Espacio AV (Sala Verónicas). Murcia. Hasta el 9 de mayo de 2010
[Miguel Cereceda. ABC de las Artes, 10 de abril de 2010]
ACTUALIDAD DEL CANIBALISMO
Fue el poeta brasileño Oswaldo de Andrade el primero que reivindicó abiertamente la antropofagia como una sublevación americana contra la Historia contada desde Europa y como una afirmación de los valores culturales políticos y poéticos de las culturas aborígenes frente a la brutalidad y la ignorancia de aquella imposición despótica. «Contra las sublimaciones antagónicas traídas en las carabelas -escribía en 1928-, contra la verdad de los pueblos misioneros: Antropofagia. Absorción del enemigo sacro para transformarlo en tótem».
El Manifiesto Antropofágico de Andrade no sólo fue entonces el precursor de otros muchos -como el de Torres-García, proclamando airadamente «nuestro Norte está en el Sur»-, sino que también antecedió a muchas otras posibilidades artísticas del arte latinoamericano del siglo XX que decidieron romper abiertamente con el monopolio del relato etnocentrista de la Historia del Arte.
A propósito del canibalismo, el comisario del Proyecto de Arte Contemporáneo (PAC) de Murcia de este año, el mexicano Cuauhtémoc Medina, ha propuesto a un conjunto de artistas una especie de juego bajo el título genérico de Dominó caníbal, de modo tal que los participantes en este ciclo vayan, por así decirlo, «devorándose» unos a otros, reciclando el material expositivo dejado por el artista precedente.
Domingueros y bebés. Viene a coincidir esta propuesta, no se sabe si azarosamente o por una sobredeterminación «antropofágica» de la Consejería murciana de Cultura (que también financia indirectamente el proyecto), con la propuesta dominical de la revista digital SalonKritik titulada «Domingo caníbal», en la que se toma como lema para la crítica de arte la sentencia de Walter Benjamin según la cual: «La verdadera crítica se acerca a su objeto con la misma ternura con que un caníbal se guisaría a un recién nacido».
Cristina Lucas ha decidido participar en este ciclo reutilizando los restos de la exposición precedente de Jimmie Durham y, según sus propias palabras, «sacándolos del contexto artístico y devolviéndolos a la sociedad en forma de objetos útiles». La artista ha construido así unas barbacoas y un columpio a partir de unos bidones de gasolina y unos neumáticos utilizados para la exposición de Durham. Invitó a los periodistas asistentes a su performance de inauguración a una barbacoa e, invocando la autoridad intelectual de Hannibal Lechter, convirtió la rueda de prensa en un juego en el que parecía querer suscitar entre los presentes un debate en torno a la crítica de arte. ¿Se trataba de una influencia explícita del Domingo caníbal sobre el Dominó caníbal? La verdad es que no lo sé.
Pero lo cierto es que en aquella rueda de prensa intervino hasta el carnicero que había preparado las chuletas para la barbacoa -que luego resultó ser también «artista»- y que, a juzgar por lo que ve últimamente en el interior de la Sala Verónicas, piensa que tal vez enterrar unas patas de pollo y unos papeles en la jardinera de entrada del centro de exposiciones es también su particular obra de arte. Pero, a pesar de que Joseph Beuys llamaba -bajo la exigencia de que «todo hombre es un artista»- a que cualquiera asumiese su compromiso con el arte, esto no quería decir para él que ahora los carniceros, las enfermeras y las amas de casa tengan que ponerse a hacer creaciones artísticas, sino más bien que tenían que asumir los compromisos estéticos y artísticos de su propio trabajo.
Tanto monta, monta tanto. Sin embargo, ahora parece que el arte consiste en hacer tontadas y en dedicarse a hacer juegos multi-culti, en el que tanto monta la autoridad intelectual de Oswaldo de Andrade, como la de Hannibal Lechter, el personaje de El silencio de los corderos, o la de Georgie Dann, el autor de La barbacoa. Pero si el arte tiene alguna dignidad y alguna seriedad para nosotros (si invertimos cientos de millones en exposiciones, en galerías y en ferias, en museos y colecciones, en catálogos, en suplementos y en revistas) se debe a que el arte carga sobre sí con una serie de exigencias heredadas de la tradición. Es cierto que estas exigencias pueden resultar exageradas para el artista contemporáneo, que hacen de él una especie de nuevo héroe cultural.
Pero, tal vez también por eso, al artista contemporáneo ya no se le puede permitir cualquier cosa. Con razón la crítica en general recibió muy negativamente la exposición de Jimmie Durham, pues se pasó un mes de vacaciones en Murcia recogiendo objetos de la calle para exponerlos luego tirados por la sala. Ahora Cristina Lucas «desacraliza» esos ready-mades tan tontamente fetichizados y los convierte, sacándolos del arte, en «objetos útiles» (sic): barbacoas y columpios.


