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Mireya Masó. Antártida. Tiempos de cambio

Arts Santa Mónica. Barcelona. Hasta el 27 de junio de 2010
[Anna Maria Guasch. ABC de las Artes, 2 de mayo de 2010]

UN PARAÍSO MUY LEJANO

El año 2008 fue el eje de las celebraciones del tercer Año Polar Internacional, cuyos objetivos se centraron en auspiciar los programas científicos que estudian las regiones polares. Programas de cooperación también artística, al menos en lo que respecta a la región polar meridional, ya que la Dirección Nacional del Antártico de Argentina, las embajadas de Canadá, Francia, Australia, Nueva Zelanda y la oficina cultural de la Embajada Española en Buenos Aires patrocinaron expediciones creativas con el fin de analizar la Antártida desde «un punto de vista estético». La Antártida se convirtió por unos meses en un laboratorio perfecto y novedoso -relativamente- para la creatividad.

Perdido en la tormenta. Casi dos siglos antes de estas expediciones en las que participó Mireya Masó, a mediados de septiembre de 1819, el navío español San Telmo, que navegaba junto con dos fragatas rumbo a Callao, desapareció en las tormentosas aguas del Cabo de Hornos. Se cree que la embarcación pudo llegar a las desoladas e inhóspitas tierras antárticas y que incluso parte de sus 644 tripulantes pudieron haber sobrevivido por algún tiempo en ellas. De ser así, fueron los primeros «en pisar» el Polo Sur.

Esos territorios ya fueron previstos, por simple lógica de simetría, por Ptolomeo, que, en el siglo II, siguiendo el concepto cosmogónico de Platón y Aristóteles, creó un modelo de universo en el que la Tierra, esférica e inmóvil, ocupaba el centro, y el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas, giraban a su alrededor. Si en esa tierra esférica existía el hemisferio norte, debía de existir también el sur, la Terra Australis Incognita. Ptolomeo erró en su modelo de Universo, pero no en la cuestión de esa Tierra Austral Desconocida, que empezó a existir históricamente en 1526, cuando Francisco de Hoces, al intentar cruzar el estrecho de Magallanes, fue desviado por un temporal hasta los 55 grados de latitud sur.

Un éxito inesperado. Pocos meses antes de que la tripulación del San Telmo pereciera en la Antártida, el contralmirante y explorador inglés William Edward Parry partía de Inglaterra con dos navíos hacía el Ártico con el fin de explorar el paso que conectaba los océanos Atlántico y Pacífico. La expedición completó más de la mitad del trayecto, alcanzando gran éxito popular en toda Europa gracias a la publicación del diario de la hazaña, Journal of a Voyage to discover a North-west Passage, editado con bocetos de Frederick William Beechey.

Fue probablemente ese Journal lo que motivó a Caspar David Friedrich a cumplir el encargo del coleccionista Johann Gottlob von Quandt de Mar de hielo, obra que convierte en pintura lo que en 1756 Edmund Burke había definido como sublime, aquello que alcanza su belleza en la íntima compenetración del ser humano con la Naturaleza, y también lo que Kant, unos años después, describió como «lo inmensamente grande; lo que es grande más allá de cualquier comparación». En su pintura, Friedrich, tomando como modelo visual las aguas heladas del Elba, elimina cualquier presencia humana y convierte el paisaje inexplorado y «sagrado» del Ártico en absoluto protagonista.

De contrastes. Gottlob encargó a Friedrich que reflejase la sublime belleza, por terrible, del Norte, en tanto que había contratado a Johann Martin von Rohden para pintar el esplendor de la naturaleza meridional. Aunque Von Rohden cumplió -sin arte- su encargo, a buen seguro que el coleccionista habría visto satisfecho su deseo con mayor plenitud en la vídeo-instalación Antártida que Mireya Masó presenta en Barcelona. Para Masó, que ha estado trabajando tres años en el proyecto, la Antártida «es la presencia visible del cambio. El tiempo cronometrado se materializa en un transcurso sin pausa de sol y niebla, de calma, de nevadas y pedregales barridos por el viento, de mareas, de avances y retrocesos de bloques de hielo sobre la bahía. Es un paisaje en movimiento, no hay nada más allá del instante. Aquí, cada segundo tiene el valor del presente. Aparece y desaparece antes de que puedas recordarlo».

Las cuatro imágenes fotográficas, realizadas en un arco temporal de 96 horas, y las cinco grandes pantallas de proyección nos introducen de lleno en el la cuestión kantiana de lo sublime. Todo es cambio, el cambio constante, visual y sonoro, pero también casi imperceptible, a pesar de la grandiosidad de la Naturaleza.

La Naturaleza sublime de Friedrich es hostil; en la sublime de Masó no hay cólera. La barcelonesa, que ha colaborado estrechamente en su proyecto con la ecóloga marina Mercedes Masó, no reta en ningún momento su potencia inviolable; se alía con ella, y esa alianza hace que no se reduzca a una minucia el poder insignificante del ser humano.