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Holandeses en el Prado

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 11 de abril de 2010
[Fernando Checa. El Cultural, 11 de diciembre de 2009]

EL PRADO HABLA FLAMENCO

Uno de los orgullos de la colección de pinturas del Museo del Prado es la importancia excepcional que en ella adquiere la escuela flamenca desde sus inicios en el siglo XV hasta el siglo XVII. Que las Diecisiete Provincias de los Países Bajos pertenecieran a la Monarquía Hispánica durante parte de este tiempo, hasta la separación de una porción significativa de ellas correspondiente a la actual Holanda, es el fundamento político del gusto por el arte flamenco de los reyes Carlos V, Felipe II y Felipe IV y de algunos de los gobernadores de Flandes como Margarita de Austria y María de Hungría, tía y hermana del primero, o de Isabel Clara Eugenia, hija del segundo.

Casi mil piezas componen esta colección, con obras maestras de Van der Weyden, Robert Campin, Bouts, Memling, Patinir, el Bosco, Antonio Moro, y, sobre todo, Rubens, Van Dyck o Jordaens. Frente a ello, el catálogo que ahora se publica, Pintura holandesa en el Museo del Prado, que firma la conservadora de esta institución Teresa Posada Kubissa, nos presenta tan sólo 100 obras, que tampoco, salvo alguna excepción, son de excelsa calidad. Estamos ante una de las características más destacadas de las colecciones del Prado: un museo basado en unas colecciones, las reales españolas, que responden no sólo a avatares políticos como los señalados al comienzo, sino al gusto particular de los reyes comitentes, de manera que Felipe II se apasionaba por El Bosco o Patinir y los flamencos del siglo XV y Felipe IV por Rubens, el pintor del que poseyó un número mayor de obras junto con Velázquez, Van Dyck o Jordaens. Entre los parámetros del gusto de este monarca no entraban ni Rembrandt, ni Vermeer, ni Frans Hals, ni ninguno de los maestros de la Holanda del Barroco. De estos desequilibrios que, por otra parte, hacen tan atractiva la colección del Prado, da buena cuenta el catálogo mencionado y la exposición que lo acompaña, que se articulan y ordenan, de manera sensata, teniendo en cuenta las procedencias de los 100 cuadros mencionados.

Como conjunto de pinturas, el más coherente, es el que da inicio a la muestra, con los paisajes clasicistas, obra de autores como Jan Both, Herman van Swanevelty Jan Aasselijn, pintados hacia finales de los años treinta y cuarenta del siglo XVII con destino a la decoración del palacio madrileño del Buen Retiro. La serie fue encargada en Roma y en las negociaciones tuvo parte muy importante el embajador en esta ciudad desde 1632, don Manuel de Moura, Marqués de Castel Rodrigo. Estos espléndidos paisajes, con sus magníficas y a veces dramáticas iluminaciones forman, con los paralelos de la serie realizados también en Roma por Poussin, Lorena y otros pintores franceses (también en el Prado), uno de los conjuntos más coherentes en lo que a la reflexión anticuaria y religiosa en torno al paisaje de todo el barroco europeo. La exposición tiene el mérito de destacar la aportación de estos artistas holandeses a la serie, a menudo olvidada por la presencia de los mencionados franceses.

Sin embargo, lo más destacado de este conjunto son algunas obras individuales que, prácticamente desde siempre, se han expuesto en las paredes del museo. La Artemisa de Rembrandt, ahora interpretada iconográficamente en el catálogo como Judit en el banquete de Holofernes, es una obra maestra de la juventud de su autor, que ha adquirido su actual valoración debido a la reciente restauración que reveló un cuadro en excelente estado de conservación. Aunque procede de la colección real, de la de Carlos III, su adquisición por este último lo fue de la del Marqués de la Ensenada. Se trata de una prueba muy significativa, ya que es la única obra de Rembrandt de la que conocemos que forma parte de colecciones históricas españolas, del poco interés que la pintura holandesa despertó en nuestro país.

Junto a este excepcional Rembrandt habría que desatacar el Judit presentando la cabeza de Holofernes de Salomón de Bray y el magnífico La incredulidad de Santo Tomás del caravaggista Matias Stom, sin duda, junta con el Rembrandt, los puntos más fuertes de la exposición.

Los cuadros holandeses adquiridos por el Prado, o que entraron en sus colecciones con posterioridad a su fundación, no son tampoco muy abundantes. Pero gracias a legados como el de Fernández Durán el museo posee bodegones de Willem Claesz Heda, que en el siglo XVIII habían sido propiedad de miembros de la familia real, que documentan el fundamental género del bodegón flamenco. Entre los buenos retratos de la muestra me gustaría destacar el de Petronella Waert del exquisito Gerard Ter Borch, que se incorporó al museo en 1982.

Este pequeño conjunto de obras llama la atención acerca de una de las partes menos conocidas del Prado la cual, tras la publicación de su catálogo, ha de ser tenida en cuenta para entender la complejidad de la colección en su conjunto.