Fundación Marcelino Botín. Santander. Hasta el 10 de enero de 2010
[Gabriel Rodríguez. ABC de las Artes, 13 de diciembre de 2009]
EL DOLOR DE LA MATERIA
Al entrar en las salas de la Fundación Botín, nos encontramos con el impacto de una gran instalación central, para la que Jannis Kounellis (Grecia, 1936) ha sabido aprovechar el carácter impositivo de la arquitectura, utilizar la solemnidad de los pilares del espacio central: todo el suelo aparece cubierto por la cuadrícula formada por una serie de abrigos negros perfectamente alineados, aplastados por el peso de manchas circulares de plomo fundido. Es una presencia que evoca con fuerza la nave del templo y la cuadrícula de sepulcros encajados entre las columnas. Toda la exposición es como una gran instalación de espiritualidad laica que remite a la nave, los altares laterales, las capillas, los exvotos. Las piezas independientes tienen la medida de la cama, el lugar donde se negocia con el sueño, con la vida y la muerte.
Pensar como pintor. El propio Kounellis declara que sigue siendo pintor, que piensa como pintor, aunque utilice otros materiales, un reducido número de elementos ascéticos. Un pintor extremado y barroco en el que encontramos claroscuro formal, diálogo entre el vidrio y el plomo, entre el frío y el calor, entre la dureza del hierro y la suavidad de la lana; una dialéctica de contrastes entre la estructura y el contenido, lo espiritual y lo material, unido en escenas de intensidad dramática y ascetismo formal. Pinta con los abrigos y el plomo; ofrece un mundo de relaciones interiores creado con los abrigos como seres despojados que se relacionan individualizados por su movimiento, por su postura, en lo íntimo. Aparece el abrigo como el retrato de un personaje singular, a veces invertido semejante a un martirio de San Pedro. Podemos ver también la acumulación de no-cuerpos sobre el pavimento como un tapiz unitario.
Materiales sólidos, reales, terrestres; abrigos despojados del lugar que ocupaba el calor del cuerpo; vidrio fundido por el fuego que se presenta translúcido, cortante y helado; hierro y plomo brutales que mantienen las huellas de su nacimiento, del calor que lo ha derretido, de la fuerza que lo ha laminado. Todo habla de un pasado caliente, enhebrado por el fuego y la pasión, para mostrárnoslo cuando ya ha perdido su energía, cuando se ha tornado inútil, extrañado.
No debemos decir que sea una obra teatral, ya que no está al servicio de ninguna historia, ni ilustra ningún suceso, sino que contiene aquella forma de dramatismo extremado que se pude expresar al margen de lo teatral. No es un espacio diseñado para subrayar la capacidad de sugestión o convicción de la palabra, aportando la capacidad fascinadora de la imagen en la distancia. La obra de Kounellis se desarrolla en la recepción gracias a su ambigüedad, a su falta de anclajes unidireccionales manifiestos. Tampoco son abrigos manchados trágicamente de barro o sangre. El autor ha evitado los títulos porque se ha percatado de que, si estas obras tuvieran un anclaje que orientara la dirección de la mirada, se acercarían peligrosamente al panfleto.
Otras lecturas. Son obras que hunden sus orígenes en los trabajos de finales de los sesenta, pero que parecen haber variado en su finalidad. Lo que nos ofrecen es una propuesta de exaltación, una comunicación abierta e inmediata que logre la manifestación de la espiritualidad a través de la experiencia directa con la materia real. Busca la sinceridad, la credibilidad, que no encuentra en la palabra. Materia real que no se ha juntado para representar una escena al servicio de un significado prefijado, sino para indagar en la transmisión de sentimientos no expresables de otra manera. Kounellis ha decidido trabajar en aquellas vías que unen las dos formas de lo sentido al margen del lenguaje: lo que procede de la experiencia sensible inmediata, y lo que es producto de la emergencia de los sentimientos.
Es una obra que nos habla de una tragedia civil general e innombrable. Nos propone la expresión de un drama al margen de la linealidad de la progresión histórica: la carencia de una sensibilidad que nos permita acercarnos al conocimiento de lo real. Nos plantea la posibilidad de una alternativa a la espiritualidad religiosa desarrollada en el dominio de la palabra sagrada: la sacralidad de las situaciones y de las cosas.


