Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 22 de abril de 2010
[Delfín Rodríguez. ABC de las Artes, 16 de enero de 2010]
EL TORTUOSO NACIMIENTO DE LO MODERNOS
Ya en 1896, Zola, que había participado intensamente con novelas y críticas de arte en el proceso de construcción del nuevo arte moderno, del Realismo al Impresionismo, con una militancia no exenta de contradicciones y vaivenes, realizó en Le Figaro un peculiar y expresivo diagnóstico del arte de su tiempo en un artículo titulado “Peinture”, en el que señalaba que «durante todo este tiempo -refiriéndose a sus últimos treinta años- mientras la pintura clara triunfaba y el academicismo se hundía, Puvis de Chavannes ha crecido en su esfuerzo solitario de artista puro», lo que le irritaba por entender que era una traición al Realismo e incluso al Impresionismo y el Postimpresionismo, que no es difícil identificar con lo que denominaba «triunfo de la pintura clara», aunque también al cabo del tiempo de esa hegemonía dudaba: «¡Oh!, los horizontes en los que los árboles son azules, las aguas rojas y los cielos verdes! Es espantoso, espantoso, espantoso». Y concluye: «Creo que el culpable es el grandísimo y purísimo artista Puvis de Chavannes. Su séquito es desastroso, todavía más desastroso que el de Manet, Monet y Pissarro». No menciona a Cézanne, pero le dedicó una novela muy conocida.
Zola, de manera brillante y crítica, parecía arrepentido, desconcertado, con el nuevo arte moderno que, sin embargo, el había apoyado a su manera -mientras consideraba que podía estar próximo a sus ideas sobre la literatura- desde finales de los años sesenta. Lo fascinante es que ese retrato, crítico y duro, identificaba a algunos de los más grandes pintores franceses creadores de diferentes maneras de la formulación de lo moderno en una misma época, de Manet a Puvis, de Pisarro a Monet o Cézanne: todos desastrosos, es decir, nuevos y modernos, a su pesar insólito en esos años. Me interesa destacar las afirmaciones de Zola en ese artículo porque plantean dos cuestiones muy reveladoras en el contexto historiográfico que ha acompañado hasta tiempos recientes el argumento de la extraordinaria exposición que la Fundación Mapfre y el Museo de Orsay presentan ahora en Madrid.
Más de una lectura. En primer lugar, frente al tópico narrativo y heroico que articula la Historia de lo moderno como un caminar seguro e inevitable hacia lo nuevo, del Realismo al Impresionismo y sus secuelas en las vanguardias; negando y desembarazándose de la Historia, la memoria, lo académico, los resabios institucionales y el gusto anacrónico del poder, Zola, que ha participado en esa aventura, se distancia de la misma, despreciándola. Pero, además, y es la segunda cuestión a la que me refería, identifica otra posible narración heroica vinculada al simbolismo de Puvis de Chavannes, supuestamente en las antípodas de la anterior novela de lo moderno.
Estando en contra de ambas, su testimonio es precioso para comprender que la Historia del Arte es híbrida y sucia, mezclada y contradictoria, no lineal, y que, en todos los casos mencionados, parece hacer su aparición aquel memorable ángel de la Historia que describiera Benjamin volando imperiosamente hacia el futuro inevitable, pero con el rostro mirando hacia atrás, como quien observa lo que se deja.
Con retraso. Que esto fue así, hace años que la historiografía sobre la arquitectura y el arte han ido desvelando con brillantez, aunque hacerlo en el ámbito de la pintura ha costado más, tan extraordinariamente eficaces eran los cuentos anteriores llenos de buenos y malos, de héroes y antihéroes. Es más, muchos de los considerados así (Regnault a Fantin-Latour, Puvis, Moreau, Meissonier, Cabanel, Caillebotte, Bouguereau…), inquietaban tanto como el Zola de 1896; muchos de ellos, no sólo admirados por los más modernos, incluso por los impresionistas y Cézanne, sino, que, como esta magnífica exposición demuestra, las relaciones entre ellos eran tan intensas como distantes y muchos retratos colectivos de artistas y poetas lo confirman, del Taller en Batignolles (1870), de Fantin-Latour, con Manet como protagonista, al de Bazille (El taller de Bazille, 1870). Precisamente Manet apoyó el impresionismo sin ser impresionista, habituado como estaba a descuartizar la Historia de la pintura en fragmentos, especialmente la española del Siglo de Oro.
Tan distintos. Se pintaban entre ellos: Bazille a Renoir; Renoir a Bazille y a Monet; Manet a Zola y Mallarmé, tan distintos. Tanto que pudiera parafrasearse al primero y señalar que su realismo dejaba una secuela más desastrosa que la que atribuía a la modernidad anunciada en su crítica a Manet, Monet, Cézanne o Puvis de Chavannes, mientras que Mallarmé formuló el camino de lo moderno, como Manet, Monet o Cézanne. Casi estoy tentado de señalar que el Impresionismo fue, como plantea esta cita, un Renacimiento, sí, pero del siglo XIX, abriendo así, con innumerables contradicciones, la narración de la modernidad, unas veces escéptica, otras de vanguardia y con insospechados compañeros de viaje.
Todos estos asuntos han vuelto a reunirse en esta magnífica exposición, con presencia abrumadora de obras maestras, excepcionales, de una compleja y apasionante época que aún conmociona e invita a ser leída como una historia llena de lecciones, memorias y recuerdos.


