio frente a la anterior propuesta y devolviéndole sus propias señas de identidad, al menos durante un tiempo, ya que después El Prado continuó con su tendencia okupa del arte contemporáneo sin argumento alguno, sólo por la fuerza de los hechos.
Y no es imposible que sus responsables públicos hayan decidido que sus colecciones ya no tienen nada que contar, ni excusa atractiva alguna que ofrecer al consumo masivo de espectadores, de ahí la lógica inevitable del curso de los acontecimientos, con evidente desprecio de sus propios fondos y de la Historia del Arte a ellos vinculada, cada vez, sin embargo, más fascinante, al menos fuera de España.
Precisamente por esos motivos y otros tantos que ya casi me da pereza –por desesperanza– aducir, debo saludar como un doble acontecimiento extraordinario el hecho de que dos instituciones privadas hayan sustraído de las desatinadas, erráticas y arbitrarias manos de lo público y del Estado a Picasso. Al menos no juegan con su nombre y su obra para atender intereses espurios. Tal como están las cosas, es posible que haya llegado la hora de que el Reina Sofía se redefina, abandonando la función para la que fue creado, buscando incluso una nueve sede que no pueda ser comprometida por el absurdo imperialismo conceptual decimonónico de El Prado.
Pues bien, son dos instituciones privadas como el Círculo de Bellas Artes y la Fundación Mapfre las que nos dan la alegría estos días en Madrid de devolvernos un Picasso histórico y apasionante, ajeno a manipulación alguna, liberado de servidumbres confesables e inconfesables como las enunciadas.
Época especial. En la Fundación Mapfre tenemos la oportunidad de contemplar la extraordinaria Suite Vollard (1939), realizada por Picasso entre 1930 y 1937, recorriendo en los grabados no sólo diferentes temas, sino también distintas técnicas, del buril y la punta seca al aguafuerte y el aguatinta, además de atravesar una época especialmente trágica y fascinante, dolorosamente creativa, en la vida del artista, incluido el Guernica y la Guerra Civil, así como los desencuentros y nuevas pasiones con Olga Koklova, Marie Thérèse Walter y Dora Maar. Son años clasicistas, entre Ingres y Cézanne, y también los de mayor relación con los surrealistas, incluido Breton, entre la revista Minotaure y Cahiers d’Art.
Compuesta por cien estampas, la Suite Vollard –encargo del galerista, coleccionista marchand y editor Ambroise Vollard, figura mítica de la época de las vanguardias históricas y buen conocedor de la obra de Picasso desde que en 1901 le organizara su primera exposición en París, en 1901, junto a Iturrino– es una de las obras más bellas editadas en el siglo XX. Libro de artista sin argumento concreto que no sea la vida misma del autor y sus intensas y nuevas preocupaciones estéticas y personales, es un fascinante autorretrato que, a la vez, es fiel respuesta a las preocupaciones de toda una época convulsa como la de entreguerras, coincidente también con su regreso a la escultura –que guardaba celosamente en su estudio de Boisgeloup y que describiera Brassaï con vital precisión en sus extraordinarias Conversaciones con Picasso–, y, en cierta forma, consecuencia asímismo de su retorno a lo clásico como argumento de su obra que ya anunciara desde hacía tiempo y consolidara significativamente en otra obra ilustrada para el propio Vollard, y que no es otra que La obra maestra desconocida, de Balzac (1931), preludio inequívoco de la Suite y de su propia vida apasionada y conflictiva durante los años treinta.
No es casual que la casa en la que situara Balzac el escenario de su novela, en el número 7 de la Rue des Grands-Augustins, fuera alquilada, como casa de artista metafórica, por Dora Maar y Picasso para pintar el Guernica. Por eso decía que, entre ambas ediciones, las estampas de esta última recorren como en un autorretrato visual la vida del artista y sus preocupaciones de esos años, lo que explica la variedad de temas que recorren sus extraordinarios cien grabados: tres retratos de Vollard; setenta y tres estampas articuladas en torno a cuestiones concretas como «la batalla del amor», «Rembrandt», «El Minotauro» y, sobre todo, el crucial dedicado al «taller del escultor», con cuarenta y seis estampas, además del resto dedicadas a asuntos variados. Es decir, un cuaderno de notas, libro de viaje, de la intensa vida del artista y su obra durante los años treinta.
Un perfume, un aroma. La exposición del Círculo de Bellas Artes constituye, por su parte, una especie de segundo capítulo de esta historia picassiana, durante otra época trágica, la Ocupación de París y la Segunda Guerra Mundial. Se trata, con la excusa de la redacción en 1941 y por Picasso de su obra teatral El deseo atrapado por la cola, del que se ha editado una edición facsímil del manuscrito junto con un catálogo propio de bibliófilo, de reconstruir el perfume, el aroma y el hedor, de un París vivido en la clandestinidad y en la resistencia por un grupo de amigos –artistas, intelectuales, fotógrafos– del malagueño. No en balde, el 19 de marzo de 1944, en casa de Michel y Louise Leiris, y bajo la dirección de Albert Camus, representaron juntos la obra picassiana, siendo luego, el 16 de junio del mismo año, fotografiados, como en continuidad con la metáfora vital de la Suite Vollard, los participantes en el estudio del artista en el 7 de la Rue des Grands-Augustins. La exposición reconstruye con intensidad poética e histórica las tensiones, las aspiraciones, el miedo, el compromiso, la resistencia, las ediciones clandestinas y la solidaridad frente a la violencia de un enemigo común de un grupo de amigos de muy distintas trayectorias, sobre todo después de la Liberación de París, pero todos actores o participantes en aquella mítica representación de la desesperada y trágica obra teatral de Picasso, de Camus y Sartre a Simone de Beauvoir, Michel y Louise Leiris; de Brassaï y Dora Maar a Lacan, Jean Aubier, Georges Hugnet, Valentin Hugo, Zanie Campan o Raymond Queneau, entre otros. Emocionantes.


