Fundación Juan March. Madrid. Hasta el 16 de mayo de 2010
[Javier Montes. ABC de las Artes, 27 de marzo de 2010]
AUTORRETRATO DE ÉPOCA
Dijo Sickert que Wyndham Lewis era «el más grande retratista de nuestra época». Es uno de esos elogios que te entierran, aunque luego remachara la frase con un «y de cualquier otra», seguramente pensado para empeorarlo todo. Por algo venía de un pintor en las antípodas del territorio estético de Lewis.
Tenía parte de razón, porque sus retratos son excelentes, en una tradición más inglesa quizá de lo que el propio Lewis hubiera querido (elegancia irreprimible y tanto más flagrante cuanto más desaliñada; atención al detalle; imposibilidad casi genética de no interesarse por lo cotidiano y lo casero). Vistos en esta exposición forman un retrato de grupo fascinante e improbable: individuos y personalidades fuertes que, en la tradición isleña, se resistieron mucho más que sus vecinos franceses a la formación de camarillas y la firma de manifiestos: el fugaz Vorticismo promovido por Lewis o su bestia negra moderada y «de ceja alta» -como dicen los ingleses para hablar de lo intelectual con retranca- del grupo de Bloomsbury son excepciones que confirman una regla casi histórica en Inglaterra.
Un esfuerzo de agradecer. Así que se agradece mucho el esfuerzo realizado para congregar aquí a excéntricas temibles como Edith Sitwell, con su eterno turbante, arropada por chales y fulares y el despliegue libresco del segundo plano. A la casi olvidada y frágil pintora vorticista Helen Saunders, que cumplió con el papel desabrido de enamorada subalterna que parecía necesitar por entonces cualquier pope de vanguardia que se preciara. Y el perfil rotundo de Joyce, que mantuvo con él una amistad incómoda y fue probablemente demasiado por libre para el gusto de Lewis. Y el famoso retrato de T. S. Eliot, que facilitó al retratista el gran placer de ser rechazado por la Royal Academy para la Exposición de Verano de 1938, de armar un gran revuelo en la Prensa y tener como atacante furibundo al propio Churchill, político de diario y pintor de domingo.
Hay muchos más: el retrato dolorido de Rebecca West, feminista militante y fuertemente politizada, que aún no sabía que sería recordada, sobre todo, por un libro de viajes, forma parte de la soberbia carpeta Treinta personalidades y un autorretrato, de 1932: galería de notables notablemente retratados, de Priestley a Chesterton, de Noel Coward a Anthony Asquith, que conforma al final un fresco de época de muchísimo interés.
De tiempo plural. Porque en realidad Sickert tenía tanta más razón si se toma su frase literalmente: Lewis retrató como nadie su época. O sus épocas: la previa a la Gran Guerra, cuando una Inglaterra convaleciente tras décadas eternas de melindres y prosperidad victoriana trataba de aprovechar los diez años del reinado de Eduardo para ponerse al día, sacudirse de su sueño pastoral, mirarse en el espejo de los paisajes industriales y fijarse en lo que venían haciendo los artistas del continente. El Vorticismo es la breve respuesta de Lewis y los suyos a todo eso: la forma de probar que también en la isla podía fraguar una cultura del manifiesto y el ismo, de revistas tótem como Blast y propuestas programáticas de mecanicismo o belicismo.
Y también la de la primera posguerra, cuando una Europa asustada de lo serias que se habían puesto las bromas vanguardistas intentaba cerrar en falso las heridas con un rappel à l´ordre algo ansioso. En Inglaterra, Clive Bell y Roger Fry promovían en Bloomsbury un post-impresionismo desleído y vagamente cezanniano que Lewis no dejó de atacar ni un solo segundo en su obra plástica, sus escritos, sus novelas satíricas y sus ensayos beligerantes. Pero ya se iba haciendo tarde: para entonces se inauguraba en Londres la exposición Arte constructivo, que contraofertaba una abstracción geométrica y seca poco acorde con los presupuestos combativos de los vorticistas anteriores a la guerra. Y Naum Gabo y Ben Nicholson publicaban el único número de Circle, que, con su tipografía y su distribución tradicional de ilustraciones y texto, dejaban de pronto algo desfasado el estilo estridente y peleón de Lewis.
Treinta personalidades y un autorretrato: puede leerse esta exposición al revés, también. Como el autorretrato siempre en progreso de un hombre con treinta (o más) personalidades. Hay muchos autorretratos aquí, desde luego: expresionistas y autosatíricos, heroicos y serenos. Hay también un retrato del artista como Rafael, que es una burla amarga de las pretensiones clasicistas de la primera posguerra y una crítica de las veleidades picasianas con Ingres. Todo un emblema de un artista que se retrata y actúa por oposición, de un agitador cultural que para definirse y encontrarse necesita recortar su figura sobre un fondo de adversarios: unos que, poco a poco, al acabar la Segunda Guerra Mundial, irían siendo cada vez más imaginarios.
En ese sentido, W. Lewis fue siempre un artista en guerra. Lo cual no implica, ni mucho menos, que produjese un arte de batalla. Su vida estuvo pautada por dos conflictos brutales a los que ni por un momento se planteó volver la espalda, como tantos otros artistas de su generación.
Acabar con la maldición. Juan Bonilla estudia y matiza en su texto del lujoso catálogo los ardores guerreros del vanguardista. Mucho más lúcido que Apollinaire y su estetización de la violencia, demasiado inteligente para tragarse las sandeces fascistoides de Marinetti, Lewis se ocupa de la guerra porque sería indecente no hacerlo, «porque es posible que ocuparme de la guerra sea la mejor manera de quitarme de encima esta maldición, poniéndola en el lugar que le corresponde, como un chiste indecoroso».
La propia Guerra, recuerda Bonilla, era el adversario perfecto para un hombre con el talento satírico de Lewis: «Nadie, salvo Marinetti, el Káiser y los soldados profesionales DESEAN la guerra. Y de esta lista, tal vez pudiéramos quitar al Káiser». Como en sus cuadros bélicos (está aquí el excelente Una batería bombardeada, donde el vanguardismo esforzado no impide un realismo británico que casi hace pensar en visionarios del estilo de Stanley Spencer), en esa frase aflora incontenible, en plena diatriba, el seco humor que la isla ha desarrollado durante siglos como protección frente a los riesgos que supone para la salud (la física y la moral) el perpetuo exceso de humedad de su clima. Quizá el trabajo incesante y agitado de Lewis fuera una versión extrema de esa necesidad de higiene.


