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Lászkló Moholy-Nagy. El arte de la luz

Círculo de Bellas Artes. Madrid. Hasta el 29 de agosto de 2010
[Abel H. Pozuelo. El Cultural, 18 de junio de 2010]

LÁSZKLÓ MOHOLY-NAGY, UTOPÍA DE LA LUZ

Lo que esta propuesta comisariada por Oliva María Rubio conforma es una atenta revisión del legado plástico y también filosófico de László Moholy-Nagy (Hungría, 1895, Chicago, 1946). Si bien no se trata propiamente de una retrospectiva, acierta de pleno al proponer el trazado de una tesis coherente sobre el principio organizador y la búsqueda última de ese artista transnacional, uno de los articuladores de discurso estético más interesantes y resistentes de la primera mitad del siglo XX. Para ello, esta exposición, titulada El arte de la luz, toma como guía las ideas vertidas por Moholy-Nagy en el volumen publicado dentro de la colección de libros de la Bauhaus, Pintura, fotografía, cine (1925), donde establecía el papel de la luz como principio ordenador de un arte nuevo que habría de lograr que emergieran nuevas relaciones entre los seres humanos y entre éstos y su hábitat.

La obra de Moholy-Nagy se desenvolvió en piezas de muy variadas características: desde el desarrollo de las posibilidades del fotograma (fijación directa de la luz sin uso de la cámara) en paralelo al rayograma de Man Ray, o su apuesta por la abstracción pura con todas las técnicas, hasta el cine y la fotografía de carácter documental, pasando por fantásticas escenografías teatrales de lineas y sombras y pinturas y dibujos de variado signo.

Todas oscilarán entre la experimentación con formas, materiales y máquinas, y la plasmación de la nueva vida urbana de la sociedad industrializada y sus contradicciones burguesas. Pero siempre irán orientadas a encontrar nuevos sentidos que no reproduzcan ni plástica ni ideológicamente paradigmas del pasado, así como a ampliar las posibilidades de percepción del ser humano. Para esa Nueva Visión, tal y como la llama Moholy-Nagy, los flamantes avances técnicos industriales son de máxima importancia y las compartimentaciones entre disciplinas y separaciones por especialización eclipsan para hacer surgir un hombre nuevo, racional, afectivo y sensorial.

Todas esas singulares características se condensan a lo largo de estas paredes. Las cerca de doscientas obras, entre fotografías (a destacar las menos conocidas pero apabullantes abstracciones en color), ocho de las nueve películas que Moholy-Nagy realizara, pinturas y dibujos (que aquí aparecen casi como esbozos de las nuevas posibilidades del ideal) y diseños varios, se disponen en un flujo que las aglutina por momentos en virtud de sus características aparentes, aunque sin establecer jerarquías ni separaciones graves. El conjunto permite disfrutar de un legado plástico conmovedor con el brillo aún vivo de una hermosa utopía.