Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Henri Rousseau

Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 12 de septiembre de 2010
[José Marín-Medina. El Cultural, 28 de mayo de 2010]

EL ARTE GERMINAL DE ROUSSEAU: UNA REVISIÓN

Henri Rousseau se reafirma en esta exposición del Guggenheim como un pintor influyente, seductor para los “conocedores” e irresistible para el público

Por vez primera se dedica en España una exposición monográfica a Henri Rousseau (1844-1910), llamado El Aduanero, pintor francés de extraordinaria singularidad biográfica y estética, cuya obra se considera una de las aportaciones sobre las que se inserta la definición del arte moderno. En efecto, las revisiones críticas actuales señalan como orillas principales de las corrientes de la modernidad a dos tendencias de diverso signo: la centrada en la investigación racional de la forma -con el cubismo y el constructivismo en punta de lanza-, y la dedicada a la exploración de lo irracional y lo fantástico -desde el primitivismo y el dadaísmo, hasta desembocar en el surrealismo y el “arte bruto”-. Entre los adelantados de la fantasía, Rousseau inició una extraña carrera tras lo ingenuo y lo no mixtificado, conservando en sus cuadros el sabor penetrante del arte popular y la poética de la infancia.

Siguiendo esa línea analítica se desarrolla esta exposición, organizada por el Museo Guggenheim Bilbao y la Fundación Beyeler de Basilea para celebrar el centenario de la muerte del pintor. Es una muestra concisa -con un fondo de 27 pinturas- y bien seleccionada, cuyos comisarios Philippe Büttner y Susan Davidson -conservadores respectivos de la Fundación Beyeler y del Guggenheim de Nueva York- ofrecen una panorámica suficiente, un estudio en profundidad y una revisión vivaz del conjunto de la producción rousseauniana. La exposición reafirma al Aduanero como un maestro influyente para los artistas, un pintor seductor para los “conocedores”, y un artista irresistible para el espectador popular.

El conjunto expositivo se ordena en tres galerías que documentan el desarrollo de los géneros preferidos de Rousseau. Las salas primera y segunda se centran en el paisaje de París y de sus alrededores, y se completan con los cuadros “de fantasía” del ciclo de “las selvas”; a ellos se suma una breve representación de escenas costumbristas. La sala tercera aborda el género del retrato. Cronológicamente, la exposición recoge obras de la producción que El Aduanero realizó a partir de sus cuarenta años y hasta la fecha de su muerte, desentendiéndose de los cuadros pintados en las décadas anteriores. Ello obedece al hecho de que Rousseau, durante la primera parte de su vida fue un espontáneo pintor dominguero, hasta que en 1885 abandonó su cargo de empleado de aduanas y se consagró a la práctica de la pintura y a exponer de manera regular en el Salón de los Independientes. A este respecto, la muestra del Guggenheim exhibe un cuadro decisivo: Una noche de carnaval (de 1886), la primera obra que el artista colgó en los Independientes y que fija la fecha de su estreno como pintor profesional. Este cuadro demuestra la rapidez con la que Rousseau transformó su habilidad innata en una técnica elaborada. El artista muestra ya los caracteres meticulosos y detallistas de su dibujo, su dominio del colorido para obtener un precioso juego de resplandores de “luz lunar” y una manera moderna de organizar la composición frontal del conjunto, imponiendo los valores del espacio pictórico plano sobre los efectos visuales de profundidad.

Las calidades de artista intuitivo, dotado de genio, de El Aduanero se reafirman en sus series de paisajes y escenas de París. Sobresalen aquí: la nitidez dibujística y cromática y la valoración del espacio plano en obras de sus últimos años, como la Vista de la Isla de San Luis; el influjo que ejerció la fotografía sobre las composiciones y encuadres del pintor en su planteamiento de grupos de figuras, tan ingenuas y particulares como la de Los artilleros y La boda; y asimismo el interés creciente que sintió por incluir en sus obras elementos tecnológicos, como ocurre en su Vista de Malakoff, cuyo espacio aparece casi cuadriculado por los postes y cables del tendido eléctrico. Pero la parte culminante de la muestra se encuentra en su ciclo de las “selvas”, espacios abarrotados de espesura botánica, de animales enigmáticos, de terror misterioso y de flores de belleza desbordante. Aquí tenemos obras maestras: El león hambriento se lanza sobre el antílope, o La comida del león, o Selva tropical con monos, cuya geografía imaginaria conecta con el espíritu romántico, y cuyo exotismo apela a los mundos de ensueño asociados con las islas de Oceanía. Aquí El Aduanero nada tiene que ver con la pintura naif y se asegura como un artista sabio, un genio extravagante y un pintor parisién, que observa y dibuja cada hoja vegetal y cada mirada de animales recelosos con la pasión de un naturalista y con la magia de un soñador, que se inspira en sus visitas al Jardín Botánico y al Zoo de París.

Esa experiencia inmediata de la vida da sentido de “actualidad” al ciclo de retratos de amigos que cierran la exposición, con logros memorables, como el Retrato del Señor X (Pierre Loti), con su mirada directa y su plasticidad rotunda, acompañado de su gato y manteniendo sobre su pecho su mano -una mano “románica”- de fumador empedernido; o como el retrato del grupo que monta -ya para siempre- en El carricoche del tío Junier, un domingo luminoso y melancólico, en el Bois de Boulogne. O sea, el arte de la vida adaptado a los ideales de la modernidad y al sentir del hombre de la calle.