Tabakalera. San Sebastián. Hasta el 27 de septiembre de 2009
[José Manuel Costas. ABC de las Artes, 12 de septiembre de 2009]
TODO ESTO ME SUENA
Tabakalera, en San Sebastián, es uno de esos edificios tremendos de la revolución industrial que en el País Vasco -y en esta ciudad- coincidieron más o menos con el cambio de siglo (1919, en este caso). La antigua fábrica de tabacos, cercana a la frontera con Francia y elevada sobre las vías de la estación donde reinas plenarias y regentes bajaban del tren para tomar las olas en la Concha o quizás en Zarauz, es uno de esos edificios que ya no quedan, y su transformación en centro cultural parece una gran idea. Lástima que el proyecto de reforma aprobado sea tan poco excitante. Más lástima aún, porque entre los sesenta presentados, alguno había que al menos tenía aspecto de plantearse el tema de forma no tan convencional.
Mientras se inician las obras, Tabakalera ha estado operando con exposiciones, seminarios, conferencias y actos de entidades externas. La actual cita es Tabakalera suena, una exposición de arte sonoro concebida por Xabier Erkizia, uno de los buenos especialistas de artes relacionadas con las nuevas tecnologías que ya existen en nuestro país.
Triunfo a tres cuartos. Tabakalera suena triunfa a medias (o a tres cuartos, para ser justos y más precisos). Es decir, en aquellos casos en los que los artistas han tomado en consideración el fantástico y aún no esterilizado entorno y han trabajado de manera específica con él, el resultado convence, sorprende y propone cuestiones que van más allá de lo puramente formal.
Sensu contrario, que un clásico como Mikel Arce presente *wav, uno de sus trabajos más conocidos y expuestos, es una pena. De su talento cabía esperar algo pensado o adaptado para el lugar. Para forro de botas, esta instalación de Tabakalera funciona peor que otras que se han visto, por ejemplo, en esta misma ciudad hace tan solo dos años con motivo de Dimensión sonora, en el Koldo Mitxelena.
Algo semejante cabe decir de la propuesta de Leerraum (Suiza). Se trata simplemente de la sonorización multicanal de una sala en la que suena música electrónica. Hay unos puffs para sentarse y escucharla, pero aparte de sonar muy bien, el trabajo podía estar en cualquier lugar, e incluso cabría preguntarse si esto es arte sonoro (con todo lo amplio que es el término) o una audición de grabaciones sin más.
Ausencia de lo humano. Por contra, la potencialidad de Suena queda muy clara cuando los artistas han buscado algún tipo de contextualización. Por ejemplo, Falling Objects: One, de Pe Lang: una instalación no demasiado complicada consistente en doce dispositivos colgados del techo de los cuales «gotean» pequeños perdigones de metal (en total, más de 100.000) que caen sobre las antiguas taquillas de los trabajadores dispuestas sobre el suelo de lo que debió ser la cantina de la fábrica. Es un paseo por un lugar ahora vacío, en el cual, el golpear de las pequeñas bolas genera un extraño ambiente melancólico que acentúa la ausencia de lo humano con la presencia aleatoria, material y auditiva, de estos mínimos cuerpos metálicos.
Algo parecido puede decirse del trabajo de Will Schrimshaw, llamado Little Helpers. En una habitación llena de estanterías metálicas donde antiguamente parecían almacenarse envoltorios para diferentes tipos de tabaco, el inglés ha dispuesto pequeños motores y altavoces que, activados por el paso del visitante mediante sensores, golpean las estanterías de manera generalmente frenética. Es muy inquietante, como si el metal cobrara una vida fantasmal que uno desata al pasar pero que no puede controlar
Estas son las dos piezas que mejor contienen el concepto con que se ideó esta muestra. Hay otras que, sin llegar a este tipo de complicidad, funcionan porque serían interesantes en cualquier lugar. Por ejemplo, el recorrido rumoroso y textural de Marcello Liberato, que podría estar en cualquier lado, pero encaja bien aquí, o también el H.D.H., de Patxi Araujo, una proyección de olas de sonido muy interesante (aunque había ciertos desajustes entre los numerosos proyectores que la componen). Y también lo de Achim Wollscheid que, entre otras cosas, se ha encargado de recibir a los visitantes con una instalación interactiva tan simple (diodos que se encienden y apagan) como bella e ilustrativa.
Mejor que no funcione. El mantenimiento es un capítulo de la mayor importancia en este tipo de exposiciones y el día de mi visita hubo doble suerte. Casi todo funcionaba, y la pieza que no lo hacia, LSP, de Edwin van der Heide, quedaba accidentalmente mejor. Se trata de música con lásers proyectados sobre niebla de agua. Nada que no se haya visto en los buenos clubes de Berlín o Ámsterdam (por ejemplo). Bien, la niebla no funcionaba, pero no se había cortado el suministro de agua de manera que esta goteaba desde una altura considerable, generando sus propios sonidos aleatorios sobre el suelo encharcado. Los lásers perdían cuerpo, pero la instalación en sí ganaba en lo sonoro e incluso en lo ambiental, que de lo rave, pasaba a lo melancólico. El azar tiene estas cosas.
Hablando de mantenimiento: no es de recibo el vandalismo al que se veían sometidos muchos de los trabajos. La gente se lleva los motores de Schrimshaw, los perdigones de Pe Lang… Una vergüenza que, encima, no se entiende. ¿Qué gaitas van a hacer con un trozo de cable doblado? No hablamos aquí de educación artística, sino de liso y llano civismo.
En general, Tabakalera suena está muy bien, aunque podría haber estado mejor si algunos artistas se hubieran atenido a la intención que transmite el comisario en sus textos. El tremendo lugar también ayudaba. Lástima de quien no lo tomó en cuenta.


