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Palladio, el Arquitecto (1508-1580)

CaixaForum. Madrid. Hasta el 17 de febrero de 2010
[Antonio Fernández Alba. El Cultural, 23 de octubre de 2009]

PASEO PALLADIANO CON EL CANTERO DE PADUA

Intuición no le faltó a aquel acaudalado y excéntrico erudito, el arquitecto Gian Giorgo Trissino (1479-1550), para acoger como discípulo al joven maestro cantero de Padua, Andrea di Pietro della Góndola, a quien bautizó con el nombre de Andrea Palladio (1508-1580) -en referencia a Palas Atenea, diosa de la sabiduría-, singular figura de la arquitectura y teórico de acusados perfiles aristotélicos. Un hombre renacentista como él podría soportar con gran equidad y exquisito talento la crisis espiritual del manierismo surgida de las tardías y opacas nieblas de la Edad Media y las primeras auroras de la modernidad. Crisis del pensamiento escolástico y la nueva mirada científica y natural del mundo; crisis, en definitiva, del humanismo que aspiraba a manifestarse mejor en una “ética estoica”, que aquellos postulados y dogmas de la ideal fe en el hombre de la moral cristiana.

La arquitectura llevaba implícita la destrucción del estilo clásico y, en su deconstrucción, recuperar una nueva capacidad expresiva para el proyecto arquitectónico, que asumiera el equilibrio de formas y la greco-romana armonía compositiva. La belleza debería estar regida por las matemáticas y la razón.

Palladio fue como aquellos gigantes del pensamiento plástico renacentista que indagaron en los tratados la renovación de sus diseños frente a los radicales sofistas de la forma, y que para este “cantero ilustrado” de Padua, formado en las disciplinas racionales de la edificación, quedarían reflejados en sus escritos, I Quattro libri dell’architettura, como normas y códigos para el buen construir y redescubrir la belleza que encierra el vacío inocente de la arquitectura.

En Palladio, la espacialidad interior de sus edificios no compite con los halagos del exceso ornamental, como diseñador propicio a las convenciones del manierismo y pese a tan manifiestas diferencias compositivas y expresivas hacia los postulados de este movimiento. Trataba de enmudecer sus fábricas murales con solidez científico-constructiva y elegancia nada caprichosa; lección heredada siglos más tarde por los arquitectos neoclásicos, constructores de la luz sobre la materia frente al delirio y frenesí del escenario barroco.

Con gran disciplina compositiva, Palladio, como muchos de los arquitectos renacentistas, intuye el edificio como abstracto artefacto generador de la escena urbana, no sólo en sus proyectos de arquitectura civil, de manera explícita en sus villas, que se resuelven con la monumentalidad del pequeño palacio en el medio rural. Son verdaderas recreaciones clásicas que introducen como novedad la conquista del diseño de la geometría de la luz y la perspectiva, sin el menor reparo porque el edificio, frente a la naturaleza, se construya como un gesto de autonomía espacial, que deja patente las aspiraciones frustradas a la libertad de expresión prerrenacentista.

En los itinerarios de esta singular exposición, pueden reconocerse los ecos de figuras tan elocuentes como L. B. Alberti, D. Bramante, G. Serlio y Vignola. Todos destilan las esencias del corpus vitruviano en busca de reglas empíricas y prácticas, encaminados al problema no sólo del “decoro” de la arquitectura, sino a normalizar y proclamar los códigos de la belleza que encierra la razón constructiva que, de manera tan precisa, ofrecen las villas y edificios palladianos, consciente Palladio de que no todo el diseño simbólico adquiere el valor de la belleza.

Pasear por los recintos de esta cuidada y rigurosa muestra, con la brevedad de una crónica sincopada como la de estas líneas, nos permite percibir desde las nuevas técnicas del diseño expositivo, el acontecer del pasado y la naturaleza de nuestra historia; percibir y meditar los saberes que en la obra de Andrea Palladio fueron testimonio de su pensamiento arquitectónico: atender a la materia con la que se construye el edificio -donde como enunciaba Platón, “hay sólo sombras y cosas que las arrojan”-; reconocer la memoria de lo que antes aconteció en sus técnicas y caligrafías formales, y otear desde la mirada. La mirada del arquitecto viene a ser como una travesía hacia la verdad que encierran los oficios, narrada por la gramática de una geometría sensible, a la que aspira toda la poética del habitar en el espacio.

Lección espléndida el recorrido palladiano de esta exposición en la Fundación Caixaforum del otoño madrileño, donde la arquitectura de Andrea Palladio se transforma a través de sus diseños, modelos e imágenes en ciencia del saber. Arquitectura que, desde hace siglos, se constituye en una disciplina de verdad.