Sala de Exposiciones Alcalá 31 de CAM. Madrid. Hasta el 16 de mayo de 2010
[Miquel Cereceda. ABC de las Artes, 23 de abril de 2010]
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Isidro Blasco comenzó su carrera artística en el ámbito de la escultura, y es muy posible que toda su obra continúe marcada por esa inicial vocación. La suya, sin embargo, está hecha fundamentalmente a base de fotos, de modo que tampoco sería incorrecto pensar en ella como en la obra de un fotógrafo. Estas fotos, por su parte, van montadas sobre caballetes de madera, que recuerdan de algún modo los cuadros de la pintura. Y, aunque algunas de sus esculturas presentan elementos pictóricos interesantes, no se puede decir en modo alguno que su trabajo tenga una relación especial con esta técnica.
Autor renacentista. Con las fotos montadas, el artista construye estructuras que recrean interiores de apartamentos y exteriores de casas y ciudades y con las que experimenta nuevos problemas de la arquitectura contemporánea. La arquitectura no sólo constituye una parte importante de su formación, sino también de sus preocupaciones. Pero aquí no acaba la cosa, puesto que el artista ha producido interesantes vídeos y, para nuestra sorpresa, en algunos, la banda sonora musical resulta ser una composición original propia. Escultura, foto, pintura, arquitectura, vídeo, música… Y, para colmo, el artista escribe relatos novelados que constituyen la base argumental de algunas de sus obras. ¿Nos situamos ante un nuevo autor renacentista que, al igual que Leonardo, Rafael o Miguel Ángel, ejerce por igual su arte en el ámbito de la pintura, la escultura y la arquitectura? ¿O se trata tal vez de la realización de un nuevo ideal wagneriano de obra de arte total?
Sin embargo, a diferencia de aquellos grandes maestros del Renacimiento o del genio de la música romántica a Isidro Blasco no le interesa el virtuosismo técnico. Sus fotos no parecen requerir de extraordinarios recursos pues, como fotógrafo, se limita a apuntar su cámara en todas direcciones, tratando de recoger lo que la mirada alcanza para recomponer -al modo de los collages de polaroids de David Hockney- la habitación, la casa o la ciudad que contempla con las imágenes tomadas. Del mismo modo, tampoco sus construcciones apelan a ningún virtuosismo escultórico o arquitectónico, sino que se limitan a articular estructuras constructivas vagamente chapuceras, en las que se convocan buen número de referencias del arte y de la arquitectura de vanguardia.
Crecimiento desordenado. Sin duda, las construcciones de Isidro Blasco recuerdan a las habitaciones Proun de El Lissitzky, los Merzräume de Kurt Schwitters, las desarquitecturas de Matta-Clark o las arquitecturas de la postmodernidad popularizadas a partir de la casa de Frank Gehry en Santa Mónica. Pero tal vez el contenido de su trabajo nos pueda dar otra pista acerca de las intenciones de su obra. Pues, como hemos dicho, además de recrear habitaciones -y casas enteras-, Blasco introduce en su labor la imagen emblemática de la ciudad contemporánea -Nueva York o Shanghai- en la abrumadora expansión de su crecimiento: «Creo que el arte es tan sólo la expresión de la cultura en la que se vive -contestaba en una reciente entrevista-. Espero que mi obra refleje la estética de una persona contemporánea que vive en este mundo y en este momento, en este lugar de esta sociedad».
Es posible que la principal característica de la cultura contemporánea sea el sincretismo. Los vuelos baratos, internet y la televisión han favorecido una tendencia que ya se encontraba presente en el corazón de la cultura occidental desde finales del siglo XIX. Si la Ilustración del XVIII trató de acercarse al problema de las diferencias culturales y religiosas invocando la idea de tolerancia, el Romanticismo, en el XIX, trató más bien de reconocer la verdad inherente a cada una de ellas.
La consecuencia contemporánea es ese vago sincretismo religioso, característico de la New Age, en que la gente dice no creer en Dios, aunque cree en la reencarnación, practica yoga y meditación, confía en la acupuntura y en las medicinas alternativas y espera que su espíritu se reintegre en la totalidad del universo.
Sin inmutarse. La posición ideológica y política de Isidro Blasco parece consolarse con este punto de vista en el que el arte se limita a reflejar el mundo, sin inmutarse acerca de su caótico destino. Sin duda, en ello su obra resulta fascinante, como reconocimiento y reflejo de un mundo en expansión, ruidoso y conflictivo. Pero su modo de servirse de tan diversos lenguajes plásticos y artísticos no es resultado de una crítica específica de ninguno de ellos, sino más bien consecuencia de una verdadera acumulación de experiencias, tal como, en el acelerado mundo contemporáneo, se acumulan en nosotros mensajes, noticias, viajes y países. Y por lo mismo, tampoco hay en su mirada sobre el mundo el menor asomo de distancia crítica. Aunque manifiesta claramente algunas preocupaciones ecológicas, es consciente de que ellas tampoco constituyen el eje temático de su trabajo.
Es entonces tal vez el sincretismo lo que mejor caracterizaría su obra. Acumulación de lenguajes, de ciudades y de experiencias; vaga conciencia ecológica y política, y aceptación implícita de que el destino del arte está ya indisolublemente vinculado a los espacios del museo y la galería. Es posible que su arte sea bello y fascinante; también, que constituya un correcto reflejo de la cultura contemporánea en su caos y su diversidad. Pero, sin duda, es probable que, en su negativa a sublevarse contra el curso del mundo, su trabajo comience sancionando con ello el principio de su propia falsedad.


