Muico. Madrid. Hasta el 23 de mayo de 2010
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 9 de mayo de 2010]
CARTAS SIN MARCAR
Esta exposición sobre el arte español de los años ochenta y noventa, con alguna obra anterior como para abrir pistas, plantea varias aportaciones insólitas, nuevas y apasionantes en el escenario de lo habitual y tópico cuando de revisar períodos o épocas históricas se trata. Su comisario, Óscar Alonso Molina, sagaz y buen conocedor de los artistas y las obras que figuran en la misma, desaparece simbólicamente como curator, con el fin de no molestar lo que las obras puedan decir de sí mismas y en relación a las otras que les acompañan, cuyos vínculos, más que dados de antemano o impuestos con gestos de violencia erudita, crítica o historiográfica, dejan el relato o sus posibles narraciones a la intuición del espectador o a la conversación imaginaria que las obras mantienen al verse mirándose entre ellas.
Un procedimiento semejante supone no tanto una renuncia, que lo es, al negar la condición de la existencia de un orden impuesto o taxonómico a obras que nacieron desde dicciones poéticas individuales y autobiográficas, vinculadas entre sí por sutiles hilos casi inasibles, revelados por el hecho de su disposición desplazada, descolocada, intencionalmente descontextualizada.
No hay historia, ni cronología, ni afinidades consolidadas o de grupo; sólo el leve y azaroso hecho de manejar las cartas de una baraja de forma casual, dejando que cada carta-obra reclame afectuosamente o mediante extraviadas señales e indicios a otras. Se impone así un orden que es negación de cualquier discurso establecido, obligando a mirar de manera nueva el arte de una época especialmente brillante en España. Y si la intriga hace presa del espectador, un efecto de sorpresa se intuye que surge entre las mismas obras: al estar juntas de una forma distinta a la habitual o a la esperable, se observan amistosamente o con desconfianza. Se saben sustraídas no sólo de la Historia, sino de la misma colección a la que pertenecen y en la que estaban llamadas a consolidar una determinada Historia del Arte en una época precisa.
Hacer algo propio. Y es aquí dónde aparece el fondo y sentido último de la propuesta: el comisario ha suplantado al coleccionista institucional y se ha convertido en coleccionista privado, y como tal se comporta, sabiendo que en el gesto convulso o parsimonioso de cambiar de lugar, de deslocalizar, roba poéticamente el sentido de la colección para hacerlo suyo y parcialmente oculto, como ya afirmaran Benjamin o Baudrillard que era condición ineludible del valor simbólico de los objetos.
Cualquier orden de una colección es siempre provisional, ajeno a su sentido originario, y en espera de otros nuevos, de renovados lazos simbólicos e imaginarios. Todo lo cual no remite sino a una fuga permanente de la Historia con el fin de desplazar la experiencia del arte al ámbito de lo maravilloso, de lo aparentemente imposible por ahistórico; y, sin embargo, esa es la razón última de esta exposición, que se presenta como la propia de un coleccionista que oculta sus intenciones y deja que las obras se iluminen y contrasten, dispuestas a narrar un nuevo relato que no se puede describir, tal vez solamente entre las rimas de sonidos al comienzo y al final de cada verso, a la manera de R. Roussel en Locus Solus, es decir, entre las rimas que cada obra propone, como en las palabras solas de Mallarmé, habitando en colecciones siempre cambiantes, palimpsestos de significados estratificados y alterados con el gesto de cada coleccionista-curator.
Gestos que no quieren ser mapas ni cartografías, cronologías ni historias, ni relatos previsibles, sino un universo de señales extraviadas, extrañadas, cargadas de poesía construida a base de colores, formas, pesos, líneas y espacios. Y todo esto, entre obras de artistas tan rotundos como Villalba, el rutilante Ferran García Sevilla y la vida habitada en colores de Navarro Baldeweg, tan leve como algunas de sus esculturas, quietas y en tensión por liberarse de esa condición; entre los laberintos líquidos y ácidos, musicales y negros, de Gordillo o Alcolea, pasando por la soledad ensimismada de Oteiza, Schlosser o Juan Muñoz, representado también por una pintura en la que en una habitación dispone un cómodo sillón para contemplar el arte, a la manera de Matisse.
Tomar distancias. Broto, Arroyo, Eva Lootz y Barceló confluyen inesperadamente, casi irónicamente, como tomando distancias amistosas. Sosegados momentos, más intrigantes, proporcionan las obras de Esteban Vicente, tan próximo y tan lejano de un mitológico Carlos Franco, cruzados por Plensa o Bados, como en extremos de rigor y peso, de solvencia poética, de ruidos silenciosos y misteriosos, sólo desconcertados por la sempiterna banalidad de un Miquel Navarro difícil de ubicar en colección alguna. Pero se trata de contrastar, de iluminar y, también, en el azaroso manejo de cartas, de colocar el lado oscuro que cada colección debe tener en su carácter efímero y convulso. Ahora que el arte español no puede verse en los museos de referencia, esta es una oportunidad única para sentirlo de una manera diferente, en ausencia de discursos de orden, de historia y de otras violencias críticas.


