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ARTe SONoro: exposiciones, performances…

La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 13 de junio de 2010
[Laura Revuelta. ABC de las Artes, 2 de mayo de 2010]

RUIDO, MUCHO RUIDO

Quizá a esta exposición se la pueda tildar como de las raras de la temporada. Tal vez, porque para muchos de quienes la visiten no resultará asequible coger el hilo o el tranquillo de lo que estamos hablando, más bien oyendo. Incluso, puede que piensen que no se habla de nada y que sólo se oye ruido. Nada más alejado de la realidad y de la propia Historia. El arte sonoro no es cosa de hace un cuarto de hora, penúltima modernidad de algún moderno de turno. Ya lleva inventado desde hace unas cuantas décadas, pero no se ha expuesto o mostrado con demasiada frecuencia. La Casa Encendida de Madrid se lleva el privilegio de ser la primera institución madrileña que monta una exposición solo y exclusivamente dedicada al arte sonoro, cuyo comisario es José Manuel Costa, quien lleva bien a gala ser uno de los mayores especialistas en la evolución de la música por los vericuetos electrónicos durante los últimos tiempos. De esto sí que doy fe de ello.

Contradicciones. La Casa Encendida, a la que le gusta experimentar como la que más, ha abierto sus puertas a este arte que existe pero no existe; que es inmaterial pero quiere ser material; que es invisible pero que quiere que se le vea; que se oye pero que no se oye; que hace mucho ruido y quiere ser sublime. El arte sonoro eleva la contradicción a tal punto que se puede valorar en mayor medida cuando se manifiesta o explica con palabras que cuando uno (el espectador) se pone a escucharlo de verdad. Y ahora me explico. Decía bien José Manuel Costa en la presentación de esta muestra que el arte, desde que es tal, no habría dado saltos en la Historia sin la ayuda de los avances técnicos o tecnológicos generados por la propia sociedad. De los pigmentos naturales se pasa a la témpera, al óleo, al acrílico… que han marcado distintos estilos e investigaciones pictóricas. Esto por ponernos clásicos. Avancemos en el calendario y recordemos que el videoarte no existiría si la marca Sony no se hubiera inventado una pequeña cámara entonces para uso doméstico y hubiera llegado Nam June Paik para ponerse a grabar en plena calle de Nueva York, creo recordar que desde un taxi. Aquí tenemos el primer vídeo hecho por un artista y, por ende…

La penúltima herramienta. El ordenador es la penúltima herramienta que altera los dictados del arte o que se alía para que éste pueda manejar nuevas formas. Y el arte sonoro es la manifestación que más le necesita o, al menos, así se puede traslucir de lo que se presenta en esta exposición. Repito que éstas fueron explicaciones del propio comisario (lo de la pintura y lo de los ordenadores, lo del vídeo lo aporto yo para continuar con la teoría), en la presentación de la muestra, y que se suscriben fácilmente. Llegamos a la cita integrada por cuarenta artistas y que se desarrolla en distintos escenarios de la ciudad, no sólo en la sede de la Casa Encendida.

Pero primero recorremos estas salas y aguzamos los oídos. Ruido, mucho ruido. Y luces, muchas luces es lo que percibimos a primera vista o según pegamos la oreja. Otra cosa es distinguir cómo los guardias de seguridad de dos salas se gritan entre el ruido generado por las piezas de Ryoji Ikeda, Carsten Nicolai y Jason Khan sobre una especie de examen (¿tal vez de oposición?), y si tuvieron que sacar el arma o no. No deja de ser irónico y nadie se ha parado a pensar que esta espontánea intromisión dice mucho del interés que puedan suscitar las piezas.

Lo que quieren ser. Las luces ambiente son la traducción vía programa informático (es decir, ordenador) de lo que esos sonidos son o quieren ser de manera visible. Los ruidos o sonidos, según su intensidad, necesitan escenificarse a través de ejercicios de luz, como también ocurre en los trabajos de Andrés Ramírez Gaviria y de Ángela Bulloch. La Casa Encendida prosigue su escenificación sonora en la terraza con, entre otros, los sublimes trabajos de Llorenç Barber, que pretende recuperar las campanas del reloj histórico del edificio que lleva muchos años sin utilizarse, y Chris Watson, quien se dedica a grabar los sonidos en programas de Naturaleza como los de Richard Attenborough y que aquí presenta Sea Ice. Voices from a Frozen Ocean. La exposición se traslada al Jardín del Observatorio de la Colina de las Ciencias, muy cerca de El Retiro, y todo gana porque los ruidos ya no son ruidos, sino sonidos. El preludio venía marcado por esas campanadas de Barber o las ballenas de Watson.

Sensaciones no lesivas. Mérito tiene, y se agradece que se cuente con Concha Jérez y José Iges, dos veteranos del arte y sus tecnologías, aquí presentes con su Jardín de poetas. No hay que explicar demasiado la obra: al propio título nos remitimos. Steve Roden, Dan St. Clair y Dawn Scarfe les dan la réplica entre altavoces perdidos por las ramas de los árboles y con los sonidos tomados de aquí y de allá y procesados para que las sensaciones sean menos agresivas. El programa se completa con performances y el llamado ARTe SONoro off que se desarrolla en distintos espacios y zonas del barrio adyacente a la Casa Encendida. Pasen y escuchen, porque tal vez se queden con algún soniquete. Aquí hay unas cuantas maneras (no todas, no las cuarenta que se exhiben) de «destapar el silencio», parafraseando el título de una exposición comisariada por Elena Vozmediano y que se cita en el folleto de mano de este ARTe SONoro.