Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 31 de agosto de 2009]
[Miguel Cereceda. ABC de las Artes, 25 de julio de 2009]
REALISMO MOLESTO
Lo bueno del realismo es que sigue siendo molesto. No importa el entorno político o social al que se aplique. Funciona siempre como un elemento corrosivo que nos enfrenta con una situación que por lo general nos resulta incómoda y desagradable de soportar. Por eso el realismo ha sido utilizado tradicionalmente como una especie de dispositivo de crítica social. Lo malo del realismo, sin embargo, es que sigue siendo molesto. Nos enfrenta con una situación que no nos gusta y, sin duda por eso, preferimos evitarlo.
Al salir de la exposición tropecé con una amiga y le pregunté si no la había visto. Le dije que documentaba los atentados con coche bomba durante las últimas invasiones de Beirut por tropas de Israel y los combates durante la Guerra Civil. Había también imágenes de algunos bombardeos y bellas estilizaciones de grupos de hombres muertos. Sólo me dijo: «¡Uf, me da mucha pereza!». Lo entendí. La verdad es que no es plato de gusto que te amarguen una apacible mañana de verano viendo estas cosas. Nos pasa con los reportajes de desastres, que evitamos cuidadosamente pasándonos a los programas de deportes o a los de cotilleos. Lo malo del realismo es que sigue siendo molesto.
Amargo efecto. Sin embargo, Walid Raad, el artista de origen libanés que vive en EE.UU., y principal representante de Atlas Group, no busca producir exposiciones documentales, ni reproducir ningún tipo de realidad histórica, sino más bien lo contrario. Aprovecha el efecto de «realidad» que sorprendentemente todavía sigue teniendo la fotografía para usarla en un sentido tan sólo aparentemente documental, construyendo ficciones artísticas que generan, a pesar de su deliberado carácter de ficción, un corrosivo y amargo efecto de realidad. Su propósito no es sólo el de construir otras historias, sino también el de mostrar cómo la propia Historia es una construcción artística o, aún más, cómo una ficción puede convertirse en realidad.
Para ello se sirve del carácter testimonial que a partir de los años cincuenta ha venido adquiriendo el arte contemporáneo. Los primeros en insistir en este carácter documental de la obra de arte fueron los conceptuales a finales de los sesenta. Pero, como también éstos mismos no dejaron de señalar, ya los pintores del expresionismo abstracto empezaron a considerar sus cuadros como un mero resto, testimonio o documento de la «acción de pintar». Cuando finalmente apareció el «arte de acción», el único modo que encontró de perpetuarse fueron también documentos, vídeos o fotografías, que, en muchos casos, terminaron convirtiéndose en «la obra».
¿Lo es o no? Walid Raad se sirve de fotos reales que constituyen documentos auténticos, por ejemplo, las imágenes aparecidas en prensa de los distintos atentados con coches bomba sufridos en Beirut entre 1975 y 1982. Anota junto a ellas el lugar y la fecha del atentado, así como el número de víctimas producido por la explosión. Lo enmarca todo cuidadosamente y lo presenta como un bello objeto de contemplación artística. En otras ocasiones utiliza fotos antiguas de grupos y las presenta impresas en pequeñito junto a bellas imágenes monocromáticas en azul impresas en gran formato para contarnos que se trata de fotos encontradas en un edificio destruido tras un bombardeo. A veces incluso produce objetos deliberadamente artísticos, como una enorme circunferencia sobre la que traza círculos negros en su interior, para decirnos que se trata de una maqueta de Beirut presentada al parlamento libanés en la que se señalan los distintos atentados padecidos en la ciudad. El tamaño y las dimensiones de los círculos negros se refiere al número de víctimas.
¿Es posible todavía un arte político? Sin duda, el conceptual trató de ser una protesta contra la fetichización mercantilista de las obras de arte, pero terminó generando una sorprendente fetichización mercantil de lo que en principio no eran más que meros testimonios, fotos o documentos de los conceptos con los que no era posible comerciar. Por desgracia, el conceptual generó tan sólo un arte tautológico y autorreferente incapaz de enfrentarse con el mundo. Frente a ello, Walid Raad, sirviéndose de una estética conceptual e incluso discretamente pop, transforma el objeto artístico en documento que levante testimonio de las aberraciones humanas que no se tienen que volver a repetir. Construye de este modo historias que tratan de enfrentarse directamente con el amargo curso de la Historia.


