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Guía secreta de La Rambla

Centro de la Imagen La Virreina. Barcelona. Hasta el 24 de mayo de 2010
[Anna María Guasch. ABC de las Artes, 23 de abril de 2010]

BARCELONA, A PIE DE CALLE

Para la reapertura de La Virreina, Carles Guerra ha trabajado una muy eficaz remodelación de sus espacios expositivos (unos 770 metros cuadrados), estructurados ahora en cuatro: dos amplias salas y dos pequeños ámbitos a modo de archivos o gabinetes -uno de ellos dedicado a Xavier Miserachs-, lo que da cabida a guiones expositivos versátiles y pluridisciplinares.

Sin moverse del sitio. El primer debate que allí se presenta cartografía lo geográfico, pero también lo discursivo, memorístico, histórico y político de La Rambla, es decir, del lugar en el que se sitúa La Virreina, edificio de raigambre colonial que, con el tiempo, pasó a ser uno de los principales motores generadores de la cultura de la ciudad. Un debate que se articula en tres exposiciones entendidas bajo dos puntos de vista. El primero de ellos es el fotográfico, dado que, como sostiene Guerra, «el flujo constante de paseantes es consustancial al género fotográfico. Tanto es así que la Historia del medio se podría explicar sin salir de Las Ramblas». Un relato que se concreta en blanco y negro en Barcelona con negativos del Archivo Xavier Miserachs e Instantáneas en la calle. El otro punto de vista es el pictórico, el audiovisual y documental, que adquiere cuerpo en la muestra comisariada por Pedro G. Romero, Ocaña 1973-1983: acciones, actuaciones, activismo, sentido homenaje a un artista que creaba mientras paseaba por La Rambla.

José María Carandell, prototipo del intelectual entre progre y gauche divine barcelonés de los setenta, publicó en 1974 su Guía Secreta de Barcelona, o lo que es lo mismo, una propuesta de 400 paseos por las calles más recónditas de la ciudad. Esa guía ha servido de punto de partida para que Guerra despliegue su pasión de cronista y flaneur, servida por una más que probada cualidad de investigador. Ello hace que Instantáneas en la calle responda a un riguroso proceso de documentación y conceptualización (por otro lado, no demasiado frecuente en los discursos curatoriales), que valora el planteamiento teórico de las imágenes como soporte comunicativo más que el áurico de la obra de arte. Aquí lo importante no son los originales fotográficos, que no siempre están presentes, sino, siguiendo a T. J. Mitchell, lo significativo es la dimensión social de lo visual, dando a entender que la visión es un modo de expresión cultural y de comunicación tan fundamental como el lenguaje.

El valor del gesto. El hecho de que en la muestra lo social desplace a lo estético explica la inclusión de reproducciones a escala real de obras de Picabia junto a paneles a modo del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg y a negativos fotográficos o collages que, aparte del valor documental, buscan explicitar la dimensión gestual de escenas, contextos y sujetos. Sirva como ejemplo el espacio dedicado a recrear tanto desde lo visual como desde lo literario el que fuera uno de los prostíbulos y cabarets más celebrados de la Barcelona de los años 30, La Criolla. Fotografías de Dora Maar, Centelles y Gabriel Casas se exponen junto a dibujos de gitanas y prostitutas de los cuadernos secretos de Le Corbusier, arquitecto que en su Plan Macià apostaba por la erradicación del Barrio Chino, en tanto que, en el mismo espacio, lo literario se visualiza a través del Jean Genet escritor chapero, ladrón, mendigo, falsificador impúdico y obsceno, que hizo del Barrio Chino un «territorio moral», que en su autobiografía Diario de un ladrón (1946) convirtió lo abyecto en virtud suprema.

Otros núcleos de debate. La muestra obvia lo nostálgico y complaciente y encuentra otros núcleos de debate tanto de densidad argumentativa como icónica, como el que confronta las diapositivas de Frank Berger a escala real, tomando como leit motiv una de las esculturas humanas de La Rambla, y los dibujos de Jaime Pitarch y los retratos de uno de sus caricaturistas, las fotos inéditas de prostitutas de Pep Cunties y la visión «micropolítica» de las series fotográficas de Manel Armengol.

La Rambla como espacio público que crea comunidad se visualiza mejor, a tenor de Guerra, en el formato de serie y archivo que en el de obra única. Su narratividad se expone también en vídeo, conjugando la documentación y lo televisivo con lo etnográfico, como en el caso de Peter Downsbrough con el que se cierra la exposición. Al salir de la misma y encontrarnos de nuevo con la realidad de La Rambla, recordamos las palabras que Juan Goytisolo ha escrito en su Genet en el Raval: «Querer reglamentar el desorden social está condenado siempre al fracaso»; querer visualizarlo, diríamos nosotros, puede alcanzar, y en esta ocasión alcanza, los objetivos pretendidos.