Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Precios

Comprar

Información

Prensa

Una fábrica, una máquina, un cuerpo… arqueología y memoria de espacios industriales

La Panera. Lérida. Hasta el 30 de agosto de 2009
[Anna María Guasch. ABC de las Artes, 11 de julio de 2009]

A TODA MÁQUINA

La fascinación por el pasado, a veces nostálgica, se está convirtiendo cada vez más en leitmotiv de un creciente número de proyectos curatoriales en los que el guión argumental se convierte en prioritario, más incluso que las obras y los artistas seleccionados. Ello, de hecho, es lo que venimos exigiendo a los curators de macroeventos expositivos como documentas y bienales, y casi siempre el juicio acaba declarando «culpables» a sus responsables por falta de discurso, y por convertir la exposición en un cajón de sastre donde todo cabe.

En realidad, no sabemos si a un curator de un macroevento se le debe exigir un guión que ensamble y justifique las piezas de su enorme puzle. Todo lo contrario de lo que ocurre con los responsables de las llamadas «exposiciones temáticas» o «de tesis», a los que sí se les demanda como condición una casi perfecta coherencia entre el discurso y las obras exhibidas.

En este sentido, pensamos que esta exposición comisariada por Alberto Sánchez Balmisa en La Panera cubre con creces esta segunda expectativa, aunque en ocasiones podamos echar en falta algunas aportaciones esenciales al tema. En todo caso, no siempre están todos los que son, pero sí son todos los que están. Sólo hace falta leer el texto introductorio, que acota a partir de múltiples referencias teóricas, de los modelos de una sociedad industrial a la postindustrial, tardo-capitalista y global, con citas de Marx, Engels, Hard y Negri, pasando por un amplio abanico de autores incluyendo a Lukács, Benjamin, Gramsci, Bloch, Marcusse, Althusser, Jameson o Zizek.

Intercambios reflexivos. La teoría está servida. Ahí están los intercambios de papeles entre cultura y economía que obligan a una reflexión de los bagajes intelectuales de los especialistas de ambos campos, la necesidad de analizar la desaparición de lo industrial en las sociedades poscapitalistas, la puesta al día del método arqueológico de Foucault atravesado por las «capas sedimentarias» de Deleuze, o el encuentro con la categoría de la memoria, el «único imperativo capaz de liberar el futuro de la repetición».

Un legado teórico que obliga, a juicio del comisario, a cartografiar «el modo con que la práctica artística contemporánea se ha valido de la producción industrial como metáfora para explicar la condición del sujeto de los últimos diez años, en los que los regímenes de visibilidad de lo industrial han sido alterados a causa de las dinámicas tardo-capitalistas». Esta es la tesis esencial de la muestra y, para escenificarla, Sánchez Balmisa ha recurrido a once artistas internacionales que rastrean el impacto de la «máquina» en el imaginario contemporáneo en un doble recorrido: del objeto-máquina al contexto (el lugar de la máquina, es decir, la fábrica) y del objeto-máquina al sujeto (el individuo).

Pero más que un repertorio iconográfico de obras sobre la máquina, lo que habría convertido la exposición en pura «arqueología industrial» que reflejara la fascinación ante los restos tanto del pasado como del presente, lo que se nos plantea es la interacción, el intercambio de roles entre el individuo y la máquina, algo más cercano a la «antropología industrial», o lo que Kenneth Hudson denomina «arqueología de la sociedad de consumo», y que engloba las «pequeñas» historias del impacto de la máquina en los entornos domésticos. Ello se constata en la obra de Chen Chieh-Jen, Factory (2003), donde ex trabajadores de la clausurada fábrica textil Lien Fu de Hong Kong reviven emocionalmente la experiencia de la «deslocalización»; en la doble proyección de Harun Farocki Comparision Via a Third (2007), en la que se presenta cómo la producción de ladrillos varía en distintos modelos de sociedad; o en las «huelgas silenciosas» del vídeo de Alicia Framis Secret Strike: Inditex (2006).

Sabor nostálgico. La «nostalgia» por la máquina -a pesar de la ausencia no demasiado justificada del trabajo de los Becher- se aprecia en otro grupo de destacados trabajos de Thomas Ruff, con fotografías de la serie Maschinen, 2004; Jennifer Allora & Guillermo Calzadilla y su instalación escultórica Ruin (2006), a partir de planchas procedentes de fábricas metalúrgicas; Oliver Boberg y las visiones nocturnas de fábricas (Factory Site, 2006); o de Stéphane Couturier y Edward Burtynsky, con macrovisiones, al estilo Gursky, de interiores de grandes fabricas japonesas donde se aprecia el paso de la economía industrial a la global.

Quizá, sin embargo, la reflexión más certera sobre la dimensión ya no funcional, sino simbólica de las «fábricas transparentes» de nuestros días es la que se colige de los trabajos de Liam Gillick, donde la posible referencia icónico-visual cede su protagonismo a la textual (Fábricas parciales en la nieve, 2008), y, en especial, del de Octavi Comeron, en cuya instalación Blue-collar Suite No. 2 (2009), distintos elementos iconográficos, literarios, poéticos, e informáticos construyen, una red de referencias múltiples y nos proyectan hacia las fábricas del futuro, las operadas por los blue collars.