La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 5 de enero de 2010
[Miguel Cereceda. ABC de las Artes, 10 de octubre de 2009]
OBRA MONUMENTAL
Thomas Hirschhorn es un artista suizo residente en París que ha alcanzado prestigio internacional a través de su cuestionamiento de las ideas tradicionales del monumento y el museo. Sus primeras intervenciones públicas en este sentido fueron altares callejeros, construidos con cartones, fotos y objetos reciclados, consagrados a santos culturales de su particular devoción. Erigió así, en 1998 en Zúrich, un altar dedicado a la poetisa Ingeborg Bachmann, semejante en su disposición a esas conmemoraciones populares y espontáneas que surgen en lugares de atentados terroristas o en los que alguien ha sido violentamente asesinado. Del mismo tipo fue la instalación que le dedicó al pintor alemán Otto Freundlich, aquel dentista que se convirtió en creador de vanguardia, utilizado por los nazis como paradigma del arte degenerado. Las instalaciones de Hirschhorn fueron desarrollando cada vez más la idea de monumentos alternativos.
Olvidarse de alguien. «Un monumento -decía Harold Pinter- es la mejor prueba de que nos hemos olvidado de alguien». Para tratar de evitar este carácter contradictorio del monumento, es por lo que Hirschhorn se decidió por los precarios, en los que, lejos de la idea de intemporalidad, se conmemora la obra de un filósofo, un poeta o un artista, rememorando verdaderamente su obra y su trabajo. Es decir, ocupándose de sus libros, de sus textos o sus cuadros. Empezó así a desarrollar la idea de monumentos en colaboración con la gente que, si conmemoraban, por ejemplo, a Spinoza, invitaban al público a hablar sobre su persona o a leer algo de su obra. En la Documenta de Kassel de 2002 construyó, con muebles y materiales encontrados por la calle, una biblioteca dedicada a G. Bataille, en la que, además de poder leer y consultar sus obras, había un local de comida barata, un estudio de televisión y talleres para artistas jóvenes. Para ella, Hirschhorn buscó un barrio obrero y de inmigrantes. Ese mismo año le dedicó un monumento semejante a G. Deleuze en Aviñón.
Tal vez su última gran obra de estas características haya sido el Museo Precario Albinet en Aubervilliers, una población en la banlieue de París, en la que el artista tiene su estudio y en donde decidió construir un museo, en colaboración con los vecinos, que fuese capaz de hacer una gran exposición sobre la Historia del Arte del siglo XX. Aquel proyecto parecía delirante, porque pretendía llevar a una barriada obrera obras originales.
Museo de barrio. Las grandes exposiciones viajan siempre a París, Tokio o Nueva York, pero nunca a Quito, Mombasa o Aubervilliers -se dijo-. «Nosotros hemos construido un museo en el barrio y ofrecemos garantías suficientes de seguridad para las obras de arte», proclamaron. Y de este modo consiguieron llevar hasta su barrio obras de Duchamp, Malevich, Léger, Mondrian, Dalí o Beuys. Lejos de aparecer como objetos de mera contemplación inerte, dieron lugar a debates, conferencias y discusiones sobre cada uno de ellos y sobre su pertinencia para la Historia del Arte. Todo ello en medio de una fuerte polémica suscitada por el hecho de que las obras habían sido cedidas por el Beaubourg desplazándose apenas veinte kilómetros de su lugar de exposición habitual.
Todavía este mismo año ha organizado en el Biljmer, el barrio de peor reputación de Ámsterdam, un nuevo festival de homenaje a Spinoza, para el que ha construido una biblioteca precaria en torno a una escultura monumental de once metros de altura, con la apariencia del libro de la Ética, en la que se celebraron igualmente seminarios, debates, lecturas y conferencias, conciertos y obras de teatro, sobre la obra del filósofo holandés condenado por ateo.
Para la Casa Encendida, Hirschhorn ha preparado una selección de algunas de sus obras anteriores, entre las que destaca una serie de escaparates que, debido a la amenaza de ruina del espacio escogido, no se pudieron presentar al público en la Universidad de la Sorbona, su emplazamiento original.


