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Impresionismo. Un nuevo renacimiento

Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 22 de abril de 2010
[Rocío de la Villa. El Cultural, 15 de enero de 2010]

GÉNESIS DEL IMPRESIONISMO

Con el reclamo del Impresionismo se presenta esta interesante exposición producida por el equipo del Museo d’Orsay parisino. Es muy probable que la etiqueta del movimiento provoque la afluencia masiva del gran público, aunque los tiempos en que los pintores impresionistas encabezaban las listas top en las subastas, animadas por estadounidenses y japoneses, hayan pasado. Por lo que lo primero que conviene aclarar es el malentendido provocado por un título que no se ajusta al contenido. La muestra no trata del Impresionismo en su apogeo, sino de su gestación. Es decir, del Impresionismo avant la lettre y algo más…. De manera que las telas de los impresionistas de la atmósfera y de la pincelada, Renoir y Monet, y las de aquellos preocupados por la construcción compositiva, Pisarro y Cézanne se encuentran al final, únicamente en la última sala de la segunda planta, cerrando el recorrido.

Una recreación de época
¿Y mientras tanto? Como aclara en el cuidado catálogo Stéphane Guégan (Manet a la vista. Conquista y muerte del Salón), el propósito de la muestra parte de una recreación de las diversas tendencias que coexistieron entre 1860 y 1880 dentro y fuera del Salón: desde la pintura pompier del jabonoso Bouguereau a los realistas engagée, comprometidos como Courbet y el lírico Millet; y también académicos historicistas y alegóricos como Regnault y Jules-Elay Delaunay, y pintores burgueses como Alfred Stevens, junto a simbolistas como Moreau y el siempre inclasificable Puvis de Chavanne. Todos, se defiende aquí, influidos por Manet y la buena nueva: su aprehensión de Velázquez. Manet, del que se desprende un “hispanismo parisino” que tiñe de gris sobrio y plateado hasta el cuadro más famoso del estadounidense Whistler: el retrato de su madre Arreglo en gris y negro nº 1 -lienzo que, sin duda, por sí solo asegura el éxito de esta muestra en su itinerancia posterior en el Fine Arts Museum de San Francisco-. Y a la postre, un Manet que, exponiendo desde el inicio en el Salón, hará de espoleta en el estallido de la institución académica, resultando al final el gran triunfador, reconocido y valorado por todos.

Si a este entramado sumamos el complejo marco histórico reflejado, de enorme convulsión entre la derrota de la guerra francoprusiana y el levantamiento y fracaso de la Comuna, a modo de bisagra entre las décadas de 1860 y 1870 aquí exploradas, entonces tenemos que concluir lo apretado del esfuerzo, con sus luces y sombras. De una parte, aplaudimos el sofisticado argumento, que rechaza el planteamiento habitual ante ismo tan popular y subraya las carencias en las colecciones españolas no ya sólo de telas impresionistas, sino del resto de movimientos europeos y, en especial, del realismo. Sin embargo, y también por falta de espacio y apiñamiento de obras, la exposición termina siendo una amalgama demasiado compactada para tanto y bueno.

La Escuela de Batignoles y el “año terrible”
Para los amantes y estudiosos de la historia del arte del periodo, es muy interesante la aproximación a la primera Escuela de Batignoles al amparo del acaudalado pero pésimo pintor Bazille, cuya inmediatez ramplona entre naïf y prosaica, contrasta con el retrato poético y solemne del grupo por Fantin-Latour. También, la representación del “año terrible” con L’énigme de Gustave Doré y de Puvis de Chavanne, con el díptico Le pigeon y Le ballon, alegorías del asedio de París en 1871 y de las que se llegaron a tirar estampas populares. Así como el traslado de las rupturas al interior del Salón, por ejemplo: de la monumentalidad intrínseca de los personajes en los pequeños cuadros de Millet, al gran formato, más convencional, de la mano del hoy menos conocido Jules Breton.

Además, también para el gran público, es impagable la capillita Degas: con cinco cuadros magistrales. Y resulta excepcional contemplar el lienzo emblemático de Caillebote, Los cepilladores del parquet. Así como La cuna de Berthe Morisot, única entre las pintoras impresionistas (junto a Éva Gonzalès, Mary Cassatt y Marie Bracquemond) y tela con la que participó en la primera exposición impresionista de 1874 junto a La escarcha de Pisarro, cuya polémica iniciaría el reconocimiento crítico del Impresionismo.