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Rodchenko y Popova. Definiendo el constructivismo

Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 11 de enero de 2010
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 31 de octubre de 2009]

MATERIALES DE LA REVOLUCIÓN

La obras, ideas y actividades de dos artistas de referencia en las vanguardias históricas y, con mayor sentido y precisión, de las revolucionarias soviéticas -hoy ya simplemente rusas- como Alexander Rodchenko (1891-1956) y Liubov Popova (1889-1924) constituyen el argumento de esta emocionante y reveladora exposición del MNCARS, organizada en colaboración con la Tate Modern.

Se trata de narrar visualmente la historia, o mejor, una de las posibles historias del Constructivismo en la antigua URSS durante sus años de formulación y crisis (1917-1925), en polémica artística y política con otras opciones de las vanguardias en el país que surgía de la Revolución de Octubre de 1917, con independencia de la obvia crítica que en esos primeros años planteaban frente al arte burgués y capitalista de Occidente y frente a la misma noción de arte y arquitectura, declarando su muerte, así como la del cuadro y sus funciones decorativas, simbólicas y expresivas tradicionales.

Un mundo nuevo. Fueron los años entre 1917 y 1925 en los que vanguardia artística y vanguardia política sufrieron el espejismo de creerse capaces de construir un mundo nuevo, un hombre nuevo, en la terminología revolucionaria de la época, sin que esta observación implique ingenuidad alguna por parte de muchos de los protagonistas de esa extraordinaria experiencia; aunque se trata de un compromiso en cierta medida utópico, que es inevitablemente contemplado en nuestros días casi como una experiencia de laboratorio que -ya se intuía desde entonces y entre los propios revolucionarios políticos y artísticos- parecía abocada al fracaso, al escepticismo, a la desconfianza por parte de sus propios protagonistas y no sólo por miradas y apreciaciones foráneas. Vincular y profetizar el fracaso de la revolución política corrió casi en paralelo con la de la vanguardia artística y arquitectónica.

A pesar de todo, ya desde los años treinta -y sobre todo después- hasta nuestros días, aquella vanguardia tan comprometida con la «construcción» de la revolución política, por sus relaciones formales e ideológicas intensas o accidentales con la evolución de las de Occidente, fue indultada significativamente por la Historia del Arte hegemónica, incluso por sus museos de referencia, comenzando por el MoMA. Así, si durante los años sesenta y setenta del siglo pasado, los magníficos estudios sobre la vanguardia soviética y revolucionaria aún establecían los inequívocos vínculos con la revolución primera de la URSS, entre 1917 y la NEP, antes por supuesto del estalinismo y del triunfo del realismo socialista, que partía de la sencilla constatación de que el arte de la Unión Soviética ya era revolucionario de por sí, por estar produciéndose en el país del socialismo real y cuyas conquistas debían exaltar simbólicamente, en los últimos años -y esta exposición constituye un ejemplo cabal- se ha producido un sintomático proceso de desideoligización y despolitización de aquella vanguardia constructivista para convertirlo en un fenómeno más de la Historia del arte moderno.

Los téntáculos del mito. Secuestrada de la Historia, aquella fascinante aventura sirve ahora para narrar otras historias universales y globalizadas, conectadas expresivamente con el formalismo más rancio, por mucho que la erudición parezca avalar semejantes planteamientos y no se excluyan los acontecimientos políticos y las tensiones ideológicas entre los propios artistas y arquitectos protagonistas no sólo de la vanguardia constructivista -filológicamente desmenuzada en las más de doscientas espléndidas obras mostradas en la exposición-, sino sus tensiones con el suprematismo de Malevich, el expresionismo de Kandisnky o las facciones productivistas y formalistas de otros grupos y escuelas de la Rusia revolucionaria, de Tatlin o El Lissitzky a Maiakowski, Vertov, Meyerhold o Vesnin y Leonidov, estos últimos arquitectos.

Es más, los propios formalistas literarios rusos ya avanzaban en aquellos años la deriva actual globalizaba y desideologizada del Constructivismo, como cuando, a propósito del Monumento a la III Internacional, de Tatlin (1919), V. Slovski podía escribir que aquella babélica torre estaba hecha de «hierro, vidrio y revolución», entendidos los materiales y la revolución como elementos formales. No en balde, en el catálogo de esta extraordinaria muestra de las obras constructivistas y en tensión con ellas de Rodchenko y Popova se establecen vínculos proféticos con la abstracción postpictórica norteamericana e, incluso, con el minimalismo de los años sesenta y setenta.

Al margen de esos excesos conceptuales e historiográficos, no cabe duda de que la filológica interpretación de las obras expuestas permite recorrer las tensiones y propuestas, los debates y las consideraciones de los dos artistas protagonistas de la misma con una brillantez poco común. Así, estas obras excepcionales reunidas en la muestra invitan no sólo a una contemplación desnuda de objetos de museo, sino también a recuperar heroicos recuerdos, posiblemente viejos, pero inevitables, entre vanguardia artística y vanguardia revolucionaria, entre arte y vida, testimonios de un fracaso que no puede ser eludido, al menos si de hacer Historia se trata, y ya se sabe que ésta siempre es sucia e híbrida. No hay que perdérsela, sin duda.