CAC. Málaga. Hasta el 9 de mayo de 2010
[Iván de las Torre Amerighi. ABC de las Artes, 14 de marzo de 2010]
EMPACHO DE POP
El devenir artístico del siglo XX puede quedar resumido en una constante ruptura. Se pugnó por romper las fronteras que separaban las distintas disciplinas, los más variados lenguajes y materiales; se luchó por enterrar la idea del creador como agente ajeno a las vicisitudes sociales, mientras, por otro lado, se negaba la premisa de que el arte debía contar con una finalidad objetiva, afirmando que sus intereses podían ser múltiples e, incluso, ninguno en concreto.
En tránsito. A ese tránsito -que partió desde la idea romántica (artista como genio intuitivo) y neoclasicista (artista como técnico-científico) de la razón creativa, y que ha alcanzado un momento álgido (y tal vez definitivo) cuando cada cual ha podido ser considerado creador y cada objeto ha pasado a ser susceptible de aparecer como expresión artística- contribuyó con intervenciones performativas la pareja creativa que conforman Gilbert & George. Cuando en 1969 acabaron de pergeñar la emblemática pieza Bajo los arcos (Escultura cantarina), debieron de ser conscientes de las barreras que caían en el ámbito de la escultura (ellos siempre se han considerado escultores) y de la consideración del autor como parte intrínseca (física, incluso) de la producción.
Desde el principio, ambos artistas se sumaron a las corrientes tardo-conceptuales que defendían la posibilidad que ostentaba cualquier artista de expresarse creativamente en cualquier campo. Con rapidez, asimilaron una cierta conciencia contestataria y se rindieron a la estética pop -como única e incuestionable- para alcanzar sus propósitos. ¿Pero cuáles fueron éstos? Frente al pop norteamericano y sus herederos, quienes pudieron militar desde Europa en esos predios siempre ostentaron una mayor conciencia social. ¿Fue eso verdad? Sin duda, la interesante muestra malacitana de su última serie nos reafirma en esa certeza, aunque con reservas.
Narradores omniscientes. En todas sus obras, los creadores son los protagonistas absolutos, si bien adoptan el papel de observadores omniscientes que asisten -a veces corpóreamente fragmentados y desnaturalizados; en ocasiones hieráticos; en otras, melodramáticos e histriónicos- al compromiso de denuncia que se despliega en las imágenes. A la exclusión social, la sexualidad, la política y la violencia, temas recurrentes desde los setenta, ahora se añaden la reflexión sobre la identidad nacional y la anacrónica influencia de la religión en la sociedad actual, ambas cuestiones, íntimamente unidas, como sabemos, en el ámbito británico. El uso catalizador que hacen de los rituales y las simbologías en ambos casos no es baladí.
La sociedad inglesa, y en general las comunidades que son o fueron imperios, han sido construidas en razón a unas máscaras que apelan al honor patrio, el orgullo del esfuerzo colectivo, las señas distintivas de ser una raza diferente y superior y la justa recompensa al fiel súbdito. Algo similar podríamos decir de la religión como herramienta al servicio del Estado. Hoy sabemos que nadie hace absolutamente nada por nadie, que el heroísmo se puede mensurar y que la Historia del mundo da sobradas muestras de que tras iconos, convicciones y banderas (es ahí donde entra en juego un símbolo de tal magnitud como la Union Jack) sólo se refugia la codicia particular.
Sin afán moralista, Gilbert & George nunca pierden el componente irónico, socarrón, teñido en ocasiones de cierta melancolía… Las obras están estrictamente estructuradas cual vidrieras catedralicias; son directas; usan de una imaginería reconocible, un enfoque efectista y publicitario, una toma de postura ingeniosa, para terminar fabricando (que es el término más adecuado) un producto de gran atractivo para las masas y, por ende, para el mercado. Siendo una gran oportunidad para descubrir a estos artistas históricos, la propuesta presenta varios problemas: en un primer instante, los referentes giran demasiado claramente en torno a una problemática eminentemente local, sin lograr traspasar al campo de los grandes temas universales.
Muerte por saturación. Por otro lado, el resultado visual es tan epatante, agresivo e invasor que crea una barrera difícil de cruzar a la hora de ponderar sus intenciones últimas. Es natural, por lo tanto, que muchos espectadores permanezcan en la superficie más llamativa y frívola. A revertir esta situación, desde luego, no ayuda el montaje expositivo, el cual -tal vez por la imposición o la necesidad de mostrar toda la serie completa de obras, más de 150-, llega a saturar al visitante, que no es capaz de deglutir la bondad de lo mostrado. Tal vez pueda ser cierto que algún tipo de expresiones pop deben ser consumidas con cautela y en pequeñas dosis para ser convenientemente apreciadas.


