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Malas calles

IVAM. Valencia. Hasta el 9 de mayo de 2010
[Anna Maria Guash. ABC de las Artes, 14 de marzo de 2010]

LA CALLE ES NUESTRA

Cuando parecía que nos invadía una cierta inflación de exposiciones dedicadas a la ciudad o a la arquitectura, el IVAM nos sorprende con una muestra que amplia esta cartografía de los fenómenos urbanos modernos y la extiende a aquello que parecía olvidado: la calle. Las calles, y una cierta marginalización y canibalización unida a sus significados, son las protagonistas de ese singular proyecto expositivo que busca equiparar el comportamiento del viandante con el del espectador que visita una exposición.

Es así como el arquitecto Ignacio Carbó ha concebido el espacio expositivo en una suerte de urbe. Un espacio lleno de recorridos meticulosamente trazados y calculados por el comisario a través de una red de complejas experiencias que incluyen aspectos históricos, temáticos, antropológicos, culturales, sociológicos y poéticos.

Y ello con un mismo leitmotiv: el paso o, mejor, la superación de la ciudad moderna, unida a criterios de funcionalidad, en beneficio de la ciudad posmoderna, una urbe en la que lo social confluye con lo simbólico y lo cultural, donde las calles, como sostiene Cortés, «son lugares de actividades, de información, de reencuentros, de relación con el otro, de estar juntos y de entrar en conflicto».

En orden inverso. De ahí que el guión expositivo a través de más de cien obras de los siglos XX y XXI no siga un orden cronológico, sino una cronología inversa, que se inicia con una de las cuatro áreas en las que se divide la cita, la más rigurosamente contemporánea, «Se acabó la fiesta». Ésta da la bienvenida al visitante a través de una cortina de plástico sobre la que se proyecta el vídeo de Rem Koolhaas Lagos Wide & Close (2004), lleno de claves para entender la precariedad de una ciudad (en este caso, Lagos) entendida como un fenómeno global, un escaparate de sucesos que se repiten con acuciante similitud en todo el mundo. Esta misma visión profética se repite en otras obras de este apartado: desde los grandes cibracromes de Jeff Wall, hasta los vídeos de Francesco Jodice (Sao Paulo Citytellers, 2007) o el Grupo de Arte Callejero (El juego de la vida, 2007), en los que las ciudades de Sao Paulo y Buenos Aires dan buen testimonio de los peligros contemporáneos. Y, en medio, un verdadero catálogo de experiencias o sentimientos ante los mismos: de alienación el que nos suscita la serie fotográfica de Michael Ashkin (NJ Meadowlans Project, 2001-02); de soledad como deriva en el conjunto American Night, de Paul Graham (2000-02); de desarraigo en las visiones fotográficas de Beirut de Gabriele Basilico, o de las barriadas negras de Sudáfrica (David Goldblatt).

Una banda sonora. Sin embargo, lo más peculiar de Malas Calles es su discurso multidisciplinar, de forma que el argumento se explica no sólo desde el punto de vista plástico, sino también cinematográfico, literario y sonoro. El filme El odio, de Mathieu Kassovitz (2005), o las novelas Cosmópolis (Don DeLillo, 2003) y El país del miedo (Isaac Rosa, 2008) son algunos de los compañeros de viaje con los que insistir en la representación de la calle como espacio público y su entrecruzamiento con distintas relaciones interpersonales.

Pero, sin duda, el elemento que conforma de una manera más efectiva la peculiar atmósfera del lugar es el sonoro, que en Se acabó la fiesta encuentra una dimensión provocadora en la canción Rape Me, de Nirvana. Está claro que la calle es un locus donde lo visual se entremezcla con lo sonoro, donde la soledad convive con el barullo, donde el individuo se topa con la multitud, como podemos ver también en la segunda área «La calle es nuestra», con obras desde los sesenta a los noventa. Este momento se caracterizó por la eclosión de identidades, desde comunidades étnicas a colectivos feministas o de género, muy bien escenificado en las fotos de Martha Rosler, Cindy Sherman, Philip-Lorca Dicorcia, William Kentridge, Gilliam Wearing, Wolfgang Tillmans o David Wojnarowicz, que conviven sin jerarquías con películas de Coppola (La ley de la calle, 1983) o En Construcción, de José Luis Guerín (2000), novelas de Carlos Monsiváis (Los rituales del caos, 1995), o la música de Lou Reed o Los Smiths.

Entre la utopía y la ficción. En esta cronología inversa, los años cincuenta y sesenta ocupan un nuevo espacio de diálogo entre los proyectos de arquitectura utópica de Constant, Peter Cook, Yona Friedman y Guy Debord, otros más claramente futuristas, cercanos a la ciencia ficción del grupo norteamericano ONIX, y las siempre fascinantes visiones cinematográficas del Metrópolis de Fritz Lang (1927), o el Blade Runner de Ridley Scott (1982), bajo el sonido repetitivo de David Bowie, Ella Fitzgerald y la literatura de George Orwell.

Falta todavía un espacio para completar esta cartografía de una ciudad que, al decir de James Joyce (Ulises, 1922), está plagada de «casas, filas de casas, calles, millas de pavimentación, ladrillos en pilas, piedras». De ahí la razón de su título, «En medio de la multitud», pues allí se muestran las fracturas y paradojas de la ciudad moderna que se debate entre el impulso del progreso y de la ciencia, lo cual explicaría las referencias a Walther Ruttmann y Dziga Vertov. También aquí encontramos referencias al ocio y al tiempo libre, para dar razón de ser a Ladislav Emil Berka o Walker Evans, aparte de obras de las vanguardias históricas de Gustav Klucis o George Grosz, con piezas de la colección permanente del IVAM.

El recorrido se completa con la instalación del cubano Carlos Garaicoa El mapa del viajero II (2005), una verdadera metáfora que resume el significado de la exposición.