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Francisco López

Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 29 de marzo de 2010
[José Manuel Costa. ABC de las Artes, 30 de enero de 2010]

UN SONIDO EN LA OSCURIDAD

La idea del arte sonoro es bastante simple: arte que suena. Pero, a pesar de tanta sencillez, el concepto sigue provocando cierta incomodidad en las filas de un arte tradicionalmente visual y mudo. Aún así, se impone lo suficiente como para penetrar templos como el Reina Sofía. A estas alturas, el género más o menos fundado por el fallecido Max Neuhaus allá por los años sesenta tiene múltiple variantes, que van desde la escultura sonora a la experiencia aural de sonidos de la naturaleza, pasando por radiofonías, paseos sonoros, intervenciones públicas, trabajos en jardines…

En todas sus formas y de manera casi inevitable, el arte sonoro toma en cuenta el espacio donde se presenta y, en el caso de un centro de arte o de un museo, de la arquitectura. Un buen ejemplo se presenta ahora en el MNCARS a cargo de Francisco López (Madrid, 1964). Su trabajo es puramente auditivo, de manera que no cabe presentarlo como escultura. En vez de ello, y ya como gesto artístico, buscó en los recovecos del antiguo hospital (de su ampliación por Jean Nouvelle, en realidad), hasta dar con un pasadizo, de unos 6 o 7 metros de largo y menos de 2 metros de alto, forrado de chapa. Un espacio perfecto tanto desde un punto de vista táctil como por sus características sonoras. Sólo había que disponer un par de bancos adosados y oscurecer por completo el lugar, a excepción de dos ultravioletas que permiten ver las tiras blancas que limitan las bancadas, por aquello de los accidentes.

En el ambiente generado se ha instalado un sistema de sonido que emite un bucle sonoro de unos 13 minutos, un tiempo bien medido para una experiencia en la cual los sentidos deben recalibrarse un poco. El sonido llega a hacer vibrar las planchas de metal, que se sienten bajo los pies o en la espalda. Y siempre dentro de un umbral de volumen y frecuencias perfectamente soportables, algo que, a pesar de lo extremo de su música, siempre ha preocupado a López.

Sentido político. Sin Título #223 no es sólo un ejercicio formal. De entrada, la renuncia a trabajar con un teclado, notación tradicional, armonías, disonancias o conceptos relacionados, y hacerlo con sonidos grabados en diferentes entornos, ya tiene significado político-cultural. Si esos sonidos originales son luego tratados hasta dejarlos irreconocibles, se está caminando hacia un tipo de escucha absoluta, una de las bases de la obra de Francisco López.

La paradoja aparente consiste en que estaríamos ante una negación de lo visual, que de siempre ha sido el reino de los museos. Pero, de un lado, la casi impenetrable oscuridad es ya una experiencia visual intensa, y, de otro, se está reproduciendo ese valor del sonido arquitectónico que lamentablemente se ha perdido casi por completo para ser suplantado por los mil ruidos desubicados que han caracterizado la sociedad industrial.

Asimismo, este buscar en las entrañas del museo, como también hizo Isidoro Valcárcel Medina, es un gesto necesario. Parafraseando a Duchamp, todo lo que es un museo es museo. No solo las salas de exposiciones. Desde el principio, el Reina Sofía ha instalado obras en la galería del claustro y, en muestras como la de Juan Muñoz, se usaron espacios poco habituales. Pero ya resulta evidente que las nuevas prácticas, y no sólo el arte sonoro, necesitan otra relación con el espacio. Es lo que, con intención absoluta, ha hecho Francisco López.