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Con la probabilidad de ser visto. Dorothee y Konrad Fisher. Archivos de una actitud

MACBA. Barcelona. Hasta el 12 de octubre de 2010
[Jaume Vidal Oliveras. El Cultural, 28 de mayo de 2010]

KONRAD FISHER ABRE LAS PUERTAS DE SU CASA

Esta exposición es un homenaje a Konrad Fischer, un marchante que -junto a su esposa Dorothee- inauguró en 1967 un pequeño espacio de promoción de arte contemporáneo en la ciudad de Düsseldorf. La sala se bautizó: “En casa de Konrad Fischer”, evitando intencionadamente la palabra galería o cualquier otra connotación vinculada al mercado del arte. Konrad Fischer falleció en 1996, pero la galería sigue hoy en activo y con una actividad destacada en sus sedes de Düsseldorf y Berlín.

La trascendencia de Konrad Fischer radica en haber edificado una plataforma para la difusión del arte mínimal y el conceptual. Grosso modo, su aportación se ha resumido en los siguientes puntos: en primer lugar, importó el nuevo arte, especialmente norteamericano, cuando éste era prácticamente desconocido en casi toda Europa. La introducción de artistas como Bruce Nauman, Carl André, Dan Flavin o Sol Hewitt abrió el diálogo con los Estados Unidos y amplió el mapa del arte contemporáneo europeo, hasta entonces monopolizado por los centros de París y Ámsterdam. Su apuesta fue, por tanto, la carta de la internacionalización.

Pasión por lo nuevo
Segundo: no sólo apoyó el arte norteamericano, sino que promocionó también la creación europea y local de experimentación. Fueran o no de su generación, digamos que en él había una predisposición hacia los artistas que representaban, por decirlo de alguna manera, “lo nuevo”: Giuseppe Penone, Richard Long, Gilbert & George, Jannis Kounellis, Tomas Schütte, Bernd y Hilla Becher, Juan Muñoz… Tercero: Fischer supo crear una tupida red de complicidades con otras galerías, comisarios -Harald Szeemann, entre otros- y museos, que respondieron con una gran receptividad hacia ese tipo de arte. Y cuarto: su apuesta por que los artistas desarrollaran obras específicas e intervenciones para la sala de Düsseldorf, como así lo hicieron creadores de la talla de Carl André, Daniel Buren, Gilbert & George, Wolfgang Laib o Alan Charlton.

La exposición del MACBA tiene el atractivo de presentar la personalidad de Konrad Fischer en una panorámica que contempla las diversas facetas del personaje resumidas en tres ámbitos. El primero de ellos se consagra al Fischer artista. Pintor, antes que galerista, fue un creador próximo al mundo de Polke y Richter, a los que conoció en la Kunstakademie de Düsseldorf y con los que puntualmente realizó alguna acción. Es éste un aspecto importante, pues su condición de ex-artista le aportó una sensibilidad particular por el arte y una concienciación acerca de las condiciones profesionales del autor. Otro de los ámbitos -el que se muestra en el Centro de Estudios y Documentación del MACBA-, además de presentar testimonios de su galería, subraya sus actividades como comisario, es decir, los proyectos que realizó paralelamente en instituciones u otros espacios. Con estas actividades, la noción de marchante se amplía e incorpora la creación de redes y la implicación de instituciones. Y, finalmente, el tercer ámbito, se dedica a exhibir una selección de la colección de Konrad y Dorothee Fischer. Una selección que es, básicamente, una historia visual de la galería: de los artistas que empezaron a trabajar en los 60 y que se proyectan en la década siguiente. Se exhiben piezas espectaculares, como el iglú de Mario Merz, el gran círculo de piedra de Richard Long o grandes obras de Sol LeWitt y Robert Ryman.

Mercado del arte
Ahora bien, hay que señalar que la imagen que se nos ofrece del galerista en la exposición repite la visión institucionalizada de la historia del arte, sin fisuras o contradicciones. Esto es, la figura romántica del marchante animado por su propia visión del arte, luchando con audacia y mucho entusiasmo -y sin apenas dinero- hasta conseguir una colección, sin duda extraordinaria, como la que se exhibe en el MACBA. Imagen que no parece del todo verosímil o que, al menos, no explica toda la verdad. En el fondo, la problemática que se planea sobre Fischer es la eterna cuestión del mercado del arte, la dimensión crematística del arte. Esto es, sus aspectos más embarazosos: pactos con el poder o la institución, grandes inversiones de dinero con la participación de agentes externos al mundo de arte, creación de una demanda y una oferta artificiales… Cuando son los mismos promotores los que explican su aportación, su labor, su manera de entender el arte… buscan ocultar el significado de su verdadera condición. Las memorias de los marchantes históricos, como las de Vollard o las entrevistas y textos de Kahnweiler, introducen una bruma tan densa sobre su trabajo de promoción que su verdadero papel queda prácticamente omitido. El sistema del arte busca siempre preservar su aura de pureza, aun a costa de disimular los mecanismos que intervienen en su promoción, difusión e institucionalización.